Mis vacaciones pagadas con sexo
Sé que debo confesarlo, y la verdad es que me da una mezcla de vergüenza y una picazón tan intensa que me provoca una oleada de calor entre mis piernas solo de pensarlo. Quiero que me escuchen, que sepan cómo fue que logré financiar esas vacaciones que disfrutamos tanto, esas noches de fiesta y salidas que parecían eternas y llenas de brillo. La verdad es que fue David, el hijo de los dueños del hotel donde nos quedamos en Veracruz. La historia suena un poco simple, casi barata, pero cuando lo viví en carne propia, con esa mezcla de nervios y deseos desatados, se convirtió en algo extraordinario.
Todo empezó un día que llegué al hotel con mi familia, cansada de las obligaciones y ansiosa por unos días de libertad. Esa noche, mientras descansaba o tal vez navegando en mi celular, comencé a recibir mensajes de un número desconocido. Al principio no le di importancia, pero la plática fue enredada, interminable, hasta que por fin el chico fue directo, sin rodeos: era David. Por alguna razón, había estado en la playa, me había visto y, con una confianza que yo envidiaría, consiguió mi número. Me escribió ofreciendo dinero por acostarme con él y, además, ofrecía hospedajes gratis. Al principio me sacó de onda, pensé que era una broma, un estafa, pero su insistencia, esa voz suave pero firme en el mensaje, me logró convencer. No era que necesitaran desesperadamente el dinero, sino que la idea de esa aventura me sedujo.
Así que, el día acordado, me citó en un departamento que estaba a orilla de la playa. La ubicación era increíble, a un lado de la avenida principal con mucho tránsito y por el otro, un jardín a lo alto, con arbustos bien podados, altos y densos. Sabía que solo podrían taparnos de la cintura para abajo, porque desde la playa, justo al frente, se podría observar todo. En medio de ese jardín, entre las hojas y la tierra, estaba un colchón blanco, sobre un césped cortado como si fuera un campo de golf. Según los mensajes de David, ese era su lugar favorito, su fantasía personal, y quería que la viviéramos ahí mismo, entre la naturaleza y la ciudad.
A las 8 en punto, la noche estaba algo clara, la luna no estaba al 100%, lo que daba una sensación de incomodidad, de estar expuesta, como si todo estuviera a la vista de cualquiera. Me preparé con una confianza casi peligrosa. Me puse un juego de ropa interior rosa, de aquella tela que es tan transparente que deja ver perfectamente cómo mis pechos y mi sexo se marcan, se dibujan, se sienten a través de la tela, todo bien depilado para realzar esa sensación de piel al aire, de sensualidad. Añadí un toque de loción a uvas por todo mi cuerpo, despertando mis sentidos, haciéndome sentir fresca pero a la vez lista. Elegí un vestido corto rojo, un color que me hacía sentir sexy, que resaltaba mis piernas y mi figura, coronado con unas zapatillas altas que hacían resaltar aún más mis nalgas, dándome un aire de desconocida peligrosa.
El escenario, una cama provisional en el jardín, me daba un sentimiento contradictorio: me sentía nerviosa, casi asustada, pero la adrenalina corría por mis venas, templando mi cuerpo, calentándolo por dentro. La idea de ser vista o oída me excitaba, me ponía al borde de la locura, me hacia sentir viva. Si no fuera por los arbustos que nos protegían, cualquiera desde la playa podría vernos o, peor aún, si alguien pasaba por la calle, podría oír nuestros ruidos. La mente me decía que nos podrían pillar a metros, que me podrían coger ahí mismo, sin tener tiempo para esconderme, sin que pudiera hacer nada, simplemente ser usada, disfrutada en público, con todo el mundo mirando.
Me senté en la cama, entrecerrando los ojos, esperando, mientras pensaba en cómo me sentiría si me cogían justo ahí, entre los arbustos y el jardín, con todos esos ojos posibles sobre mí, con la gente caminando por la playa, mirando hacia arriba, viendo a una chica siendo violada, siendo follada, siendo poseída por un extraño en un jardín público. La imaginación me hacía correr más sangre, me hacia sentir una oleada de excitación que no podía controlar.
La idea de ser descubierta me hizo gemir en silencio, con la mano en el sexo, sentiendo el calor, la humedad, la necesidad de ser tocada, mordida, besada.
