Mi puta flaquita
Hace unos años tuve una morra que era puro fuego. Flaquita, con un abdomen marcado, brazos delgados y unas piernas que, aunque no eran larguísimas, se veían increíbles. Pero lo que más me volvía loco era su culo: redondito, paradito, de esos que se te quedan grabados en la mente.
Era tremenda puta. Le encantaba que la tratara fuerte y salvaje. Le prendía que le dijera que era mi puta, mi perra. De hecho, creo que no se mojaba de verdad si no se lo decía. Si en algún momento se me olvidaba, ella misma me exigía entre gemidos: “¡Dime que soy tu puta! ¡Dime que soy tu perra!”.
Todavía me calienta recordarlo.
Un día, de camino a mi casa, la llevé en el camión y ella se puso a mamármela todo el trayecto. Ahí, en público, con gente alrededor. No sé si alguien se dio cuenta, pero el riesgo me prendió muchísimo. Otra vez lo hicimos en el cine, y otra en mi casa: abrió la ventana completamente desnuda, pegó sus tetas (no eran grandes, pero firmes y perfectas) contra el vidrio y se dejó ver. No sé si alguien la vio desde la calle… pero solo de imaginarlo sigo excitándome.
Era adicta a que la usara. Y yo todavía pienso en ella cuando quiero recordar lo más puta y entregada que he tenido.


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