abril 17, 2026

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El día que mi roomie dejó de ser mi hermano

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Mi situación es con mi roomie, y les juro que hasta hace una semana, si me preguntaban, decía que era mi hermano.

Cero tensión, cero rollos. Llevamos dos años viviendo juntos, nos hemos visto en las peores, él me ha cuidado enferma y yo le he dado consejos con sus novias mientras veíamos pelis tirados en el mismo sillón con los pies encima del otro.

Teníamos esa confianza ciega donde incluso caminábamos por la casa en toalla o ropa interior sin que nadie mirara de más. Era ‘familia’. ​Pero hace unos días llegué del gym agotada, con el cuerpo ardiendo y la ropa pegada de sudor. Entré a mi cuarto y, por la maldita costumbre de sentirme segura en casa, solo empujé la puerta sin fijarme si el pestillo había cerrado.

Me quité todo, quedándome solo con un hilo negro que apenas se sentía, y me puse frente al espejo de cuerpo completo para revisarme un tirón que sentía en la pierna. ​

En eso, escuché el crujido de la madera. La puerta se abrió despacio. Era él, traía una de mis sudaderas que siempre me roba. Se quedó petrificado en el marco. Lo normal, lo que habríamos hecho siempre, era que él soltara un chiste, cerrara y se fuera muerto de risa.

Pero esta vez fue diferente. ​

A través del espejo, nuestras miradas se conectaron.

El aire en el cuarto se volvió denso, pesado, como si el oxígeno se hubiera acabado.

Yo no me cubrí.

No sé si fue el cansancio o algo que ya estaba ahí dormido, pero me quedé quieta, dejando que sus ojos recorrieran cada curva de mi espalda, bajando por mi cintura hasta donde empezaba el encaje negro. Vi cómo su garganta se movía al tragar saliva y cómo sus manos se cerraban en puños.

Ninguno decía nada, pero el silencio gritaba. ​Él dio un paso hacia adentro, casi sin ruido, y cerró la puerta a sus espaldas sin dejar de mirarme por el reflejo. Se acercó tanto que pude sentir el calor de su cuerpo detrás de mí y el olor de su perfume mezclado con el mío. Se inclinó y me susurró al oído, con una voz que nunca le había escuchado: ‘Llevo dos años intentando convencerme de que eres solo mi hermana… pero no puedo más’. ​

Sintió mi piel erizarse por completo. Cuando sus manos, que siempre habían sido ‘protectoras’, tocaron mi cintura con una presión que no tenía nada de fraternal, entendí que no había vuelta atrás.

Esa noche, la casa que antes era nuestro refugio seguro, se convirtió en nuestro búnker privado.

Lo que pasó en esa cama rompió todos los límites que nos pusimos por años, y les juro que el morbo de saber que afuera de ese cuarto seguimos siendo ‘los hermanos’ ante el mundo, hace que cada vez que nos cruzamos en la cocina, el corazón me quiera explotar…

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