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diciembre 1, 2025

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PAUSA EN EL PLAY PARA UN TRÍO CON UNA MADURITA

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Aquí estoy, todavía con el control en la mano, oliendo a sexo y a vino barato, y no puedo creer la locura que se armó en mi apartamento ayer. El domingo iba de lo más normal, yo y mi pana Marcos en el sofá, enfrascados en una partida de FIFA que estaba más reñida que pelea de perros. Teníamos las cervezas frías, los porrones llenos, y ese ánimo de domingo perezoso en el que no pasa nada.

Hasta que tocaron la puerta.

No era esperada, y menos a las siete de la noche. Maldije entre dientes, pensando que era el vecino quejándose del volumen, pero cuando abrí, ahí estaba ella. La suegra de mi hermano, la mismísima. Con un vestido rojo escotado que le llegaba apenas a mitad de los muslos, unos tacones altísimos y una mirada vidriosa que delataba las copas de más. Olía a vino tinto y a un perfume pesado, dulzón.

“¡Antony, mi amor!”, dijo, con una voz un poco más ronca de lo normal, y sin pedir permiso, se coló pasando a mi lado, dejando una estela de ese aroma embriagador. “Espero no interrumpir, es que pasaba por aquí y me acordé de ti… y de lo bien que lo pasamos la otra vez”. Soltó una risita coqueta, pero con una chispa de locura en los ojos.

Marcos, que no sabía nada de mi aventura anterior, me miró con los ojos como platos, pasando de la pantalla del Play a la visión de esta mujer madura, con curvas de película, plantada en medio de la sala. Le hice un gesto de “ya te cuento” con la cabeza, y traté de manejar la situación.

“Doña Elvira, qué sorpresa… pero mira, estamos en medio de una partida, y…” intenté, tratando de sonar educado pero firme.

“¡Ay, no me vengas con doñas!”, interrumpió, acercándose más y poniéndome una mano en el pecho. Su mirada bajó hasta mi entrepierna, y sonrió. “Sabes que no me gustan las formalidades contigo, Anto. Además, ustedes dos solos aquí, aburriéndose… Les hace falta un poco de diversión”.

Antes de que pudiéramos reaccionar, la muy loca tomó la iniciativa. Con un movimiento que tenía más agilidad de la que le suponía a sus sesenta y pico, se desabrochó el cinturón del vestido y lo dejó caer al suelo. Quedó ahí, en medio de mi sala, solo con un conjunto de lencería negra de encaje que le sostenía unas tetas que eran una obra de arte de la cirugía o de la genética, pero que estaban espectaculares. Redondas, firmes, con unos pezones oscuros que se marcaban a través de la tela. Y abajo, una tanga minúscula que apenas cubría un triángulo de vello entrecano.

Marcos soltó el control. Se le cayó al piso. Yo me quedé sin aire.

“¿Qué pasa, muchachos? ¿Nunca han visto a una mujer de verdad?”, dijo, desafiante, y se llevó las manos a los pechos para sacárselos del corpiño. Ahí estaban, libres, imponentes. Se pellizcó un pezón y gimió. “Mira cómo los tengo… duros para ustedes”.

Eso fue la chispa. Marcos, que siempre ha sido más caliente que un horno, se levantó del sofá como un resorte. “Coño, Antony, ¿y esta vaina?”, dijo, pero ya se estaba acercando, con la verga que se le marcaba claramente en el pantalón del jogging.

“Esta vaina soy yo, papi”, contestó ella, y agarró la mano de Marcos para llevársela a su teta. “Y hoy quiero que los dos me den bien duro. ¿O es que le tienen miedo a una viejita?”

Esa pregunta fue un reto que ninguno iba a rechazar. Yo cerré la puerta con llave. Esto ya no tenía vuelta atrás.

Marcos se le abalanzó primero. La besó con una furia que yo no le conocía, agarrándole las tetas con ambas manos, apretándolas, mientras ella gemía y le enredaba las manos en el pelo. Yo me acerqué por detrás y le bajé la tanga. Sus nalgas eran firmes, redondas, y cuando las apreté, ella arqueó la espalda hacia mí, ofreciéndose. Olía a mujer madura, a excitación, a sudor dulce. Le metí los dedos y su coño estaba empapado, hirviendo. “Qué rico tienes aquí, doña”, le gruñí al oído, y ella respondió con un gemido más largo.

“En la cama… llevenme a la cama”, jadeó, y entre los dos la cargamos hasta mi cuarto. La tiramos sobre el cubrecama y Marcos se quitó la ropa en segundos. Tenía la verga parada, gruesa, lista. Ella se la agarró y se la llevó a la boca, chupándola con una habilidad que dejó a mi pana con los ojos en blanco. “Así, mamita, así…”, gemía él, mientras le agarraba la cabeza.

