Vecino nuevo
No es mi primer relato, pero sí mi primera vez aquí. Aquí vamos:
Ay, Dios mío, les voy a contar lo que me pasó la semana pasada. Yo todavía me pongo colorada cuando lo pienso, pero también se me hace agua la boca, así que allá vamos.
Esa tarde en Santiago era un horno. De esos calores secos que te pegan a la piel. Yo estaba sola en la casa, mi roomie se había ido a ver a su familia así que tenía el departamento para mí sola. Y con este calor, ¿para qué me voy a poner ropa? Tenía puesta una camiseta vieja, de esas de algodón que eran de mi ex. A él le quedaba grande, a mí me queda como un vestido, pero corto. Me llega como a mitad del muslo. Y debajo… bueno, debajo no tenía nada. ¿Para qué? Si total no iba a salir.
Estaba tirada en el sofá, viendo una serie, cuando escuché el camión de correos parando afuera. Esperé un minuto, porque a veces dejan el aviso y se van. Pero escuché los pasos en la escalera. Mierda. Era un paquete que estaba esperando, de unas cosas que me mandó mi mamá desde Maracaibo. No podía dejarlo ahí.
Miré por la ventana rápido. No se veía a nadie. El vecino de al lado, el de la casa chica que acaban de alquilar, su auto no estaba. Pensé: “son treinta segundos, Isabela. Entras y sales”.
Abrí la puerta y el sol me dio directo en la cara. Hacía más calor afuera todavía. El paquete estaba ahí, en el suelo del porche. Me agaché para agarrarlo y, coño, la brisa. Se sintió tan buena. Era una brisa caliente pero que te levantaba la camiseta y te acariciaba por todos lados. Me estiré un poco, como gata, cerrando los ojos un segundo. El paquete no era pesado.
Pero cuando me enderecé, se me cayó un sobre que venía encima. Mierda. Me agaché de nuevo, rápido, para recogerlo. Fue en ese movimiento que lo sentí. La camiseta, que ya iba corta, se me subió casi toda. Se me subió de verdad. O sea, quedé con el culo al aire, literal. Por un segundo, me congelé. No por el aire, sino porque pensé: “aquí no hay nadie, tranquila”. Y también porque sentí… bueno, sentí la brisa en lugares donde normalmente no llega. Fue rico, la verdad.
Justo cuando iba a pararme, escuché un sonido. Un carraspeo. Claro, fuerte. Como de alguien que quiere llamar la atención.
Me quedé en esa posición, agachada, con el culo al aire, y se me heló la sangre. Giré la cabeza, lenta, y ahí estaba él. El vecino nuevo. No se había ido. Estaba parado al lado de la cerca que divide los jardines, con una pala en la mano, sudado, con una remera de tirantes que le marcaba todos los músculos. Y no estaba disimulando. No. Me estaba mirando directo, con los ojos bien abiertos, y una sonrisa que no era de esas educadas. Era una sonrisa de lobo.
“¿Necesitas ayuda con eso o te vas a quedar ahí disfrutando el sol?”, dijo. Su voz era profunda, como ronca, y no sonaba enojada. Sonaba… divertida. Y caliente.
Yo me paré de un salto, bajándome la camiseta con una mano. Con la otra, apretaba el paquete y el sobre contra el pecho. Me sentía que me ardía la cara. “No, no, ya estoy bien. Gracias”, dije, y sonó como un chillido.
Pero no me moví. Él tampoco. Se quedó ahí, apoyado en la pala, mirándome. Me miró de arriba abajo, lento. Sus ojos se pararon en mis piernas, que estaban desnudas y, lo supe, temblando. Luego subieron hasta mi cara. “Hace calor, ¿no?”, dijo.
“Sí. Mucho”, logré decir. Mis piernas no me obedecían. En vez de correr, me quedé clavada.
“Se ve que te gusta el sol”, comentó él, y su mirada bajó de nuevo a mis muslos, como si pudiera ver a través de la tela de algodón. “Venezolana, ¿no? Por el acento”.
