noviembre 6, 2025

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Ovular estando soltera🥴🥵 es el peor castigo que podemos tener nosotras las mujeres 🥲

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Ay, Dios mío, esto es literalmente lo peor que nos puede pasar. O sea, en serio. Estoy en mis días fértiles y es un castigo divino, tipo, no sé cómo lo soportan las demás mujeres. Yo, que soy una chica decente, que sueña con su boda blanca y su anillo de compromiso, me convierto en una… no sé, en una bestia hormonal. Es horrible, pero a la vez… ay, no debería decirlo.

Todo empezó ayer. Tenía que estudiar para un parcial de Anatomía Bucal, lo más aburrido del mundo, y de repente, sentí ese calorcito. Ese que te empieza en el bajo vientre y se te esparce por todo el cuerpo como una lava lenta. Y la cabeza, por Dios, la cabeza. No podía concentrarme en los músculos masticadores porque lo único que veía eran… bueno, hombres. Hombres por todos lados. En la calle, en la tele, hasta el señor que vende empanadas en la esquina se me hizo irresistible. Qué desastre.

Mi novio, Miguel, es un ángel. Un príncipe azul. Me respeta, me trae flores, me habla de nuestro futuro… y quiere esperar hasta la boda. Y yo se lo he prometido. Pero en estos días, cuando ovulo, mirarlo a los ojos me da like un ataque de ansiedad. Porque quiero que me… bueno, ya saben. Y él ni se inmuta. Es un santo. Un santo que me está matando de frustración.

Hoy en la mañana fue el colmo. Me puse mi uniforme de la universidad—esa falda plisada que a Miguel le encanta porque dice que me veo “pura”—y salí de mi casa. A dos cuadras, está la construcción de un edificio nuevo. Y ahí están ellos. Los albañiles. No todos, en realidad. Uno en especial. José. Él no es como los otros. No grita, no silba. Solo trabaja, con su torso desnudo, sudado, esos músculos marcados… y una mirada que, cuando me cruza, me atraviesa. Hoy, justo hoy, con mi cuerpo pidiendo a gritos ser tocado, nuestros ojos se encontraron. Y fue como una descarga. Sentí que mi ropa interior se mojaba al instante. Una humedad caliente, vergonzosa. Yo, Yessika, la niña bien, mojándome por un albañil. Qué horror.

Caminé más rápido, tratando de ignorar la pulsación entre mis piernas. Llegué a la universidad y en el pasillo me topé con Andrés, un compañero de clase. Un tipo normalito, ni fu ni fa. Pero hoy, hoy su olor a colonia barata se me metió en la nariz y me dio vueltas la cabeza. Me imaginé… no, no puedo ni escribirlo. Es que mi mente se llena de imágenes sucias, de cosas que ni siquiera he hecho. Es como si mi propio cuerpo me traicionara.

En clase, no podía estar sentada. Me movía, cruzaba y descruzaba las piernas, sintiendo cómo mis labios se hinchaban y rozaban contra la tela de mi panty. Era una tortura deliciosa. Cada vez que el profesor decía una palabra como “penetración” (en otro contexto, obvio), yo me estremecía toda. Mis amigas me miraban raro. “Yessika, ¿estás bien? Estás como… colorada”. Colorada, sí, y con ganas de que alguien me empotrara contra el pizarrón.

Al salir, no aguanté. En vez de tomar el camino directo a mi casa, di un rodeo. Pasé otra vez por la construcción. Y ahí estaba José, bebiendo agua de una botella, con los músculos del cuello tensionados. Me miró, y esta vez no solo fue la mirada. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible. Como si supiera. Como si olfateara mi desesperación. Me detuve, no pude evitarlo. Él se acercó, limpiándose el sudor de la frente con el brazo.

“Hola, princesa”, dijo. Su voz es grave, ronca, nada que ver con la voz suave de Miguel. “Te veías… con calor”. No dijo “caliente”, dijo “calor”. Pero lo dijo de una manera que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. “Un poco”, mentí, sintiendo cómo mis pezones se ponían duros contra el sostén. Él miró hacia la obra, vacía a esa hora porque era el receso de almuerzo. “Si querés, podés pasar a la sombra un rato. Acá atrás hay menos sol”.

Era una invitación peligrosísima. Yo lo sabía. Pero mis piernas, traidoras, me llevaron detrás de la montaña de ladrillos, a un rincón escondido de la obra. El olor a cemento fresco y a su sudor me mareó. “¿Siempre andás tan nerviosa?”, preguntó él, acercándose más. Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo. “No… es que…”. No pude terminar. Él alargó una mano y me tocó la mejilla. Sus dedos, callosos, ásperos, fueron una descarga eléctrica en mi piel. “Parece que tenés un fuego adentro que te quema”.

