Mi Nochevieja con Rober
Mi plan era claro desde noviembre. Lo conocí a Rober en un concierto de rap allá en el centro. Un negro alto, de esos que parece que te van a partir en dos con solo mirarte, pero con una sonrisa que te derrite. Tiene unos brazos que parecen postes de luz, llenos de tatuajes, y un culo que… bueno, ya les cuento.
Hablamos un par de veces, nos reímos, y yo ya sabía que ese tipo me iba a dar guerra. Así que cuando me escribió el 30 diciendo «¿Y tú, bella? ¿Pa’ dónde va’ a dar puñal?» le respondí al toque. «Mi casa está vacía, el hijo está con la abuela. Si querés venir a ver los fuegos, vení.»
Obvio, dijo que sí.
Llegó como a las diez de la noche. Yo estaba lista, porque una no va a recibir a un negro así con cualquier vaina. Me puse un vestido rojo, corto, el que me aprieta las tetas y me deja el culo medio afuera. Sin calzones, obviamente. ¿Para qué? Si total, la cosa iba pa’ otro lado.
Él llegó con una botella de ron y esa sonrisa. «Coño, Natalia, tú sí que eres un problema,» me dijo apenas me vio.
«El problema es tuyo si no aguantas,» le contesté, y le di un beso en la mejilla que olía a su colonia y a hombre.
Prendimos la tele, pusimos la transmisión de las uvas, y nos tiramos en el sofá. Pero nadie estaba viendo esa porquería. Él me tenía la mano en el muslo, y los dedos subían y bajaban, rozándome la piel a través de la tela. Yo ya sentía la pepa latiendo.
«¿Y ese vestido no te aprieta?» me preguntó, mirándome los labios.
«Un poco. Mejor lo suelto,» dije, y me desabroché el primer botón del escote. Él no dijo nada, solo miró. Me desabroché otro. Y otro. Hasta que las tetas quedaron casi fuera. Son grandes, marica, yo lo sé. Y él se quedó mirándolas como si fueran la octava maravilla.
«Me las vas a dejar en la mano si sigues así,» dijo.
«Vení a probarlas entonces,» le tiré.
No se lo dije dos veces. Se lanzó encima de mí ahí mismo en el sofá y me empezó a mamar las tetas como un niño recién nacido. Pero fuerte, con ganas. Yo le agarré la cabeza y le apreté contra mí, sintiendo su lengua en mis pezones, que ya estaban duros como piedras. Gemí. No puedo evitarlo, ese hombre sabe cómo chupar.
La tele seguía prendida, con la gente hablando de las metas del año nuevo, y nosotros ahí, haciendo nuestra propia meta. Sus manos me levantaron el vestido y encontraron que no tenía nada abajo.
«¡Coño, Natalia! ¿Así andas?» dijo, y metió los dedos. Yo estaba mojada, chorreando, y él lo notó.
«¿Qué te creíste? ¿Que iba a usar tanga con vos?»
Se rió y me metió dos dedos de una. Yo grité, pero de gusto. Empezó a moverlos, rápido, y con el pulgar me frotaba el clítoris. Yo me retorcía, agarrada de los brazos del sofá, con las tetas al aire y él encima mío fajándome la pepa.
«Me vas a venir aquí mismo,» jadeé.
«Esa es la idea, mamita.»
Y lo hizo. Me hizo venir con los dedos, un orgasmo rápido y brutal que me hizo arquear la espalda y maldecir a todos los santos. Me quedé temblando, pero él no paró.
«Las uvas,» dijo, mirando la tele. Eran como las 11:58.
«Que se jodan las uvas,» le dije, y lo jalé para que me siguiera besando.
Pero él se levantó. «No, vamos a hacer algo épico.»
Me agarró de la mano y me llevó al balcón. Vivimos en un quinto piso, y se ve toda la ciudad. Empezaron a sonar las campanadas en la tele, y afuera se veían las luces de los fuegos artificiales empezando a subir.