Asentí. No podía hablar mucho. “Sí. Y tú… ¿de dónde?”
“Chileno, pero mi mamá es colombiana. Así que medio entiendo el calor”, dijo, y soltó una risa baja. “Aunque no tanto como para andar en… equipamiento ligero”.
Esa frase me recorrió toda la espalda. No era una insinuación, era casi una declaración. Miré hacia su casa. “Pensé que no estabas. No vi el auto”.
“Lo llevé al taller. Vine en Uber”, explicó. No dejaba de sonreír. “Suerte para mí, parece”.
“¿Suerte?”, pregunté, y en ese momento me di cuenta de que había bajado un poco el paquete del pecho. La camiseta, delgada y sudada, se me pegaba a los pezones, que estaban más duros que una piedra. Él lo notó. Sus ojos se clavaron ahí, en mis tetas, y se le borró la sonrisa. Se puso serio. Intenso.
“Sí. Suerte”, repitió, y su voz sonó más grave. Soltó la pala, que se clavó en la tierra. Se acercó un paso a la cerca. No era muy alta, de esas de madera que llegan a la cintura. “Isabela, ¿verdad? Te escucho cuando hablas por teléfono en el patio. Discúlpame, pero las ventanas están abiertas”.
Yo solo pude asentir otra vez. Me estaba llamando por mi nombre. Y me dijo que me escuchaba. “No hay problema”, murmuré.
“Sí hay problema”, dijo él, y ahora su tono era distinto. Más directo. “Porque te he escuchado reír, y he pensado en esa risa un par de veces. Y ahora te veo salir casi desnuda, con ese cuerpo que es una maldición, y me está costando mucho seguir siendo un buen vecino”.
El aire se me acabó. No supe qué decir. “Yo… no quiero problemas”, dije, pero sonó falso, incluso para mí.
“Yo tampoco”, dijo. “Por eso te estoy preguntando. ¿Quieres que me meta a mi casa y finja que no vi nada? O quieres que cruce esta cerca y te ayude a llevar ese paquete adentro… y a ver qué pasa después”.
No fue un susurro. Fue una pregunta clara, dicha en voz alta, con el sol cayendo sobre nosotros. Yo miré hacia mi puerta, abierta. Miré su cara. Era un hombre bueno, de unos cuarenta, con unas arrugas alrededor de los ojos de tanto sol. Tenía los brazos fuertes, morenos. Y la mirada… la mirada no me soltaba.
“El paquete no pesa”, dije, pero no me moví.
“No hablo del paquete”, dijo él.
Fue ahí. En ese momento. Respiré hondo y, en vez de entrar, hice algo que ni yo me creo. Di un paso hacia la cerca. Solo uno. “Se me olvidó cómo se llama”, dije.
“Mateo”, dijo él. Y sin esperar más, agarró la parte de arriba de la cerca y la saltó. Fue fácil, como si nada. Cayó en mi lado del jardín, a menos de un metro de mí. Olía a tierra, a sudor de hombre, a calor. Un olor bestial.
“Isabela”, dije yo, por decir algo.
“Lo sé”, contestó. Y alargó la mano. No para saludarme. Para agarrarme del brazo. Su mano era grande, caliente, áspera. “¿Adentro?”
Asentí. No podía hablar. Caminamos hacia la puerta, yo delante, él detrás. Sentía su mirada en mi culo, en mis piernas, con cada paso. Cuando llegamos a la puerta, me temblaban tanto las manos que no podía meter la llave. Él me la quitó suavemente. Abrió.
Entramos. El interior estaba fresco, oscuro después del sol. Dejé el paquete en la mesa de la entrada. El sonido fue seco. Me di la vuelta y ahí estaba él, cerrando la puerta. Echando el pestillo. El clic sonó como un trueno.
“No estaba disimulando”, dijo él, de repente. “Cuando te vi. Quería que supieras que te estaba mirando”.
