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Mi primo Mateo 2
La puerta del baño cedió de un golpe. La tía Rosa entró como una tormenta, la cara roja de furia. Nos encontró todavía en el piso: yo sentada sobre Mateo, su pija todavía dentro de mí, el semen escurriéndome por los muslos, los dos sudados y desnudos.
Se quedó congelada un segundo. Después gritó:
— ¡¿QUÉ CARAJOS ESTÁN HACIENDO?!
¡Son primos! ¡Desgraciados!
Mateo se tensó debajo de mí. Yo, en cambio, no me bajé de inmediato. Solo giré la cabeza hacia ella, todavía jadeando, y le sostuve la mirada con una sonrisa pícara y desafiante.
— Estábamos cogiendo, tía.
¿No se nota?
El silencio que siguió fue más pesado que el grito. La tía Rosa abrió y cerró la boca, sin palabras. Sus ojos bajaron a donde nuestros cuerpos seguían unidos, a la pija de Mateo metida en mi concha, a mis tetas marcadas de chupetones.
— Salgan ahora mismo…, logró decir, la voz temblandole de rabia.
Me levanté despacio, dejando que la pija de mi primo saliera de mí concha con un sonido húmedo. El semen me chorreó por la pierna delante de ella. Mateo se sentó, sin molestarse en taparse, la pija todavía sensible y roja.
Tía Rosa estaba furiosa… pero también se le notaba otra cosa en la mirada. Se quedó más tiempo del necesario observándonos desnudos.
— Esto se acaba hoy, dijo, señalándonos con el dedo.
— Si sus padres se enteran, los mata.
Y yo… yo no sé qué hacer con ustedes dos.
Yo me sequé el semen de los muslos con los dedos y me los chupé mirándola.
— Podés castigarnos, tía…
Pero ya lo hicimos, acaso nunca has estado caliente?
Mateo me miró sorprendido, la tía Rosa se quedó pálida, después roja otra vez. Por un momento pareció que iba a golpearnos. En cambio, dio un paso atrás, salió del baño y cerró de un portazo.
Se escuchó su voz desde el pasillo, todavía temblando:
— ¡En cinco minutos quiero a los dos vestidos y en la sala!
¡Y esto no se vuelve a repetir!
Mateo y yo nos miramos. Él estaba entre asustado y excitado otra vez. Yo me reí bajito, me agaché y le di una chupada rápida a su pija todavía manchada.
— Se enojó…
pero se le escapó mirarte la pija bastante rato.
Él me agarró del brazo.
— Valeria, estamos en un problema.
Yo le limpié una gota de semen de la punta con el dedo y se la mostré.
—Sí… pero a mí todavía me late la concha. Así que vestite rápido…
porque en cuanto se calme la tía, te voy a volver a cojer.
La tía Rosa seguía furiosa. Nos mandó a sentarnos en el living como dos criminales y nos soltó un sermón completo:
— ¡El Señor los está mirando! ¡El pecado de la carne entre familia es una abominación! ¡Se van a ir al infierno si siguen por este camino! ¡Deberían darles vergüenza!
Mateo bajaba la cabeza. Yo puse cara de arrepentida, con los ojos bajos y voz temblorosa.
— Tiene razón, tía… fue solo un desliz. Nos ganaron las ganas del momento. No se lo diga a nuestros padres, por favor. Juramos que no lo vamos a volver a hacer.
Mientras lo decía, le guiñé el ojo a Mateo por detrás de ella. Él casi se atraganta.
La tía Rosa nos miró por largo rato, todavía roja de ira, pero al final bufó.
— Más les vale. Porque si me entero de otra vez… les cuento a todos.
Esa misma noche, cuando por fin nos dejó solos un momento, Mateo me preguntó por mensaje:
«¿Y ahora?»
Yo le respondí:
«Ahora buscamos un lugar donde nadie nos moleste.»
Al día siguiente nos citamos en un motel. Pieza del fondo, lejos de la recepción. Apenas cerramos la puerta nos lanzamos el uno al otro.
Le bajé el pantalón de un tirón y me arrodillé, me tragué su pija hasta la base, chupando con hambre, saliva por todos lados, mirándolo mientras se le iba la cabeza hacia atrás. Lo mamé hasta que estuvo a punto, entonces me levanté, lo empujé a la cama y me monté encima.
