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mayo 27, 2026

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Trío con madre e hija

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Te voy a contar la historia de cómo terminé en la cama con una madre y su hija. Las dos. Al mismo tiempo. Y no fue un sueño, fue real.

Todo empezó porque ellas tenían una página erótica. Subían fotos, videos, ese tipo de cosas. Yo las seguía sin mucho compromiso, hasta que un día la hija, que se llama Ana, me escribió al privado. «Oye, nos gusta tu perfil. ¿Te animarías a grabar con nosotras?»

Me quedé mirando el mensaje un buen rato. Pensé que era broma. Pero no. Me explicó que era para su contenido, que necesitaban un chico para un trío y que yo les gustaba. La madre tenía cuarenta y ocho, la hija veintitrés. «Las dos?», pregunté. «Las dos», respondió.

Dije que sí al segundo. No iba a dejar pasar esa oportunidad.

Llegué a su departamento un sábado en la tarde. Me abrió la madre, Carolina. Y marica, no exagero, estaba más buena que la hija. Alta, con un cuerpo que parecía de treinta, tetas grandes que se marcaban bajo una blusa negra, y una cara de esas que te miran y ya sabes que vas a terminar en problemas. Me sonrió. «Pasa, Manu. Te estábamos esperando».

El lugar estaba preparado. Una cámara grande en un trípode apuntando a la cama, luces de esas de anillo, todo muy profesional. Me dio un poco de nervio, pero cuando vi a Ana salir del baño con una lencería roja que no le cubría nada, se me olvidó la cámara.

«¿Listo?», preguntó Ana, y se sentó en la cama. Carolina se sentó a su lado.

«Listo», dije, y sentí cómo la sangre se me iba toda para abajo.

No hubo mucho preámbulo. Carolina se levantó y se acercó a mí. «Quítate la ropa», dijo, y empezó a desabrochar mi pantalón. Ana se acercó por detrás y me quitó la camisa. En segundos estaba en boxers, con la verga tan dura que casi rompe la tela.

Carolina se arrodilló. Me bajó los boxers y mi verga saltó, derecha, goteando un poco. «Ay, qué rica la tienes», dijo, y la agarró con la mano. La chupó un poco, solo la puntita, mientras me miraba a los ojos. Luego se paró y se besó con su hija. Un beso largo, con lengua, mientras las dos me miraban.

Ana se desnudó primero. Tenía un cuerpazo, joven, firme. Tetas pequeñas pero perfectas, pezones rosados. Carolina se desnudó después y uff, la madre. Un par de tetas enormes, redondas, con unos pezones morenos que se me hacían agua la boca. Y un culo… Dios, ese culo era una obra de arte.

«Ven aquí», me dijo Carolina, y me acostó en la cama. Ana se subió sobre mi cara, abriéndose de piernas. «Chúpame», ordenó. Y yo la chupé. Tenía un sabor dulce, empapada. Metí la lengua dentro y ella empezó a gemir. Mientras, Carolina se puso a horcajadas sobre mi verga. Me la metió de una. No fue lento. Fue un movimiento de cadera que la hizo entrar toda. «Así me gusta», dijo, y empezó a moverse.

Ana se vino en mi cara en menos de tres minutos. Gritó, se retorció, y yo sentí cómo su pepa temblaba contra mi lengua. Carolina siguió cabalgando, cada vez más rápido. Sus tetas rebotaban frente a mis ojos. Las agarré, las apreté, y ella gimió más fuerte.

Cambiamos de posición. Carolina se puso a cuatro patas, mostrando ese culo enorme. Ana se acostó debajo de ella, lista para lamerla. Yo me puse detrás de Carolina y se la metí por detrás. «Mete toda, papi», suplicó. Y le di duro. Ana lamía a su madre mientras yo la cogía. Ver a la hija chuparle el coño a la madre mientras yo le daba por detrás fue demasiado. Casi me corro.

«No te vengas todavía», dijo Carolina, como si leyera mi mente. «Queremos grabarte viniéndote».

Ana se levantó. Se acercó a mí y se arrodilló. Carolina hizo lo mismo. Las dos frente a mí, con la boca abierta, esperando. Yo me puse en pie, con la verga chorreando. Empecé a jalármela frente a ellas. «Queremos tu leche», dijo Ana. «En nuestras caras», agregó Carolina.

No aguanté más. Un chorro les cayó a las dos en la cara. Ana se limpió con el dedo y chupó. Carolina hizo lo mismo. Después se besaron, compartiendo mi semen.

«No paramos hasta que amanezca», dijo Carolina. Y no pararon. Nos movimos por toda la casa. En el sofá, en la cocina, en el piso del baño. Ana se vino por lo menos cinco veces, y Carolina hizo squirt en dos ocasiones. Me mojaron entero. Yo me vine tres veces más, una en la boca de cada una y la última dentro de Ana, sin condón, como ellas querían.

A la mañana siguiente, cuando ya no podía más, me vestí y me fui. Carolina me dio un beso en la mejilla. «Vuelve cuando quieras», dijo. Ana me sonrió desde la cama, con el pelo hecho un desastre y una cara de felicidad absoluta.

Salí de allí con las piernas temblando y una sonrisa que no se me borró por una semana. No sé si los orgasmos fueron reales o fingidos para la cámara, pero te juro que yo sentí cada uno. El mejor trío de mi vida. Y mira que he tenido algunos.

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