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octubre 30, 2026

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Nos cogimos a mi amiga

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Mi novio y yo nos conocemos de esa manera que no necesita muchas palabras. Con una mirada ya sé lo que quiere. Con una palabra él ya sabe dónde ponerme. Hemos construido entre los dos un idioma propio, hecho de gestos y de silencios y de esa clase de sexo que se inventa solo, espontáneo y caliente, que no necesita ensayarse porque surge de un entendimiento que va más allá del cuerpo.

Fue una tarde cualquiera. Yo estaba encima de él, moviéndome despacio, con sus manos en mis tetas y su boca abierta buscándolas, cuando me dijo en voz baja que su fantasía era un trío con dos mujeres. Me quedé quieta un segundo. Sentí primero esa punzada pequeña y molesta de los celos, y luego, casi al mismo tiempo, sentí algo más: una humedad nueva, un calor que no tenía que ver con lo que ya estaba sintiendo sino con la imagen que sus palabras me habían puesto en la cabeza.

Le pedí que me mordiera las tetas y aceleré el movimiento de mis caderas. Y entonces empecé a hablarle como si hubiera otra mujer con nosotros, ahí mismo, en ese cuarto. Le decía: mi amor, ¿qué quieres que te hagamos? ¿Quieres que te la mamemos las dos? ¿Quieres venirte en la boca de las dos a la vez? Pídele que me chupe las tetas mientras tú me llenas de leche. Lo iba inventando en voz alta y sentí cómo su mirada cambiaba: se volvía más oscura, más lenta, con ese peso específico que tiene cuando está completamente perdido en lo que está haciendo.

Me apretó la cintura con las dos manos y empezó a empujar desde abajo, fuerte, como si quisiera atravesarme. Cuando le dije vente para las dos sentí cómo se contraía entero, un temblor que le venía desde adentro, y se vino dentro de mí con una fuerza que no le había sentido antes, apretándome tan fuerte que sus dedos me dejaron marcas rojas en la espalda. Mientras todavía jadeaba le dije, sin dejarlo recuperarse: papi, si yo te complazco, ¿tú me complaces a mí?

Me preguntó qué quería con esa voz de después, ronca y tranquila. Le respondí con la voz más caprichosa y más descarada que tengo: te regalo tu trío con otra mujer si me regalas a mí el de dos hombres. Silencio. Tres segundos, tal vez cuatro. Luego: trato hecho. Tú buscas la mujer, yo busco el hombre.

Desde esa noche los dos soñábamos con lo mismo, aunque no siempre lo dijéramos.

Pensé en quién podría ser y el nombre llegó solo: una amiga de hace años, de esas con las que existe una confianza que no necesita explicarse. Se acababa de separar de su novio y yo reconocí en ella ese estado que todas conocemos después de una ruptura, el de querer sentir cualquier cosa que no sea lo que duele. Le escribí directo, sin rodeos. Me dijo que sí casi antes de que terminara de explicarle.

Esa mañana, antes de ir a buscarla, mi novio y yo estuvimos un rato largo en la cama, calentándonos el uno al otro sin llegar al final, reservando algo para después. Salí a buscarla con un vestido rojo corto y ancho, sin ropa interior, queriendo estar lo más accesible posible. Ella se montó detrás de mí en la moto y sentí de inmediato sus tetas grandes y libres contra mi espalda. Durante el camino hablamos de cualquier cosa menos de lo que las dos sabíamos que iba a pasar.

Mi novio había preparado tragos, vino para nosotros y cerveza para ella porque así había pedido. Andaba sin camiseta, con un short de nylon que no dejaba mucho a la imaginación. Nos sentamos en el sofá de la sala a conversar, yo con los muslos apenas entreabiertos, sin disimular nada.

