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Anónimo

mayo 20, 2026

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Nuestra primera vez en Temptation Cancún

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Somos una pareja de Mérida Yucatán. Los dos estamos en mediados de nuestros treinta y nos consideramos bastante tradicionales. Pero hace unos meses decidimos salir de la rutina. Queríamos algo diferente. Algo que nos sacudiera. Así que investigamos y encontramos el Temptation Cancún. Un hotel solo para adultos. Y bastante liberal, según leímos.

La verdad es que llegamos con los nervios a flor de piel. Mi esposa, que es más reservada que yo, iba agarrada de mi brazo con fuerza. En la recepción todo parecía normal. Pero cuando salimos a la alberca principal… uff. Ahí nos dimos cuenta de lo que realmente significaba «liberal».

El 99% de las mujeres estaban con las tetas al aire. Sin ningún pudor. Sin importarles quién mirara. Había de todas las edades, todos los cuerpos. Gorditas, flacas, altas, bajas. Todas ellas mostrando sin pena. Yo me quedé mirando un momento, medio bobo, y mi esposa me dio un codazo.

«Estás viendo mucho», me dijo, pero con una sonrisa.

Yo me reí nervioso. «Es que no esperaba… esto».

«No, pues sí», dijo ella. Y se quedó callada.

Yo pensé que se iba a incomodar. Que íbamos a pasar los cuatro días encerrados en la habitación. Pero no. Algo pasó en ella. Algo que no me esperaba.

El primer día fuimos a la piscina. Ella llevaba un bikini negro, de esos que le compré para la playa pero que casi nunca usa. La parte de arriba le cubría bien, porque ella es bien pechugona. Pero la miraba a los otros hombres y a las otras mujeres, todos tan sueltos, tan libres. Vi cómo tragaba saliva. Cómo miraba sus propias tetas.

«¿Estás bien?», le pregunté.

«Sí», dijo. Y entonces, sin avisar, sin decir ni una palabra, se bajó sola la parte de arriba del traje de baño.

Me quedé helado. Ella se quedó ahí, con las tetas al aire, morenas, grandes, con los pezones duros por el aire acondicionado de la alberca. La primera vez que la veía así en público. La primera vez que ella se mostraba así.

«¿Qué haces?», le pregunté, casi sin voz.

«Lo que se hace aquí», me dijo. Y se metió a la piscina como si nada.

Ese día no me la pude quitar de la vista. Vi cómo la miraban los otros huéspedes. Hombres, mujeres. Vi sus miradas recorriendo sus tetas, sus pezones. Y en vez de sentir celos, sentí otra cosa. Un calor. Un orgullo raro. Me calentó mucho verla así. Ver que los demás la deseaban. Que ella se sentía deseada.

Así se pasó los cuatro días. Ella sola se bajaba la parte de arriba. Sin que yo le dijera nada. Se olvidó de su vergüenza, de lo que dirían, de todo. Era otra mujer. Una mujer liberada, caliente, que disfrutaba que la vieran.

Una noche, en la alberca, estábamos tomando algo. Ella estaba sentada a mi lado, sin bra, con un vestido mojado pegado a su cuerpo. Un hombre se acercó a pedirle fuego. Ella se lo dio. El hombre se quedó mirando sus tetas, que se marcaban perfecto bajo la tela.

«Tu esposa es muy guapa», me dijo el tipo.

«Lo sé», dije yo.

Y ella sonrió. Me miró. Y en sus ojos vi algo que no le había visto antes. Deseo. No por el tipo. Por mí. Porque yo la estaba viendo a ella. Porque yo estaba disfrutando que otro la mirara.

Esa noche cogimos como no lo hacíamos desde hacía años. En la terraza, con las estrellas viéndonos. Ella se vino tres veces. Yo, dos. Terminamos sudados, pegajosos, riéndonos como adolescentes.

La verdad, no sé si repetiremos la experiencia. Pero por cómo me mira ahora ella, por cómo llegamos a casa y la primera semana no podíamos dejar de tocarnos… creo que sí. Definitivamente tenemos que regresar.

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