“Lo sé”, dije.
“¿Y te gustó?”, preguntó, acercándose. Ya no sonreía.
Mi boca estaba seca. “Sí”.
Fue la única palabra que hizo falta. En dos pasos estuvo encima de mí. Sus manos me agarraron de la cintura y me apretaron contra él. Yo alcé los brazos y lo rodeé del cuello. Y entonces, nos besamos.
Fue un beso salvaje. Con hambre. Con los dientes chocando. Su boca sabía a café y a algo más. Sus manos bajaron por mi espalda, agarrándome el culo por debajo de la camiseta, apretando cada mejilla con fuerza. Yo gemí en su boca. Lo jalé más cerca.
Él me levantó del piso, como si nada. Caminó así, conmigo enredada en él, hasta el sofá. No fue al cuarto. No hubo tiempo. Me tiró sobre los cojines y se arrodilló frente a mí. Agarró el dobladillo de mi camiseta y me la levantó, lento, mirando. “Dios mío”, dijo, y su voz sonó ronca. “Estás perfecta”.
Yo estaba expuesta, completamente. No tenía nada abajo. Él bajó la cabeza y no esperó, no pidió permiso. Puso su boca en mí. En mi pepa. Y empezó a chupar.
Ay, marica. No había chupado a nadie así. Con esa lengua ancha, plana, que me cubría todo. Metiéndosela adentro, luego subiendo a mi clítoris. Yo grité. Agarré sus pelos, cortos y ásperos, y le apreté la cabeza contra mí. “Así, así, no pares”, gemí, y ya estaba hablando en español mezclado, sin darme cuenta.
Él no paró. Me tenía las piernas abiertas sobre sus hombros, y me comía como si fuera su última comida. Yo no podo creer lo que estaba sintiendo. Los orgasmos vinieron rápido, uno detrás de otro, hasta que me estaba retorciendo y suplicando que parara.
Pero él no quiso parar. Se subió los shorts y se sacó la verga. Era grande. Gruesa y con las venas marcadas. Morena como él. Se puso un condón que sacó de su bolsillo (¿ya lo traía? ¿en el jardín? eso pensé después) y entonces, sin más, me la metió.
Fue un solo empujón, hondo. Me llenó toda. Grité su nombre. “Mateo!”
“Eso, grita”, dijo él, y empezó a moverse. El sofá crujió. Él me cogió con una fuerza que me partía. Cada embestida me hacía correr más. Yo le arañaba la espalda, le mordía el hombro. Estaba descontrolada.
“¿Te gusta que te coja el vecino, Isabela? ¿Te gusta que te haya visto y ahora te esté dando así?”, me preguntó, jadeando.
“¡Sí! ¡Más duro!”
Y él dio más duro. Hasta que al final, con un gruñido que salió de su pecho, se vino. Yo lo sentí, a través del condón, como se ponía aún más duro y luego los espasmos. Yo me vine con él, otra vez, mi cuerpo convulsionándose alrededor del suyo.
Nos quedamos ahí, en el sofá, hechos un desastre. Sudados, sin aire. Él encima de mí, todavía dentro.
Después de un rato, se separó. Se sentó al borde del sofá y miró para el frente, como si no pudiera creerlo. Yo me incorporé, cubriéndome un poco con la camiseta, que estaba hecha un trapo.
“Coño”, dije, y me reí. No podía evitarlo. Una risa nerviosa, de adrenalina.
Él se rió también. “Sí. Coño”.
“Tu jardín…”, dije.
“Que se joda el jardín”, dijo él, y se volteó a mirarme. “Esto fue mejor”.
Y así empezó. Ahora, cada vez que escucho el camión de correos, me pongo nerviosa. Y también mojada. Porque a veces, Mateo no está arreglando el jardín. A veces está esperando, a propósito, a ver si salgo. Y yo… a veces salgo sin ropa interior, sólo por si acaso.


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