Yo no perdía tiempo. Me quité la ropa y me puse detrás de ella, que seguía de rodillas, mamando a Marcos. Con un poco de saliva, lubricué mi verga y la apoyé en su entrada. Estaba increíblemente apretada, caliente. “Voy a entrar, Elvira”, le avisé, y ella, con la boca llena, hizo un sonido de aprobación.

Empujé. Ella gimió alrededor de la verga de Marcos, y la sensación fue indescriptible. Estaba tan estrecha que sentía cada pliegue, cada contracción. Empecé a moverme, lento al principio, luego más rápido, mientras Marcos le follaba la boca. Éramos como una máquina, los dos usándola, llenándola por ambos lados. El sonido era obsceno: los gemidos ahogados de ella, los jadeos de Marcos, el chasquido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su coño.

“Cambien”, ordenó ella en un momento, sacándose la verga de Marcos de la boca. “Quiero probar las dos”.

Nos miramos con Marcos y asentimos. Cambiamos de posiciones. Ahora yo estaba frente a ella, y ella se tragó mi verga entera, mientras Marcos se colocaba detrás. Escuché el gemido de ella cuando Marcos entró, esta vez por detrás, y sentí cómo su boca se tensaba alrededor de mi miembro. Marcos le daba duro, agarrándola de las caderas, y cada embestida hacia adelante hacía que ella se ahogara un poco más conmigo. Era una escena de película porno, pero mejor, porque era real, era caliente, y estábamos destrozando a esta madura entre los dos.

Después de un rato, ella nos empujó. “Ahora… los dos juntos”, dijo, con la voz rota por el placer. “Quiero sentir las dos vergas… por detrás”.

Marcos y nos miramos. Habíamos hablado de un trío, pero esto… esto era otro nivel. Pero la calentura nos nublaba el juicio. Ella se puso a cuatro patas, ofreciéndonos su culo y su coño, ya bien abiertos y brillantes. “Antony, tú por el culo… Marcos, por la concha”, instruyó, como una generala en medio de la batalla.

Yo me puse detrás, apoyé la punta de mi verga en su rosa apretado, y con un poco más de saliva, empujé. La resistencia era mayor, pero cuando cedió, fue un gemido gutural de los tres. Estaba increíblemente apretada, un fuego que me envolvía. Al mismo tiempo, Marcos guió su verga a su coño y entró. Los dos estábamos dentro de ella, llenándola por completo. Ella gritó, un grito de placer puro, y empezó a moverse, empujando contra nosotros.

Fue la sensación más brutal de mi vida. Sentir a mi pana al otro lado de la pared fina que nos separaba dentro de ella, los dos moviéndonos al mismo ritmo, era una locura. El sudor chorreaba por nuestros cuerpos, los gemidos llenaban la habitación, y el olor a sexo era tan espeso que se podía cortar.

“¡Así, así, no paren!”, gritaba ella, y aceleramos. Yo la agarraba de las caderas, clavándome hasta el fondo en su culo, mientras Marcos la follaba con una furia salvaje. Ella llegó al orgasmo primero, un estremecimiento violento que apretó nuestras vergas como un puño, gritando como una posesa. Eso nos terminó de llevar al borde.

“Me voy a correr”, gruñí.
“Yo también”, dijo Marcos.
“Adentro… los dos adentro”, suplicó ella.

Y así fue. Con un gemido sincronizado, los dos explotamos dentro de ella, yo en su culo, Marcos en su coño, llenándola con nuestra leche caliente. Ella tembló otra vez, con un último espasmo, y luego los tres nos derrumbamos en la cama, un amasijo de cuerpos sudorosos y jadeantes.

Pasaron unos minutos de silencio, solo roto por nuestra respiración pesada. Ella fue la primera en moverse. Se levantó, tambaleándose un poco, y empezó a buscar su ropa. “Bueno, muchachos… eso fue espectacular”, dijo, con una sonrisa de gata satisfecha. Se vistió rápido, sin pudor, y antes de irse, nos dio un beso a cada uno en la mejilla. “Cualquier domingo aburrido… ya saben dónde estoy”.

Y se fue. Cerró la puerta suavemente.

Marcos y yo nos quedamos mirándonos, todavía desnudos, todavía incrédulos. “Hermano…”, dijo él, “¿qué carajos acaba de pasar?”

Yo solo pude reírme. “Un domingo cualquiera, pana”.

Nos bañamos, nos pusimos la ropa, y volvimos al sofá. El Play estaba en pausa. Retomamos la partida como si nada. Pero cada tanto, nos mirábamos y sonreíamos. El marcador final ya no importaba. Habíamos ganado algo mucho mejor. Y esa madurita, esa suegra loca y sabrosa, se había convertido en nuestro secreto más caliente.

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