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Mi primera noche con el señor Roberto
Siempre había sido independiente, pero esa noche todo cambió. El señor Roberto tenía casi 68 años. Era alto, corpulento, con pelo gris y una forma de mirarme que me hacía sentir pequeña e indefensa. Lo conocí en una cena y, desde el primer momento, su voz grave me calentó por completo.
—Ven aquí, Loren — me dijo cuando nos quedamos solos en su apartamento.
Caminé hacia él con las piernas temblando. Estaba sentado en su sillón de cuero. Me detuvo a un metro de distancia.
—Quítate toda la ropa. Despacio. Quiero verte bien.
Me sonrojé, pero obedecí. Bajé la cremallera del vestido y lo dejé caer. Me quité el sostén y después el tanga. Quedé completamente desnuda frente a él, con los pezones duros y el coño ya mojado. Sentía cómo me chorreaba un poco por los muslos.
—Buena chica — dijo con esa voz ronca. Se levantó, me agarró del pelo con fuerza y me puso de rodillas—. Ahora vas a aprender cuál es tu lugar.
Sacó su verga. Era gruesa, venosa y medio dura. Me la acercó a la cara. Olía fuerte, a hombre mayor.
—Chúpamela. Hasta el fondo.
Abrí la boca y la metí. Empecé a lamerla y a chuparla mientras él me sostenía la cabeza y empujaba. Me folló la boca sin compasión, golpeándome la garganta. La saliva me corría por la barbilla y me lloraban los ojos, pero no me aparté. Gemía alrededor de su verga gruesa.
—Más profundo. Trágatela toda — ordenó.
Lo hice lo mejor que pude. Me folló la cara varios minutos hasta que la sacó, brillante y llena de mi saliva.
—Sube a la mesa y ponte en cuatro.
Me acomodé sobre la mesa del comedor, con el culo bien levantado y los senos aplastados contra la madera. Sentí sus manos grandes abriéndome las nalgas.
—Qué coño tan bonito y rosado… y ya está chorreando.
Escupió sobre mi ano y metió dos dedos gruesos en mi coño de una vez. Gemí fuerte. Los movía con fuerza, tocando justo donde más me gustaba, mientras su pulgar me frotaba el clítoris. Estaba a punto de correrme cuando los sacó.
—No te vengas todavía. Hoy te voy a usar como yo quiera.
Sentí la cabeza de su verga en mi entrada y empujó fuerte. Me abrió completa de un solo golpe. Grité de placer y dolor. Era grande y gruesa. Empezó a follarme duro, agarrándome de las caderas, chocando contra mi culo con cada embestida.
—Dime a quién perteneces — gruñó y me dio un azote fuerte.
—A usted… soy suya, señor — respondí entre gemidos.
Me folló más rápido. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo de mi coño llenaba la habitación. Me metió un dedo en el culo al mismo tiempo y eso me hizo explotar. Me corrí temblando, apretando su verga, mojándolo todo.
Él no paró. Siguió follándome mientras yo todavía temblaba. Sacó la verga de mi coño y la puso contra mi ano.
—Ahora te voy a abrir el culito.
Escupió de nuevo y empujó despacio. Sentí cómo entraba poco a poco, abriéndome. Dolía rico. Cuando estuvo todo adentro, empezó a moverse más fuerte, follándome el culo con ganas. Yo solo gemía y bababa sobre la mesa, completamente entregada.
—Voy a llenarte, Loren.
Gruñó fuerte y sentí sus chorros calientes disparándose profundo dentro de mi culo. Se corrió mucho. Cuando sacó la verga, el semen blanco me chorreaba del ano y bajaba por mi coño abierto.
Me dejó ahí, respirando agitada, con el cuerpo marcado y lleno de su leche.
—Esto apenas comienza — dijo mientras me acariciaba el pelo—. Cada vez que te llame, vendrás y te entregarás como la chica obediente que eres.
Todavía temblando de placer, susurré:
—Sí, señor.


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