Por

octubre 30, 2025

808 Vistas

octubre 30, 2025

808 Vistas

Mi Tío el Hipócrita

0
(0)

Después de lo que pasó con mi primo Marco en ese hotel de La Paz, donde me dejó el culo abierto y me llenó de leche hasta el último rincón, pensé que ya lo había visto todo en esto de los primos escondidos. Pero la vida, y la familia, siempre te guardan otra sorpresa. Y esta vez vino con bigote, chelera y una hipocresía que daba asco y morbo al mismo tiempo.

Mi tío político, Don Walter. El marido de mi tía Rosa, la hermana menor de mi mami. Un tipo de la sierra, de esos que hablan duro, se creen machos de verdad y no pierden oportunidad para soltar un comentario contra «los maricones». Tiene como 50 años, pero se mantiene, panzón pero con fuerza todavía, con unas manos grandes que siempre me miraba demasiado cuando nos saludábamos. Desde que me declaré gay en una reunión familiar hace un par de años, el muy hijo de puta cambió. Antes ni me pelaba, pero después empezó a buscarme, a hacerme «bromas» pesadas, a tocarme el hombro y dejar la mano más tiempo del necesario. Yo al principio pensé: «Este viejo de mierda es homofóbico, me quiere hacer la vida imposible». Pero con el tiempo, y después de la experiencia con Marco, empecé a verlo diferente. No era odio lo que tenía en los ojos cuando me miraba fijo en la mesa durante el almuerzo dominical. Era hambre. Un hambre reprimida, asustada, pero hambre al fin.

La cosa se puso caliente en un cumpleaños familiar, el de mi abuela. Fue en su casa, en El Alto. Música, cerveza, anticuchos, el caos de siempre. Yo llegué con un jean ajustado y una camiseta que me quedaba bien, ya sabes, marcando un poquito lo que tengo. Walter estaba ahí, con su ponchito y su gorra, bebiendo Paceña como si no hubiera mañana. Todo el día lo sentí, sus ojos pegados a mi culo, a mi paquete. Cada vez que pasaba cerca de él, podía oler su sudor mezclado con ese alcohol barato y una tensión que era casi palpable.

En un momento, me cansé. Me acerqué a donde estaba, apoyado contra la pared del patio, lejos del resto. «Qué pasa, tío, ¿te gusta lo que ves?», le solté, bajito, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas. El tipo se puso colorado, como un tomate. Tragó saliva y miró para todos lados, asegurándose de que nadie escuchara. «No digas estupideces, muchacho», masculló, pero su voz le temblaba y sus ojos no se despegaban de mis labios.

«Está bien, entonces no miramos más», dije, y le pasé rozando el brazo con mi mano al darme la vuelta. Fue un contacto eléctrico. Sentí cómo se estremecía.

Como una hora después, estaba yendo al baño, que está al fondo del patio, en una parte más oscura de la casa. De repente, una mano me agarró del brazo y me empujó contra la pared, en un rinconcito escondido detrás de un armario viejo. Era Walter. Estaba sudando, respirando pesado, y tenía una mirada de pánico y lujuria que me prendió al instante.

«¿Qué mierda querías decirme afuera?», me dijo, apretándome el brazo con fuerza.

«Lo que ya sabés, tío», le contesté, sin miedo. «Que te gusta esto.» Y bajé mi mano directamente a su entrepierna.

Él jadeó, como si le hubiera dado una descarga. Allí estaba, duro como una piedra, un bulto considerable que palpitaba bajo su pantalón de terno. El muy hipócrita estaba más caliente que un horno.

«Pará, Julio, esto no puede…», trató de protestar, pero su cuerpo decía otra cosa. Se arqueó hacia mi mano.

«Callate, viejo», le ordené, y me agaché, desabrochándole el pantalón con una rapidez que aprendí después de tantos años en el ambiente. Su verga saltó libre. No era la de un jovencito, no. Era gruesa, curvada hacia arriba, con las venas marcadas y un color más oscuro. Olía a hombre, a sudor viejo y a pura testosterona. Me dio asco y me excitó como loco.

Sin pensarlo dos veces, me la tragué entera. Él gritó, un sonido ahogado que trató de sofocar con su propia mano. Sus manos se aferraron a mi pelo, no para empujarme, sino para mantener mi cabeza ahí. Empecé a chupársela como si mi vida dependiera de ello. Sabía a sal, a precum, a secretos sucios. Yo gemía alrededor de su verga, haciéndole sonidos húmedos y obscenos, sintiendo cómo se ponía aún más dura en mi boca. Él empujaba, metiéndosela hasta la garganta, y yo la recibía toda, ahogándome un poco, pero amándolo.