Diez, nueve, ocho…
Él me puso contra la baranda del balcón, de espaldas a la calle. Me levantó el vestido por completo. El aire de la noche me dio en el culo y en la pepa, que todavía estaba palpitando.
Siete, seis, cinco…
Se bajó el cierre de su pantalón. Yo escuché el ruido. No me dio tiempo de voltear. Sentí algo caliente y duro rozándome las nalgas. Su verga. Era enorme, marica. Lo sentí contra mi piel.
Cuatro, tres…
«Agárrate de la baranda,» me ordenó. Yo obedecí. Mis manos se cerraron en el hierro frío.
Dos, uno…
«¡Feliz Año Nuevo!» gritó medio mundo a la vez, en la calle, en los apartamentos. Los fuegos explotaron en el cielo, verdes, rojos, azules.
Y en ese mismo segundo, él me la metió. Toda. De una.
«¡Ay, coño, Rober!» grité yo, pero mi grito se perdió entre el estruendo de la pirotecnia y la bulla de la gente.
Él empezó a cogerme ahí, en el balcón, con medio mundo celebrando y nosotros haciendo nuestra propia fiesta. Cada embestida era profunda, fuerte, haciéndome chocar contra la baranda. Yo sentía la verga adentro, llenándome, quemándome por dentro. Era tan grande que sentía que me llegaba hasta la garganta.
«¿Te gusta, mamita? ¿Te gusta este güevo?» me dijo al oído, sin dejar de moverse.
«¡Sí, papi, dame más! ¡Qué güevo más rico!» le grité, y era la verdad. Nunca había sentido una verga así. Dura, gruesa, palpitando dentro de mí.
Él me agarró de las caderas y me dio más duro. Los fuegos seguían explotando, iluminando su cara por segundos. Tenía los ojos cerrados, la boca abierta, disfrutando. Yo también. El miedo de que alguien nos viera se fue a la mierda. Solo existíamos nosotros dos, el calor de nuestros cuerpos y el ruido de su entrepierna golpeando mis nalgas.
Me cambiaron la velocidad. Más lento, pero más profundo. Cada vez que entraba, yo sentía que me tocaba el alma. Empecé a venirme otra vez. Un orgasmo más lento, pero más intenso, que me hizo gemir largo y temblar como una hoja.
«Me estoy viniendo…» avisó él, con la voz quebrada.
«Adentro, Rober. Echame todo adentro.»
Y así fue. Con un gruñido que me recordó a un animal, se vino. Sentí el chorro caliente dentro de mí, llenándome. Siguió moviéndose mientras se corría, sacando hasta la última gota.
Cuando terminó, nos quedamos pegados un rato, los dos jadeando, viendo cómo terminaban los fuegos artificiales. Él todavía dentro de mí.
Poco a poco, salió. Yo sentí cómo su leche me chorreaba por los muslos, calientita.
Nos reímos. Los dos al mismo tiempo. Sin decir nada.
Entramos de nuevo a la casa, con las piernas temblorosas. La tele seguía prendida, con gente feliz. Él fue al baño a limpiarse y yo me tiré en el sofá, sin importarme el vestido arrugado o el desastre que era.
Cuando volvió, se sentó a mi lado y me pasó un brazo.
«Bueno, ¿qué tal?» me preguntó.
«Feliz Año Nuevo, negro,» le dije, y le di un beso de verdad, lento, con sabor a nosotros dos.
«Feliz Año Nuevo, belleza.»
Después, hicimos el round dos en mi cama, más lento, más saboreado. Luego el tres en la ducha, de mañanita. Pero esa primera vez, en el balcón, con los fuegos y los gritos de la gente… esa no se me olvida.
Así que si me preguntan qué hice en Nochevieja, les digo: celebré. A mi manera. Con un negro que tiene un güevo de otro mundo y las ganas de usarlo. Y pa’ los que piensan que es muy grosero… que se jodan. La vida es una y esta pepa no se va a chupar sola.


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