Me clavé su pija en la concha de un golpe y empecé a cabalgarlo con fuerza. Rebotaba, las tetas en su cara, gimiendo sin cuidarme.
— Usame… cogeme como puta…
Él me nalgueaba y me embestía hacia arriba. Después me volteó, me puso en cuatro y se la metió otra vez, me cogió duro, profundo, hasta que me abrió las nalgas, me escupió y me metió la pija por el culo. Grité cuando entró, me cogió sin piedad, agarrándome del pelo, mientras yo metía los dedos en mi concha.
—Más… reventame el culo, primo…
Cuando ya no aguantaba, me hizo montarlo otra vez, esta vez de frente. Cabalgué su pija como loca, rebotando hasta el fondo el placer subió de golpe, me tensé toda y me corrí con un squirt fuerte, mojándole el vientre y las bolas mientras gritaba.
Mateo se eyaculo dentro de mí segundos después, llenándome la concha otra vez.
Me dejé caer sobre su pecho, los dos empapados, jadeando. Su pija todavía latía dentro de mi concha. Me reí contra su cuello, exhausta y satisfecha.
— Pensar que iba a ser solo una vez… Pero esto ya es una adicción.
Él me apretó el culo con las dos manos y contestó, todavía sin aliento:
— Entonces vamos a necesitar este motel más seguido.
Yo me incorporé un poco, lo miré a los ojos y le sonreí sucio.
— La próxima vez traigo un juguete…
y te hago terminar dos veces antes de dejarte parar.
Pasaron los meses. Mateo consiguió novia: una chica dulce de su facultad a la que le presentaba a la familia con sonrisa perfecta. Yo empecé a salir con un tipo mayor, formal, de esos que la abuela aprobaba.
En las reuniones familiares éramos el sobrino ejemplar y la prima responsable. Todos comentaban lo bien que nos portabamos, incluso la tia Rosa, desde “aquel problema” del baño.
Nadie sabía que dos o tres veces al mes alquilábamos la misma pieza del motel de la avenida.
Esa noche llegué primero, me saqué el vestido de oficina y me quedé solo con las medias y los tacones. Cuando Mateo entró, todavía con olor a colonia de su novia, lo empujé contra la puerta y le bajé el pantalón.
—Rápido. Hoy tengo ganas de que me cojas bien feo.
Me arrodillé y me tragué su pija de un solo movimiento, se la chupé profundo, sucio, dejando que la saliva me corriera por el mentón. Él me agarró del pelo y me cogió la boca hasta casi ahogarme.
Después me levantó, me tiró en la cama y me la metió en la concha de un golpe. Empezó a cogerme con rabia, como si quisiera sacarse a la novia de encima a embestidas.
Me puso en cuatro, me escupió el culo y me la metió hasta el fondo. Grité contra la almohada mientras me reventaba el ano, nalgueándome, tirándome del pelo, mis tetas sacudiendose.
Después se acostó y me hizo montarlo al revés. Reboté sobre su pija mirando cómo desaparecía dentro de mí concha, tocándome el clítoris hasta correrme con un squirt que le mojó el vientre.
Él me volteó, me la metió otra vez en la concha y eyaculo profundo, llenándome. Nos quedamos así, unidos, sudados, jadeando.
Mientras su leche me escurría entre las piernas, le limpié el sudor de la frente y le sonreí.
— Tu novia cree que sos un santito…
y mi novio piensa que soy una chica de casa.
Mateo rio, todavía dentro de mí, y me apretó el culo.
— Que sigan creyéndolo. A mí me gusta más ser el primo que te destroza en un motel.
Me levanté, me limpié entre las piernas con una toalla y empecé a vestirme. Antes de salir le di un último beso, profundo y sucio, sabiendo a sexo.
— El mes que viene, misma pieza.
Y esta vez quiero que me dejes el culo cojo por una semana.
Él asintió, ya acomodándose la ropa de “novio decente”.
Salimos por separado. En la próxima reunión familiar nos saludaríamos con un beso de primos en la mejilla, sonriendo como dos buenos chicos.
Mientras tanto, los dos ya contábamos los días para volver a ser exactamente lo contrario.


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