«Coño, Julio… tu boca…», gemía él, con la voz quebrada, perdido ya en el placer.

Después de unos minutos, me levanté. «Ahora te toca a vos, tío», le dije, dándome la vuelta y apoyando las manos en la pared. «Quiero que me rompas este culo que tanto mirás.»

Walter no necesitó que se lo dijera dos veces. Escupió en su mano y embarró su propia saliva en mi ano, que ya estaba relajado y listo gracias a la excitación. No fue delicado. Puso la punta de su verga en mi entrada y empujó con toda su fuerza. El dolor fue instantáneo y brutal, un desgarro que me hizo gritar bajito. Era ancho, carajo, mucho más que Marco.

«Duele, concha de su madre…», gruñí, con lágrimas en los ojos.

«Callate y aguantá, maricón», me dijo él, con una voz ronca que ya no era de familiar, sino de depredador. Y empezó a moverse.

Al principio fueron embestidas cortas, duras, que me partían. Pero luego, cuando mi cuerpo se fue acostumbrando, empezó a cogerme de verdad. Agarró mis caderas con esas manos grandes y fuertes y me empotró contra la pared una y otra vez. El ruido de sus pelotas chocando contra mi culo era seco, fuerte, y se mezclaba con sus gruñidos y mis gemidos. Yo estaba mareado, con el rostro aplastado contra la pared de adobe, sintiendo cómo este hombre, el marido de mi tía, me poseía por completo.

«¿Te gusta que tu tío te folle el culo, puto?», me escupió al oído, y su aliento a cerveza me revolvió el estómago.

«Sí, tío, dame más… rompeme…», le supliqué, ya perdido en la sensación de ser usado.

Cambió el ángulo y, de repente, encontró mi próstata. Un flash de placer puro me recorrió de la cabeza a los pies. Grité, un grito que él tapó con su mano. «Ahí, ahí, por favor, no pares…», balbuceé. Él aceleró, follándome ahora con un ritmo constante y profundo, dándole justo a ese punto que me volvía loco. Yo ya no era yo, era solo un culo para que él se viniera, y lo amaba.

Sus movimientos se volvieron más erráticos, más frenéticos. «Me voy a venir…», rugió. «¿Dónde querés que me corra, maricón?»

«Adentro, tío… llename…», le rogué, y eso fue todo. Con un gruñido que sonó a animal, me enterró su verga hasta el fondo y sentí cómo explotaba dentro de mí. Fue una descarga larga, caliente, que llenó mi interior con su leche. Sus espasmos eran violentos, y con cada uno, él gemía mi nombre. Yo, estimulado por su corrida, me vine también, sin siquiera tocarme, manchando la pared con mi propio semen.

Quedamos ahí, jadeando, pegados, los dos empapados en sudor. Su verga, todavía semidura, palpitaba dentro de mi culo. El olor a sexo anal y a cerveza era abrumador. Después de un minuto, se salió de mí, y un hilillo de su semen mezclado con un poco de mi sangre cayó por mis piernas.

Se subió el pantalón en silencio, sin mirarme. «Esto no pasó», dijo, con la voz grave de nuevo, pero sin convicción.

«Claro que no, tío», le contesté, arreglándome el jean, sintiendo su corrida goteando dentro de mí.

Se fue, desapareciendo en la oscuridad del patio. Yo me quedé ahí, apoyado en la pared, con las piernas temblando y el culo dolorido pero satisfecho. Sonreí. El viejo retrógrado resultó ser un puto caliente con una verga que valía la pena. Y lo mejor de todo, sabía que esto no iba a ser la última vez. La próxima reunión familiar iba a ser mucho, mucho más interesante. Y mientras escuchaba a mi familia reír y bailar a solo unos metros, supe que tenía un nuevo secreto de contabilidad familiar que llevar. Y este era mucho más jugoso que el del borracho de Raúl en la oficina.

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Deja un comentario

También te puede interesar

Después de probar...

anonimo

28/07/2013

Después de probar...

a mis 25años probe el sexo , proibido

anonimo

31/01/2015

a mis 25años probe el sexo , proibido

Mi culo desvirgado

anonimo

16/03/2010

Mi culo desvirgado
Scroll al inicio