Empezó besándome a mí, despacio y con intención, con esa manera que tiene de besarme cuando quiere que yo sepa exactamente lo que viene. Luego la miró a ella y la invitó con los ojos. Le abrió las piernas y empezó a acariciarla mientras nos besaba a las dos, alternando, una y luego la otra, hasta que nos pidió que nos besáramos los tres al mismo tiempo. Ninguna dudamos. Nos besamos con las tres lenguas enredadas mientras él nos metía los dedos a las dos, primero uno, luego dos, moviéndolos despacio.

Nos llevó al cuarto y nos dijo: bésense ustedes, tóquense, quiero verlas. Sentí ese momento de duda que existe antes de cruzar un límite que nunca has cruzado. Pero yo le había prometido esto y quería mi recompensa, así que la besé. Usé la lengua. Le quité la blusa despacio y empecé a tocarle las tetas, que eran grandes y suaves y se llenaban en mis manos de una manera diferente a como imaginas antes de tocar. Ella se dejó hacer. Él se masturbaba mirándonos.

Nos preguntó si queríamos frotarnos. Nos miramos ella y yo. Dijimos que era demasiado pero él nos empezó a masturbar a las dos al mismo tiempo, una mano en cada una, hasta que yo me subí encima de ella y empecé a rozarme contra su humedad. Era caliente y mojado y se sentía de una manera que no me esperaba, suave y denso al mismo tiempo, y tuve que esforzarme para parar cuando él nos pidió que se la chupáramos.

Nos pusimos las dos de rodillas. Ella la pinga, yo los huevos, y luego al revés, turnándonos, mientras él gemía con una fuerza que no le había oído antes y nos apretaba las cabezas contra él con las dos manos.

Me llamó primero a mí. Me senté encima de él y empecé a moverme sin parar mientras ella se sentaba en su cara. Nuestras tetas se rozaban y nos agarrábamos la una a la otra para mantener el equilibrio y movernos mejor. Luego cambió y se la metió a ella delante de mí. La miré a la cara mientras lo hacía: esa expresión de deseo abierto que tiene una persona cuando está completamente entregada a lo que siente.

Nos puso a las dos en cuatro, una al lado de la otra, y empezó a alternar entre las dos mientras nosotras nos masturbábamos. Luego le dijo a ella que se acostara, tomó mi mano y la guió adentro de ella. Los dos la masturbamos juntos, él con sus dedos y yo con los míos, y ella pedía que paráramos pero su cuerpo pedía exactamente lo contrario. Cuando gritó que se venía fui directo a su humedad sin que nadie me lo pidiera y le pasé la lengua suavecito, luego con más fuerza, metiéndola todo lo que podía.

Me dijo me vengo en tu boca y se vino entera, temblando, mientras él me gritaba que no parara. Le saqué todo lo que tenía y nos besamos los tres.

Dijo que se tenía que ir, que ya no podía más. Pero mientras se vestía mi novio le dijo ven, antes de irte, toca el bollo de mi mujer, y guio su mano hasta mi humedad. Lo que hizo que yo me viniera más fuerte que antes. Entonces le dijo: ahora chupáselo.

Ella, ya vestida, se agachó y empezó a chupármelo suave. En ese momento mi novio le bajó de nuevo la licra y se la metió otra vez sin avisar. Ella no tuvo más remedio que seguir chupándome con la misma fuerza con que él la embestía, y yo me vine sin poder controlar nada, una vez y otra, mientras ella se enredaba en lo que le estaban haciendo y no quería soltar mi clítoris, chupándomelo y masturbadonme al mismo tiempo como alguien que sabe perfectamente lo que hace.

Cuando él gritó que se venía me subí encima de él antes de que pudiera hacerlo dentro de ella. Me llenó de su leche con las manos en mis tetas y la boca buscándolas, y yo seguí moviéndome encima de él mucho después de que ella se hubiera ido, sin saber en qué momento salió por la puerta, sin importarme.

Seguimos los dos solos, sin querer parar, sin razón para hacerlo.

El trato había quedado cumplido.

Ahora le tocaba a él.

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