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Nos cogimos a mi amiga
Mi novio y yo nos conocemos de esa manera que no necesita muchas palabras. Con una mirada ya sé lo que quiere. Con una palabra él ya sabe dónde ponerme. Hemos construido entre los dos un idioma propio, hecho de gestos y de silencios y de esa clase de sexo que se inventa solo, espontáneo y caliente, que no necesita ensayarse porque surge de un entendimiento que va más allá del cuerpo.
Fue una tarde cualquiera. Yo estaba encima de él, moviéndome despacio, con sus manos en mis tetas y su boca abierta buscándolas, cuando me dijo en voz baja que su fantasÃa era un trÃo con dos mujeres. Me quedé quieta un segundo. Sentà primero esa punzada pequeña y molesta de los celos, y luego, casi al mismo tiempo, sentà algo más: una humedad nueva, un calor que no tenÃa que ver con lo que ya estaba sintiendo sino con la imagen que sus palabras me habÃan puesto en la cabeza.
Le pedà que me mordiera las tetas y aceleré el movimiento de mis caderas. Y entonces empecé a hablarle como si hubiera otra mujer con nosotros, ahà mismo, en ese cuarto. Le decÃa: mi amor, ¿qué quieres que te hagamos? ¿Quieres que te la mamemos las dos? ¿Quieres venirte en la boca de las dos a la vez? PÃdele que me chupe las tetas mientras tú me llenas de leche. Lo iba inventando en voz alta y sentà cómo su mirada cambiaba: se volvÃa más oscura, más lenta, con ese peso especÃfico que tiene cuando está completamente perdido en lo que está haciendo.
Me apretó la cintura con las dos manos y empezó a empujar desde abajo, fuerte, como si quisiera atravesarme. Cuando le dije vente para las dos sentà cómo se contraÃa entero, un temblor que le venÃa desde adentro, y se vino dentro de mà con una fuerza que no le habÃa sentido antes, apretándome tan fuerte que sus dedos me dejaron marcas rojas en la espalda. Mientras todavÃa jadeaba le dije, sin dejarlo recuperarse: papi, si yo te complazco, ¿tú me complaces a mÃ?
Me preguntó qué querÃa con esa voz de después, ronca y tranquila. Le respondà con la voz más caprichosa y más descarada que tengo: te regalo tu trÃo con otra mujer si me regalas a mà el de dos hombres. Silencio. Tres segundos, tal vez cuatro. Luego: trato hecho. Tú buscas la mujer, yo busco el hombre.
Desde esa noche los dos soñábamos con lo mismo, aunque no siempre lo dijéramos.
Pensé en quién podrÃa ser y el nombre llegó solo: una amiga de hace años, de esas con las que existe una confianza que no necesita explicarse. Se acababa de separar de su novio y yo reconocà en ella ese estado que todas conocemos después de una ruptura, el de querer sentir cualquier cosa que no sea lo que duele. Le escribà directo, sin rodeos. Me dijo que sà casi antes de que terminara de explicarle.
Esa mañana, antes de ir a buscarla, mi novio y yo estuvimos un rato largo en la cama, calentándonos el uno al otro sin llegar al final, reservando algo para después. Salà a buscarla con un vestido rojo corto y ancho, sin ropa interior, queriendo estar lo más accesible posible. Ella se montó detrás de mà en la moto y sentà de inmediato sus tetas grandes y libres contra mi espalda. Durante el camino hablamos de cualquier cosa menos de lo que las dos sabÃamos que iba a pasar.
Mi novio habÃa preparado tragos, vino para nosotros y cerveza para ella porque asà habÃa pedido. Andaba sin camiseta, con un short de nylon que no dejaba mucho a la imaginación. Nos sentamos en el sofá de la sala a conversar, yo con los muslos apenas entreabiertos, sin disimular nada.
