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Anónimo

octubre 1, 2025

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Mi sesión de hierba y paja mejoró

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Era mi día de descanso, la casa estaba sola y yo ya planeaba mi sesión de hierba y paja. Pero entonces mi hermana llegó con Brenda, su amiga, esa que según los chismes era capaz de cosas por un porro. Al rato, mi hermana y mi mamá salieron, dejándola a ella esperando a su hermano. Yo, ya bien viajado y con la verga dura, no pude resistir la oportunidad. Bajé con mis dos blunts, mi tesoro, y le solté la propuesta directamente: un blowjob a cambio de ellos.

Ella me miró con esa sonrisa pícara que me dijo que el chisme era más cierto de lo que pensaba. «Iba a hacerlo gratis, bobo», me dijo, y antes de que pudiera reaccionar, ya estaba de rodillas en el sofá, bajándome los shorts y los boxers con unas manos que temblaban de emoción. Mi verga saltó libre, dura y palpitando, y ella no perdió un segundo. Se la tragó entera.

Mierda, man. La sensación fue increíble. Su boca era un infierno de calor y humedad. No solo subía y bajaba; jugaba conmigo. Me lamía el glande con la punta de la lengua, se chupaba las bolas con una dedicación que me volvía loco, y cada vez que yo, agarrando su cabeza, le metía la verga más profundo en la garganta, ella solo gemía, como si le encantara ahogarse conmigo. En un momento de locura, la saqué de su boca y le escupí directamente en la lengua. En vez de molestarse, me miró con unos ojos vidriosos y se tragó todo otra vez, usando mi saliva para hacer la mamada aún más húmeda y sucia.

El sonido era lo más excitante, ese chupeteo húmedo y sus gemidos ahogados. Yo ya no podía más, sentía la presión en las bolas. «Me voy a venir», gruñí, intentando sacarla, pero ella me agarró de las nalgas con fuerza y me metió toda la verga de un golpe, hasta el fondo.

Me miró fijamente, desafiante, y ahí perdí el control. Empecé a correrme, jet tras jet de leche caliente llenándole la boca. Y ella no se movió, man. Se tragó todo, cada maldita gota. Cuando terminé, se limpió la boca con el dorso de la mano, sonriendo como si acabara de ganar la lotería. «No estuvo mal, jardinero», me dijo, y cuando sonó el claxon de su hermano, salió corriendo. Yo me quedé ahí, con los pantalones bajados y la cabeza dando vueltas, sabiendo que esa mamada me iba a acompañar en la memoria por mucho, mucho tiempo.

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