Por
Anónimo
Soy un infiel
La verdad es que ya solo me excito cuando otras mujeres me buscan, me hablan sucio o me miran con esa hambre que mi esposa perdió hace años. Ella es una santa, sí, pero en la cama es como abrazar a un saco de papas: ni se mueve, ni gime, ni me pide nada. Yo necesito fuego, necesito que me arañen la espalda y me muerdan los labios hasta sacarme sangre. Todo empezó con mi vecina, la de enfrente.
Me di cuenta de que me espiaba cuando me bañaba. Yo siempre dejo la ventana del baño un poco abierta para que no se empañe, y ella, la muy zorra, cerraba su cortina pero dejaba una rendija. Al principio pensé que era casualidad, pero luego empecé a jugar con ella. Me ponía de frente, me enjabonaba despacio, me acariciaba el pecho y bajaba hasta mi verga, que ya estaba dura solo por saber que me estaba viendo. La veía a través del vidrio, su silueta recortada contra la luz de su cuarto, y a veces hasta me imaginaba que se estaba tocando mientras me observaba.
Con el tiempo, me volví más atrevido. Me ponía en cuclillas para que viera bien mi culo, me masturbaba frente a la ventana con movimientos lentos, exagerados, para que supiera que lo hacía por ella. Hasta me acercaba y le soplaba el vidrio, dibujando un corazón con mi dedo, solo para ver cómo se reía y se mordía el labio. Fueron meses de este juego caliente, hasta que un día tocó mi puerta.
Mi esposa había salido a comprar, y estoy seguro de que ella lo sabía. Llegó con un short de satén tan corto que se le veía el cachete de abajo, y una blusa transparente que dejaba ver un sostén negro de encaje. Sus pechos eran grandes, más que los de mi mujer, y se movían con cada respiración. «Hola, vecino —dijo con una voz ronca que me puso la piel chinita—. ¿Me prestas un poco de azúcar?». Yo solo pude asentir y abrir la puerta.
En cuanto entró, me empujó contra la pared y me besó con una furia que me dejó sin aliento. Su lengua sabía a menta y a deseo, y sus manos no paraban de recorrer mi cuerpo. «Sé que me has estado mostrando todo este tiempo, perro —me susurró al oído mientras me mordía el lóbulo—. Y yo me he venido todas las noches pensando en esa verga dura que me enseñas».
No lo pensé dos veces. Le bajé el short y la puse contra la mesa del comedor. No llevaba ropa interior, y su chocha ya estaba empapada. Olía a flores y a sexo, un aroma que me mareó de gusto. Empezó a mamármela como si fuera el último día de su vida: deep throat, babas por todos lados, gemidos que retumbaban en la casa. «Qué verga tan deliciosa —decía entre tragos—. Mi marido nunca me ha hecho sentir así».
Después de un rato, me la cogí en cuatro posiciones: contra la pared, en la mesa, en el suelo y finalmente en mi cama, donde le llené el culo de leche mientras ella gritaba que no parara. «Tu esposa nunca te va dar lo que yo te doy —jadeaba, con las nalgas rojas de tanto golpe—. Soy tu puta personal, ¿te gusta?».
Antes de irse, me dijo que su marido había vuelto de las plataformas y que esto era una despedida. Pero yo ya estaba enganchado. Ahora busco más maduras como ella, que sepan que soy casado y que eso les caliente aún más. Quiero que me usen, que me pidan fotos de mi verga mientras mi mujer duerme a mi lado, que me digan qué hacer. Porque al final, ser infiel es lo único que me mantiene vivo.


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