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Anónimo

diciembre 7, 2025

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Tengo novio, pero fantaseo con que otro hombre me domine

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¿Por dónde empiezo? Esto me carcome por dentro, la verdad. Mi novio es… perfecto. De esos que te traen flores sin que sea tu cumpleaños, que recuerdan cómo te gusta el café, que se preocupan si toses. Un amor. Pero en la cama… bueno. Es tierno, es cariñoso, pero es demasiado tierno. Como si tuviera miedo de romperme. Y para colmo, últimamente no puedo evitar notar que lo tiene… bueno, pequeño. No es algo que me importara antes, pero ahora que la rutina sexual se ha vuelto tan predecible, tan suave, empiezo a preguntarme cómo se sentirá algo más. Alguien más… grande.

Y ahí está el problema. O la tentación, no sé. En el trabajo llega todos los días el mensajero. Un tipo alto, ancho de espaldas, con las manos grandes y siempre un poco sudadas. No habla mucho, solo gruñe un «firma aquí», pero la mirada… esa mirada no me la pierdo. Me recorre de arriba abajo como si ya me tuviera desnuda en su cabeza. Y su ropa de trabajo, esos pantalones de mezclilla ajustados… Dios santo. Se le marca un paquete que no es normal. Es enorme, pronunciado, y a veces juro que lo hace a propósito, que se acomoda frente a mí solo para que yo me quede mirando.

Es todo lo contrario a mi novio: brusco, directo, con una energía que no pide permiso. Da la vibra de ser un animal en la cama. De esos que te empujan contra la pared, que te agarran de los pelos, que te susurran cosas sucias al oído sin pedirte perdón después. Y a mí… a mí se me hace agua la boca solo de pensarlo.

La fantasía ya tiene forma. La imagino con lujo de detalles, en momentos inoportunos, como cuando mi novio me da un beso de buenas noches en la frente. Cierro los ojos y en vez de él, veo al mensajero. Lo veo entrar a la oficina cuando todos se han ido, con esa sonrisa de lobo. Me veo intentando ser profesional, pero él acercándose, sin decir una palabra, poniendo sus manos grandes y ásperas en mi cintura y apretándome contra el escritorio. Oír el ruido de su cinturón desabrochándose, sentir su peso encima, que no me pregunta «¿te gusta?» sino que sabe que me gusta. Que me da duro, que me hace suya, que me llena de una manera que nunca he sentido.

Y luego, la culpa. La horrible, aplastante culpa. Porque mi novio no se merece esto. Él es bueno, es estable, es mi futuro seguro. ¿Pero de qué sirve un futuro seguro si por las nocches me revuelco en la cama con unas ganas que él no puede ni imaginar? ¿Es justo dejarlo solo por sexo? Suena tan superficial, tan de zorra. Pero no es solo sexo, ¿o sí? Es la necesidad de sentirme deseada con ferocidad, de que me dominen, de que me hagan gritar y suplicar. Es el morbo de lo prohibido, de lo sucio, de entregarme a un hombre que solo quiere usarme y luego irse.

No sé qué hacer. A veces pienso en hablar con mi novio, en pedirle que sea más… brusco. Pero me da vergüenza. ¿Y si se ofende? ¿Y si no puede? Es como pedirle a un gatito que ruja como un león. Y otras veces, cuando el mensajero pasa y nuestros ojos se encuentran un segundo de más, pienso en seguirle el juego. En deslizarle mi número en el recibo. En provocar lo inevitable.

¿Soy una mala persona por querer esto? ¿Debería conformarme con el amor bueno y seguro, aunque mi cuerpo clame a gritos por una buena cogida salvaje? La duda me está matando, y el deseo… el deseo me está ganando la partida.

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