octubre 21, 2025

1012 Vistas

octubre 21, 2025

1012 Vistas

Mi primera vez por atrás: del dolor al éxtasis

0
(0)

Era un sábado por la tarde, tenía 22 años y estaba nervioso como nunca. Javier y yo llevábamos seis meses saliendo, y después de mucho conversarlo, había decidido que quería que fuera mi primera vez. Él era tres años mayor que yo, con más experiencia, y me había prometido que sería cuidadoso.

Esa mañana me desperté con mariposas en el estómago. Habíamos quedado en su departamento, donde no nos molestarían. Me bañé dos veces, me puse la ropa interior que me hacía ver mejor el trasero, y durante todo el camino a su casa no pude dejar de pensar en lo que iba a pasar.

Cuando llegué, Javier me recibió con un beso suave. «¿Estás seguro?» me preguntó, y yo solo pude asentir, con la garganta seca. Había preparado todo: la habitación con velas, lubricante en la mesita de noche, condones nuevos. Me tomó de la mano y me llevó a la cama, donde empezó a desvestirme lentamente, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo.

Sus manos me recorrían el cuerpo mientras sus labios encontraban los míos. Podía sentir su verga dura presionando contra mi pierna a través del pantalón. «Vamos a tomarlo con calma» susurró, y comenzó a bajarme el cierre. Cuando me quitó los jeans y los calzoncillos, me sentí expuesto, vulnerable, pero su mirada llena de deseo me hizo sentir seguro.

Empezó a masturbarme con una mano mientras con la otra acariciaba mis nalgas. Sus dedos recorrieron el espacio entre mis piernas, acercándose poco a poco a mi ano. «Relájate, mi amor» me dijo, y sentí la punta de su dedo, lubricada, rozando mi entrada. Fue una sensación extraña, un poco fría por el lubricante, pero su tacto era suave.

Primero fue solo la yema del dedo, haciendo círculos alrededor del orificio. Yo respiraba profundamente, tratando de soltar mi cuerpo. Luego, con una presión constante pero gentil, empezó a introducir el dedo. Sentí una resistencia inicial, como si mi cuerpo se negara a dejarle pasar, pero luego un pequeño crujido y la punta del dedo entró.

Duele. Duele de una manera que no esperaba. No es un dolor agudo, sino una sensación de desgarro, de estiramiento forzado. Mi cuerpo se tensó inmediatamente y solté un gemido que era mitad sorpresa, mitad incomodidad. Javier detuvo su movimiento. «Respira, cielo. Exhala y relájate».

Hice lo que me decía. Con cada exhalación, sentía cómo mi músculo se abría un poco más, permitiendo que su dedo se deslizara más adentro. Cuando estuvo completamente dentro, la sensación cambió. Ya no era tanto dolor, sino una extraña plenitud. Podía sentir cada movimiento de su dedo dentro de mí, rozando paredes que nunca antes habían sido tocadas.

Empezó a mover el dedo lentamente, entrando y saliendo. La fricción era rara, pero no desagradable. Después de unos minutos, añadió un segundo dedo. Esta vez el dolor fue más intenso, una quemazón que me hizo apretar los puños. «Tranquilo, Daniel, tú puedes» me animó, y seguí respirando.

Con los dos dedos dentro, comenzó a abrirlos suavemente, estirándome. Era una sensación completamente nueva, como si mi cuerpo se estuviera adaptando a algo para lo que no estaba diseñado. Pero poco a poco, el dolor empezó a ceder, transformándose en un cosquilleo extraño, casi placentero.

Después de lo que pareció una eternidad, retiró sus dedos. «¿Estás listo?» preguntó, y yo asentí, aunque todavía asustado. Se puso el condón, lubricó su verga abundantemente, y se posicionó entre mis piernas. Vi su miembro, mucho más grande que sus dedos, y sentí un nuevo miedo. «Va a doler mucho» pensé.

La punta de su glande tocó mi entrada. Era más ancha que cualquier dedo, más firme. Aplicó presión constante, y sentí cómo mi cuerpo se resistía. «Relájate, mi amor» repitió, y yo traté de soltar todos mis músculos. Con un empuje suave pero firme, la punta empezó a entrar.

El dolor fue instantáneo y abrumador. Era como si me estuvieran partiendo en dos. Grité y mis uñas se clavaron en su espalda. «Para, para» supliqué, pero él, en vez de retirarse, se quedó quieto, con solo la punta dentro. «Respira, Daniel. El dolor pasará».

Y pasó. Poco a poco, la sensación de desgarro se transformó en una presión intensa, pero manejable. Mi cuerpo empezó a aceptar la invasión. Cuando me relajé lo suficiente, Javier empujó un poco más, y otro centímetro entró. Cada pequeño avance venía con una oleada de dolor que luego se convertía en esa extraña plenitud.

Cuando por fin estuvo completamente dentro, los dos jadeábamos. Podía sentir cada centímetro de su verga dentro de mí, llenando espacios que no sabía que existían. Estaba tan profundo que sentía que me llegaba al estómago. «¿Estás bien?» preguntó, y yo asentí, sin confiar en mi voz.

Entonces comenzó a moverse. Lentamente al principio, pequeños empujones que hacían que el dolor reapareciera con cada entrada. Pero después de unos minutos, algo cambió. De repente, en uno de sus empujes, sentí una descarga eléctrica que me recorrió todo el cuerpo. «¡Ahí!» grité, sin poder contenerme.

Javier sonrió. «Tu punto G» dijo, y comenzó a apuntar específicamente a ese lugar. Cada vez que su verga rozaba esa pequeña protuberancia dentro de mí, una ola de placer me inundaba. El dolor había desaparecido por completo, reemplazado por una sensación tan intensa que no podía pensar en nada más.

Empezó a aumentar el ritmo, y yo me abandoné al placer. Mis gemidos ya no eran de dolor, sino de éxtasis. Cada embestida me llevaba más cerca del orgasmo, hasta que finalmente exploté, eyaculando sobre mi estómago sin siquiera tocarme, mientras él seguía moviéndose dentro de mí.

Cuando él llegó al orgasmo, pude sentir cómo su verga palpitaba dentro de mí, y cómo el condón se llenaba de su semen. Fue una sensación íntima, poderosa, que me hizo sentir más conectado con él que nunca.

Al retirarse, sentí un vacío extraño, como si algo esencial me faltara. Estaba adolorido, sensible, pero también eufórico. Esa primera vez me enseñó que a veces hay que pasar por el dolor para llegar al placer más profundo, y que nuestro cuerpo es capaz de adaptarse y disfrutar de sensaciones que nunca imaginamos posibles.

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Deja un comentario

También te puede interesar

las 12, hora de comer

anonimo

02/02/2017

las 12, hora de comer

ESTE RELATO VA DEDICADO PARA SU PENE.

gonzo00

20/08/2016

ESTE RELATO VA DEDICADO PARA SU PENE.

ÁNGEL,EL JUGUETE SEXUAL DE MI CHICO Y YO(4º PARTE)

popito

29/11/2013

ÁNGEL,EL JUGUETE SEXUAL DE MI CHICO Y YO(4º PARTE)
Scroll al inicio