Y entonces, sin más, me agarró de la cintura y me empujó contra la pared de bloques, áspera y fría. “Calladita, princesa”, susurró contra mi oreja, y su aliento me erizó la piel. Yo gemí. No pude evitarlo. Era lo que mi cuerpo llevaba pidiendo todo el día. Su boca encontró la mía en un beso que no fue nada suave. Fue voraz, húmedo, con lengua y dientes. Sus manos, grandes y rudas, me bajaron la cremallera del uniforme y me lo abrieron, dejando mi torso al aire, solo con el sostén blanco que me compró mi mamá. “Qué tetas tan lindas”, gruñó, y se llevó una a la boca, chupándome el pezón a través de la tela con una fuerza que me hizo arquearme.

Yo no era yo. Era otra. Una Yessika sucia, urgente, que se frotaba contra su pierna, buscando alivio para ese calor insoportable entre las piernas. Él lo notó. Bajó una mano y me levantó la falda. “Ay, Dios, ni bragas llevas”, dijo, con una risa baja, perversa. Era verdad. En un arranque de locura, me la había quitado en el baño de la universidad. Sus dedos encontraron mi sexo, empapado, hinchado, palpitando. “Estás goteando, princesa”, murmuró, y metió dos dedos dentro de mí. Grité, ahogando el sonido en su hombro. Era demasiado. Demasiado intenso, demasiado bueno.

“Por favor”, supliqué, sin saber si le pedía que parara o que continuara. Él entendió lo segundo. Se bajó el short de trabajo, y ahí estaba. Su pene. No era como me lo imaginaba. Era más grande, más grueso, oscuro, con las venas marcadas. Olía a hombre, a trabajo, a sudor limpio. Me dio miedo. “Tranquila”, dijo, y escupió en su mano, embadurnando su miembro y mi entrada. “Vas a ver qué rico”.

Y entonces, me la metió. No fue un empuje lento y romántico. Fue una embestida única, profunda, que me llenó por completo y me hizo ver estrellas. El dolor fue agudo, pero se mezcló con una sensación de plenitud que nunca había sentido. Empezó a moverse, y el sonido de nuestros cuerpos chocando contra la pared de bloques era obsceno. Yo gemía, mordiéndome los labios para no gritar, aferrándome a sus hombros anchos. Él me follaba con una fuerza animal, primitiva, que me hacía sentir como una cosa, como un objeto, y a la vez, como la mujer más deseada del mundo.

“Así, gritame, putita”, me ordenó, y yo obedecí. “Sí, José, así, más duro”. Mis palabras, sucias, salían de mi boca como si fueran de otra. Él me cambió de posición, me puso de frente a la pared, agarrándome de las caderas, y me penetró por detrás. Esa posición fue aún más profunda, más invasiva. Sentía que me llegaba al alma. Cada embestida era un golpe seco que me hacía gritar, que me hacía sentir viva, usada, poseída.

No duró mucho. Unos minutos, quizás. Pero fueron los minutos más intensos de mi vida. Él, jadeando, me dijo: “Me voy a venir, princesa”. Y yo, en un arranque de locura total, le dije: “Adentro, por favor”. No pensé en las consecuencias, no pensé en Miguel, ni en mi boda blanca, ni en nada. Solo quería sentir su semilla dentro de mí, marcándome, poseyéndome. Él gruñó y, con unos empujones finales, se vació en mi interior. Sentí el chorro caliente, el palpitar de su miembro, y yo misma tuve un orgasmo violento, un espasmo que me dejó temblando, con las piernas como gelatina.

Se separó de mí, y yo me apoyé en la pared, jadeando, con sus fluidos corriéndome por las piernas. Él se arregló el short. “Esto no pasó, ¿ok?”, dijo, serio de repente. Asentí, sin poder hablar. Me vestí a los apurones, sintiendo su olor en mi piel, su sabor en mi boca, su esencia dentro de mí.

Caminé a casa como una sonámbula. Ahora, tirada en mi cama, escribiendo esto, me siento… vacía. Y llena de culpa. Miguel me escribió para saber cómo me fue en el parcial. Y yo le contesté con un “Bien, mi amor, te extraño”, mientras todavía siento a José dentro de mí.

Ovular estando soltera no es un castigo. Es una maldición. Te convierte en una versión de ti misma que no reconoces. En una puta con sueños de princesa. Y lo peor es que, a pesar de la culpa, a pesar del miedo… sé que cuando vuelva a ovular, probablemente volveré a buscarlo. Porque esa animalidad, ese abandono… Dios, fue lo más cercano al cielo y al infierno que he sentido en mi vida. Y mi cuerpo, este cuerpo traidor, ya está ansiando la próxima vez.

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