noviembre 16, 2025

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Un mayor que yo me lo hizo

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Esa tarde en la casa de la amiga de mi mamá se me quedó grabada a fuego. Tendría unos 15 años, era un pibe, no sabía nada de nada. Mi vieja me dejaba ahí cuando se iba a laburar, con la señora Marta, una mina buena onda que siempre tenía la heladera llena. Pero ese día no estaba ella, estaba el hermano, Ricardo. Un tipo grandote, de como 40 años, que siempre me miraba raro.

“Tu mamá me pidió que te cuide hoy”, me dijo con una sonrisa que no me cerraba. Yo asentí, con la mochila en la mano, sintiendo algo raro en el aire. La casa estaba en silencio, se había ido todo el mundo.

“Vamos a la terraza”, me dijo de la nada. “Hay que arreglar algo”. Yo, boludo, le creí. Subimos, y la terraza era un lugar re lindo, con plantas y una vista de los edificios. Pero yo no podía disfrutarla. Él cerró la puerta con llave, y el ruido me heló la sangre.

“Acá, sentate”, me dijo, y puso una manta en el piso. Yo me senté, las manos sudadas. Él se sentó frente a mí, demasiado cerca. “Tenés frío?”, preguntó, y sin esperar respuesta, me pasó una mano por el brazo. Yo me congelé. No sabía qué hacer.

“Vos sos un pibe lindo, ¿sabés?”, me susurró, y su aliento me llegó a la cara. Olía a café y a cigarrillo. Yo quería salir corriendo, pero mis piernas no respondían. Sus manos empezaron a desabrocharme la remera. “Relajate”, dijo, pero su voz era tensa, urgente.

Me sacó la remera, y el aire de la tarde me dio en el pecho, erizándome la piel. Después fue el pantalón. Yo cerré los ojos, sintiendo una mezcla de miedo y una curiosidad enferma que no entendía. Cuando me quitó todo, me sentí desnudo de una manera que iba más allá de la ropa. Me sentía expuesto, vulnerable.

Él se bajó el cierre de su pantalón, y ahí lo vi. Su pija. Era enorme, más grande de lo que había imaginado nunca. Gruesa, con venas marcadas, y la cabeza bien roja. Se la sacó y se la empezó a jalar, mirándome fijo. “¿Te gusta?”, preguntó, y yo no pude responder. Mi propia pija, traidora, se estaba poniendo dura.

“Vení, chupamela”, ordenó, y su tono ya no era amable. Me agarró de la nuca y me empujó hacia su entrepierna. El olor era fuerte, a hombre sudado, a testosterona. Yo abrí la boca, sintiendo asco y excitación al mismo tiempo. La punta de su pija tocó mis labios, y él empujó.

Fue como ahogarme. Era tan grande que no cabía en mi boca. Me hacía arcadas, las lágrimas me salían de los ojos, pero él no paraba. Agarraba mi cabeza y la movía hacia adelante y atrás, follándome la cara. “Así, pibe, así me gusta”, gemía, y sus gruñidos me llenaban los oídos. Yo sentía su pija palpitando en mi garganta, y una parte de mí, una parte que odiaba, sentía un placer retorcido en eso. En ser usado.

Después de un rato, me soltó. Jadeaba, con la boca llena de saliva y el sabor de su piel. “Ahora tocate”, me dijo, y yo, como un autómata, me agarré la pija y empecé a jalármela. Mis ojos no podían despegarse de la suya, que se movía rápida en su mano.

“Voy a venirme”, avisó, y apuntó hacia mi estómago. Con un gruñido bajo, salió un chorro blanco y espeso, caliente, que me pegó en la piel. Me temblaban las piernas. Él se limpió la punta con los dedos y me los acercó a la boca. “Chupalos”, ordenó, y yo lo hice, sabiendo a sal, a él.

Pero no terminó ahí. Me empujó hacia atrás, sobre la manta, y me abrió las piernas. “Relajate”, dijo otra vez, pero su voz era más ronca. Escupió en su mano y se frotó la pija, luego acercó la punta a mi culo. Yo me puse tenso, asustado. “No…”, traté de decir, pero la palabra se atoró en mi garganta.

“Ssh, ya va a pasar”, murmuró, y empezó a empujar. El dolor fue instantáneo, un desgarro que me hizo contorsionar. Grité, pero él puso una mano sobre mi boca. “Cállate”, dijo con dureza, y siguió metiendo. Sentía como si me partiera en dos, cada centímetro era una agonía. Las lágrimas me corrían por la cara, mezcladas con el sudor.

Él se movía lento al principio, luego más rápido. Yo apretaba los puños, tratando de desconectar mi mente de mi cuerpo. En un momento, cambió el ángulo, y de repente, el dolor se mezcló con una sensación rara, un cosquilleo que me hizo gemir por otra razón. Él lo notó. “Ahí, ¿no?”, dijo, y apuntó a ese lugar una y otra vez. Mi cuerpo respondió, traicionándome. Mi pija, que se había ablandado del dolor, volvió a endurecerse.

Él jadeaba arriba mío, su sudor goteando sobre mi pecho. “Qué culo tenés, pibe”, gruñía, y me agarraba de las caderas para darme más fuerte. Yo ya no sabía qué sentía. Dolor, placer, vergüenza, miedo. Era un torbellino de mierda.

Justo cuando sentí que se aceleraba, que iba a terminar, oímos un ruido abajo. La puerta de la casa se abrió, y la voz de la señora Marta gritó: “¿Ricardo? ¿Estás ahí?”.

Él se congeló encima mío. Sus ojos se abrieron de par en par, el hechizo se rompió. Se salió de mí de un tirón, y el dolor regresó, agudo. “Mierda”, susurró, y se subió el pantalón a los apuros. Yo me cubrí con la manta, temblando, sintiendo su semen y mi sangre mezclados en mis piernas.

“Acá arriba, Marta!”, gritó él, con una voz falsamente calmada. “Estoy mostrándole la terraza al pibe!”.

Escuchamos sus pasos subiendo las escaleras. Ricardo me miró, y en sus ojos vi pánico. “No digas nada”, me dijo en un susurro urgente. Yo solo pude asentir, con el corazón a mil.

La señora Marta apareció en la terraza. “Ah, acá están! Hace frío, chicos, bajen que prepare unos mates”. Sonreía, inocente, sin tener idea de lo que acababa de pasar.

Ricardo me ayudó a levantarme, como si nada. Bajamos, y yo me fui directo al baño a limpiarme. Me miré en el espejo, y no me reconocí. Mis labios estaban hinchados, mis ojos rojos. Me lavé, tratando de sacar su olor de mi piel, pero sabía que no iba a poder.

Nunca más volví a esa casa. Mi mamá preguntó por qué no quería ir más, y yo le dije que me aburría. Ricardo se mudó a otra provincia al poco tiempo. Nunca hablamos de lo que pasó.

Ahora, de grande, a veces me acuerdo de esa tarde. De su pija en mi boca, de su peso encima mío, del dolor y del placer mezclados. Y aunque sé que estuvo mal, que él se aprovechó, una parte de mí no puede evitar excitarme cuando lo recuerdo. Es como una mancha, una cosa sucia que llevo adentro y que, en las noches más oscuras, me hace tocar mi pija hasta venirme, gritando su nombre en silencio.

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