Empezó besándome a mÃ, despacio y con intención, con esa manera que tiene de besarme cuando quiere que yo sepa exactamente lo que viene. Luego la miró a ella y la invitó con los ojos. Le abrió las piernas y empezó a acariciarla mientras nos besaba a las dos, alternando, una y luego la otra, hasta que nos pidió que nos besáramos los tres al mismo tiempo. Ninguna dudamos. Nos besamos con las tres lenguas enredadas mientras él nos metÃa los dedos a las dos, primero uno, luego dos, moviéndolos despacio.
Nos llevó al cuarto y nos dijo: bésense ustedes, tóquense, quiero verlas. Sentà ese momento de duda que existe antes de cruzar un lÃmite que nunca has cruzado. Pero yo le habÃa prometido esto y querÃa mi recompensa, asà que la besé. Usé la lengua. Le quité la blusa despacio y empecé a tocarle las tetas, que eran grandes y suaves y se llenaban en mis manos de una manera diferente a como imaginas antes de tocar. Ella se dejó hacer. Él se masturbaba mirándonos.
Nos preguntó si querÃamos frotarnos. Nos miramos ella y yo. Dijimos que era demasiado pero él nos empezó a masturbar a las dos al mismo tiempo, una mano en cada una, hasta que yo me subà encima de ella y empecé a rozarme contra su humedad. Era caliente y mojado y se sentÃa de una manera que no me esperaba, suave y denso al mismo tiempo, y tuve que esforzarme para parar cuando él nos pidió que se la chupáramos.
Nos pusimos las dos de rodillas. Ella la pinga, yo los huevos, y luego al revés, turnándonos, mientras él gemÃa con una fuerza que no le habÃa oÃdo antes y nos apretaba las cabezas contra él con las dos manos.
Me llamó primero a mÃ. Me senté encima de él y empecé a moverme sin parar mientras ella se sentaba en su cara. Nuestras tetas se rozaban y nos agarrábamos la una a la otra para mantener el equilibrio y movernos mejor. Luego cambió y se la metió a ella delante de mÃ. La miré a la cara mientras lo hacÃa: esa expresión de deseo abierto que tiene una persona cuando está completamente entregada a lo que siente.
Nos puso a las dos en cuatro, una al lado de la otra, y empezó a alternar entre las dos mientras nosotras nos masturbábamos. Luego le dijo a ella que se acostara, tomó mi mano y la guió adentro de ella. Los dos la masturbamos juntos, él con sus dedos y yo con los mÃos, y ella pedÃa que paráramos pero su cuerpo pedÃa exactamente lo contrario. Cuando gritó que se venÃa fui directo a su humedad sin que nadie me lo pidiera y le pasé la lengua suavecito, luego con más fuerza, metiéndola todo lo que podÃa.
Me dijo me vengo en tu boca y se vino entera, temblando, mientras él me gritaba que no parara. Le saqué todo lo que tenÃa y nos besamos los tres.
Dijo que se tenÃa que ir, que ya no podÃa más. Pero mientras se vestÃa mi novio le dijo ven, antes de irte, toca el bollo de mi mujer, y guio su mano hasta mi humedad. Lo que hizo que yo me viniera más fuerte que antes. Entonces le dijo: ahora chupáselo.
Ella, ya vestida, se agachó y empezó a chupármelo suave. En ese momento mi novio le bajó de nuevo la licra y se la metió otra vez sin avisar. Ella no tuvo más remedio que seguir chupándome con la misma fuerza con que él la embestÃa, y yo me vine sin poder controlar nada, una vez y otra, mientras ella se enredaba en lo que le estaban haciendo y no querÃa soltar mi clÃtoris, chupándomelo y masturbadonme al mismo tiempo como alguien que sabe perfectamente lo que hace.
Cuando él gritó que se venÃa me subà encima de él antes de que pudiera hacerlo dentro de ella. Me llenó de su leche con las manos en mis tetas y la boca buscándolas, y yo seguà moviéndome encima de él mucho después de que ella se hubiera ido, sin saber en qué momento salió por la puerta, sin importarme.
Seguimos los dos solos, sin querer parar, sin razón para hacerlo.
El trato habÃa quedado cumplido.
Ahora le tocaba a él.


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