septiembre 15, 2025

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Mis vecinos follan como conejos

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Este piso al que me mudé recientemente tiene las paredes de papel. Y mis vecinos de al lado, una pareja que está que se sale, no tienen ningún respeto. Ninguno. Follan como conejos, toda la noche. Hablo de que la cabecera de la cama golpea contra la pared que compartimos, gemidos tan altos que parece que estén en mi puto salón. Ella chilla, él gruñe, y todo es una sinfonía de follada cruda y guarra.

Y el tío… joder. Es un tío alto, con un cuerpo que te mueres. Le he visto en el gimnasio, todo sudado y concentrado, y solo diré una cosa: los rumores que cuentan las paredes son absolutamente ciertos. Tiene resistencia. Me echo en mi cama, escuchando cómo ella le suplica que le dé más, y fantaseo con ser yo la que está debajo de él. O encima. No soy exigente.

Pero una noche de la semana pasada, fueron especialmente salvajes. Era martes, por dios. Ella gritaba su nombre, y él seguía dale que te pego, un ritmo implacable que hacía temblar mis putos marcos de fotos. Estaba tan mojada, tan excitada que no podía pensar con claridad. Necesitaba que me llenaran, que me estiraran, que me destrozaran como estaban destrozando a ella.

No pude aguantar más. Entré en mi cocina, abrí la nevera y agarré el pepino más grande y grueso que encontré. Ni siquiera me molesté en lavarlo; el frío y el riesgo solo añadían morbo al asunto. Volví a mi cama, justo contra la pared donde mejor se oía, y me aparté las bragas.

Con la otra mano me froto el clítoris, rápido y fuerte, imaginando que es su dedo, y me meto ese pepino frío hasta el fondo, follándome al ritmo de ellos. Me imagino que es él, que es su polla gruesa y perfecta la que me abre. Los sonidos de al lado se vuelven más fuertes, ella está corriéndose, y yo me corro con ella, un grito desesperado y silencioso en mis labios mientras me estremezco alrededor del pepino, todo mi cuerpo temblando.

Ahora, cada vez que los veo en el ascensor, no puedo evitar sonreír. Él es muy educado, “¿Qué tal?”, y lo único en lo que puedo pensar es en el sonido de sus caderas golpeando contra ella, y lo mucho que necesito sentir eso en primera persona. Me he propuesto como misión personal montarme a ese vecino antes de que acabe el verano. Él todavía no lo sabe.

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