Pilates y sexo
Mano, te juro que esta semana pasó una vaina que ni en mis películas porno más locas me hubiera imaginado. Resulta que mi sugar, la señora Vanessa —sí, la misma del golf cart y los billetes dobladitos— me invitó a su casa pa un «brunch» “tranquilo” con sus dos amigas. Me dijo “ven, Tony, te preparo unas mimosas” con esa voz que me pone la verga dura al instante. Obvio, le dije que sí al segundo, pero no iba a ir solo. Llamé a mi pana Mateo, el que trabaja conmigo de jardinero…
Llegamos a la casa y la escena estaba que ardía. Las tres recién llegadas de pilates, con esos leggins que les pintan el culo como si fuera obra de arte, y esos tops sudados que se les transparentaban. La señora Vanessa nos abrió la puerta con un beso en la mejilla que me dejó oliendo a perfume caro y panocha limpia toda la tarde. Adentro, las amigas, Susan y Carol, estaban ya con las mimosas en la mano, reídas y echando cuentos. Susan, la más lanzada de las tres, nos miró a Mateo y a mí como si fuéramos el postre.
“Ay, muchachos, justo estábamos mostrándonos las nuevas posiciones que aprendimos en clase”, dijo la señora Vanessa con una sonrisa que lo decía todo. Carol, la más callada pero con unas tetas que no podían ser reales, se bajó del taburete y se puso en cuatro patas en la alfombra. “Esta es la ‘plancha con extensión’”, dijo, y wey, cuando arqueó la espalda y levantó ese culo… casi me corro ahí mismo.
Mateo no aguantó. Se le acercó y le puso una mano en la espalda baja. “Así, señora?”, le dijo, y yo ya sabía que la cosa se iba a poner heavy. En menos de lo que canta un gallo, las mimosas quedaron olvidadas y la ropa empezó a volar. Susan se me tiró al cuello, besándome con una hambre que me dejó sin aire, mientras sus manos me bajaban el cierre de los pants. La señora Vanessa se fue directo con Mateo, desabrochándole la camisa y mordiéndole el pecho.
Terminamos todos en la sala, en un desmadre de cuerpos sudados y gemidos. Yo me quedé con Susan y la señora Vanessa, porque Carol ya estaba embarcada con Mateo en el sofá. Susan se montó en mi verga de una sentada, gritando como si la estuvieran matando, pero del gusto. La señora Vanessa se puso detrás de mí, restregándome esas tetas operadas contra la espalda y metiéndome los dedos en la boca para que los chupara. El olor a sexo y perfume caro era una locura.
Mateo, el muy cabrón, ya le estaba dando por detrás a Carol en el sillón, agarrándola de las caderas y dándole tan duro que los golpes se escuchaban por toda la casa. Susan, encima de mí, no paraba de moverse, diciéndome cosas sucias al oído que me hacían darle más fuerte. En un momento, la señora Vanessa me hizo cambiar de posición y me obligó a comérmela a ella mientras Susan se montaba en mi cara. Wey, tenía la boca llena de un sabor a sal y lujuria que me volvió loco.
Fue una hora de puro descontrol. Cambiamos de parejas, de posiciones, de lugares. En un momento, terminé dándole a las tres al mismo tiempo, con Mateo ayudándome a cubrir a la que quedaba libre. Las señoras gritaban como posesas, pidiendo más, más duro, más rápido. Hasta que al final, las dejamos a las tres tiradas en la alfombra, hechas un desastre, sin fuerzas ni para levantarse a buscar una toalla. Nosotros, sudados y con la verga adolorida, nos vestimos como si nada y nos fuimos con una sonrisa de idiotas..
Ah y también con unos cuantos $$ en el bolsillo, para el camino nos dijeron..


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