Entonces, David apareció. Venía bien peinado, llevando una playera amarilla que contrastaba con su pantalón mezclilla azul, un look casual que no ocultaba el cuerpo que tenía. Su presencia rompió la tensión, pero al mismo tiempo, la intensificó. Me miró y sentí que mi piel se encendía más, que mis poros se abrían, que mi cuerpo se preparaba para el ataque. La noche prometía ser larga y muy interesante, prometía placer, dolor, y una libertad que yo nunca había sentido antes. David se acercó a mí con una codicia que no podía disimular. Me miró de arriba a abajo, como si fuera el postre más exquisito del mundo, y sin perder ni un segundo, me tomó de la mano y me giró contra su voluntad. Me quedé parada en el jardín, vulnerable, y sentí sus manos explorándome, tocando la transparencia de mi ropa interior que apenas cubría mis pechos hinchados y mi sexo mojado. Me hizo recostar sobre el colchón, lo que nos ocultaría por un instante, pero solo para empezar. Sus labios se clavaron en los míos, pero lo que más me ardió fue la forma en que sus manos recorrieron mi cintura y bajaron por mis muslos, acariciando la piel suave de arriba abajo hasta llegar a donde más excitada me sentía. Yo respondí a sus caricias bajando mis manos y presionando su miembro a través de la tela de su pantalón; ya sabía lo que había debajo: estaba enorme, duro como una roca, latiendo contra su ropa.
Entre besos salvajes y jadeos, él sacó su verga al aire. Yo, todavía boca arriba, sentí cómo pasaba la punta por mi estómago, subiendo por mis costillas hasta llegar a mis pechos. La madera del colchón presionaba mi espalda y el aire frío de la noche chocaba con mi piel caliente, haciéndome temblar. Con mi escote como guía, él frotó su verga entre mis pechos, húmeda por la transpiración y por el deseo, dejándome una estela de saliva caliente. Subió más, hasta tocar mis labios, y sabiendo lo que quería, abrí mi boca para recibirlo. Lo introduje todo, hundiéndome hasta sentir la punta golpear la garganta. Sabía a carne y a deseo, un sabor intenso y adictivo. Me dominaba por completo, controlando el ritmo, entrando y saliendo con fuerza, chupándolo con avidez, y yo solo podía gemir y tragar saliva, sin aire, solo pensando en que cualquiera podía vernos.
Cuando no pude más, él bajó para tomar mis pechos con la boca. Con un movimiento rápido, mi escote cayó y me dejó al aire, con los pezones duros como piedras. Él los devoró con una desesperación brutal, chupándolos, mordiéndolos, mientras yo gemía y jalaba su cabello para que no se parara. Luego, bajó hacia mi sexo. Me levantó el vestido con una mano y apartó mi tanga de un golpe, exponiendo mi sexo para que él pudiera lamerlo con fuerza. Su lengua era un tormento de placer, buscando mi entrada, y yo, sin poder evitarlo, lo jalé hacia mí, empujándolo contra mi clítoris y luego hacia el fondo de mi estómago. Me estaba excitando demasiado, necesitaba más, quería sentirme llena.
Me despojó de mi vestido completamente y me volteó para dar la espalda. Sus manos abrazaron mis nalgas y sus labios bajaron por mis piernas hasta llegar a mi ano. «Qué rico hueles», susurró, y entonces, sin previo aviso, empezó a chuparme el ano. La sensación fue eléctrica, una mezcla de ternura y placer que me hizo arquear la espalda. No era un experto, pero lo hacía con una urgencia que me volvía loca. Sentí que podía hacer lo que quisiera conmigo, entregándome completamente a su control.
Después de unos minutos, me levantó, yo me acomodé en posición de cuatro, mostrándome completamente abierta a él. Sentí su mano libre rozando mi entrada, mojándola, y luego sentí su cabeza. Entró lento al principio, y luego, con un empujón, me llenó por completo, desde atrás. Grité, un gemido ahogado mezclado con aire, y él comenzó a moverse con fuerza. Escuchaba el choque de mis nalgas, el sonido de mi piel golpeando la suya, un ritmo desesperado, salvaje. Después de unos minutos, me hizo sentarme sobre él, para que pudiera montarlo y yo pudiera darme cuenta de lo que se sentía ser poseída por él. Me subí a él y, sin importar si alguien desde la playa nos estaba mirando, me metí su verga a mi vagina. Me movía rápido, mis senos se movían al ritmo de mis movimientos, y sentí mi orgasmo llegar de golpe, una ola de placer que me sacudió hasta los huesos. Él también terminó, eyaculando dentro de mí, caliente y pesado.
Nos acostamos juntos en la cama, exhaustos, y yo empecé a bajar suavemente, limpiándole su pene con mi boca, suavemente, recogiéndolo con mi lengua, saboreando lo que nos unió. Justo cuando pensé que todo estaba terminado, me tomó nuevamente, me hizo girar de nuevo hasta quedar boca abajo, y me abrió mis nalgas con las manos. «Este culo también lo quiero», me dijo con una voz ronca y cachonda, y sentí cómo empezaba a meterse en mi ano, lento pero firme. Me volví a prender, con la ayuda de mis manos abriendo mis nalgas para que pudiera entrar hasta el fondo. Cada envestida era un gemido, sentía su pene calentando mi interior, me sentía llena de él, y después de unos minutos terminó, dejándome llena de su semen.


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