Mi odiosa madrastra, capítulo 11 + epílogo
Estaba descubriendo que el sexo era como la comida. O al menos el sexo con Nadia era así. Uno podía comer el más delicioso manjar, y sentirse totalmente satisfecho.
Estaba descubriendo que el sexo era como la comida. O al menos el sexo con Nadia era así. Uno podía comer el más delicioso manjar, y sentirse totalmente satisfecho.
Durante el resto del día Nadia estuvo distante. Pero por esta vez no me preocupó en lo más mínimo, ya que yo mismo sentía muchas ganas de estar solo, y de no hablar sobre lo que había sucedido.
Sentí cómo Nadia se separaba de mí. A pesar de que intentaba ser sigilosa, los movimientos del colchón y de la ropa de cama me advirtieron de lo que pasaba…
Cavilaciones y provocaciones
La asaltante nocturna… Ahora su mano se posó sobre el miembro desnudo, produciendo una sensación electrizante, no solo en esa extremidad, sino en todo mi cuerpo.
No había imaginado que el encierro de esa primera semana de cuarentena podía hacerse más denso de lo que ya era. Creo que en mi ingenuidad, había pensado que con cuidarme como me cuidaba, bastaría para no contraer ese maldito virus. Pero obviamente me equivoqué.
No había imaginado que el encierro de esa primera semana de cuarentena podía hacerse más denso de lo que ya era. Creo que en mi ingenuidad, había pensado que con cuidarme como me cuidaba, bastaría para no contraer ese maldito virus. Pero obviamente me equivoqué.
Mi madrastra vestía un pantalón de jean y un suéter blanco. Probablemente era la primera vez que la veía con tanta ropa. Aunque, como sucedía siempre, cualquier prenda que usara no sólo no bastaba para esconder las sinuosidades de ese cuerpo escandaloso, sino que las resaltaban más.
La intimidad que había surgido con mi madrastra el día anterior, me había dejado perturbado. Había llegado a la conclusión de que era una mujer anormal, que posiblemente tenía ciertos problemas psicológicos.
Las tres se habían enzarzado en una discusión acalorada. Incluso Rita, alarmada por cómo levantaban la voz, se había acercado para empezar a ladrar, aunque no tenía en claro contra quien hacerlo, pues le guardaba cierta fidelidad a las tres.