Mi hombre lobo
La noche estaba más oscura que de costumbre. La luna llena se veía enorme, colgando sobre los árboles como un ojo plateado que miraba todo. Yo caminaba por el sendero del bosque, esa ruta que siempre hacía para volver a casa después del trabajo, pero algo esa noche era diferente. El aire olía a tierra mojada, a pino, y a otra cosa. A algo salvaje.
Escuché un crujido detrás de mí. Me detuve. El silencio se hizo pesado, como si el bosque entero estuviera conteniendo la respiración.
—¿Hay alguien ahí? —pregunté, y mi voz sonó más temblorosa de lo que quería.
Nadie respondió. Seguí caminando, más rápido. El corazón me latía en las sienes. Oí otro crujido, esta vez más cerca. Me di la vuelta rápido.
Lo vi. Entre los árboles, a unos diez metros, había una sombra. Pero no era una sombra normal. Era grande. Más grande que un hombre. Tenía los ojos brillantes, de un color ámbar que reflejaba la luna. Parpadeé. Cuando volví a abrir los ojos, la sombra había desaparecido.
—Estás imaginando cosas, Marifri —me dije a mí misma, y solté una risa nerviosa.
Seguí caminando, pero ahora casi corriendo. El sendero se volvía más angosto, más oscuro. Las ramas de los árboles parecían brazos que querían atraparme. De repente, una figura saltó delante de mí. Me quedé helada.
Era un hombre. O eso parecía. Estaba desnudo, pero su cuerpo no era del todo humano. Tenía el pecho ancho, cubierto de vello oscuro y espeso. Sus brazos eran largos, musculosos, con manos grandes y dedos que terminaban en uñas negras, afiladas. Su cara era la de un hombre guapo, pero con algo animal en los ojos, en la mandíbula, en la forma en que enseñaba los dientes al respirar. Y sobre su cabeza, dos orejas puntiagudas se levantaban entre su pelo negro y desordenado.
—No tengas miedo —dijo. Su voz era ronca, profunda, como un gruñido que aprendió a ser palabra.
—¿Qué eres? —pregunté, aunque ya lo sabía. Había visto suficientes películas, había leído suficientes historias.
—Esta noche, lo que quieras que sea —respondió. Dio un paso hacia mí. Yo no retrocedí. No pude. Sus ojos ámbar me tenían clavada. —Huelo tu miedo. Pero también huelo otra cosa. Algo caliente. Algo que te está mojando las piernas.
Se me subió la sangre a la cara. Tenía razón. Desde que lo vi, desde que sentí su presencia salvaje, algo en mi vientre se había encendido. Era miedo, sí. Pero también era deseo. Un deseo bruto, animal, que no entendía pero que no podía negar.
—¿Vas a hacerme daño? —pregunté.
Él sonrió. Sus colmillos brillaron bajo la luna.
—Solo si me lo pides.
Se acercó más. Ahora estaba a un metro de mí. Su olor me envolvió. Olía a bosque, a lluvia, a cuero mojado, a macho. Era un olor tan fuerte que casi podía saborearlo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Marifri —dije, y mi nombre sonó pequeño en la inmensidad de la noche.
—Marifri —repitió él, como si probara la palabra en su boca—. Soy Kael. Y esta es mi noche. La luna me llama, y yo salgo a cazar. Pero esta noche no quiero carne. Quiero calor. Quiero algo que respire rápido y que gima mi nombre.
Su mano se alargó y me tocó la cara. Sus dedos eran ásperos, calientes, y aquellas uñas negras rozaron mi mejilla con una suavidad que no esperaba. Cerré los ojos. Su tacto me quemaba.
—Dime que quieres —gruñó.
—Quiero… —tragué saliva—. Quiero que me cojas.
Esa fue la señal. En un movimiento que no vi, me levantó del suelo. Me sostuvo contra su pecho velludo, con una fuerza que me quitó el aire. Sus brazos eran como ramas de árbol, duros e inquebrantables. Caminó fuera del sendero, internándose en el bosque, hasta llegar a un claro donde la luna iluminaba todo con una luz azulada. Había un montículo de pieles en el suelo, como una cama improvisada.
Me dejó caer suavemente sobre las pieles. Se arrodilló sobre mí, en cuatro patas, rodeándome con su cuerpo enorme. El vello de su pecho me rozó la piel a través de la ropa. Yo llevaba una falda corta y una blusa fina. Me sentía desnuda bajo su mirada.
—Voy a desgarrarte la ropa —dijo, y no era una pregunta.
Asentí.
Con un solo movimiento, sus garras cortaron mi blusa como si fuera papel. Mis tetas quedaron al aire. El aire frío de la noche erizó mis pezones. Él bajó la cabeza y los lamió. Su lengua era ancha, áspera como la de un animal, pero caliente. Un calor húmedo que me hizo arquear la espalda.
—Hueles a mujer —dijo entre lamida y lamida—. A hembra lista para ser montada.
Sus manos bajaron a mi falda. La rasgó también, junto con mis bragas. En segundos, estaba completamente desnuda bajo él, sobre las pieles, con la luna mirándonos.
Él se incorporó. Me miró de arriba abajo. Su verga estaba erecta. Era enorme. Más grande que cualquier otra que hubiera visto. Morena, gruesa, con la cabeza brillante. Y a los lados, sus pelotas colgaban, llenas, pesadas.
—No sé si va a caber —dije, y fue la verdad.
—Va a caber —respondió. Se inclinó sobre mí otra vez. Su boca encontró la mía. Nos besamos. Fue un beso salvaje, con dientes, con lengua. Su sabor era a sangre, a tierra, a noche.
Separó mis piernas con las suyas. La punta de su verga tocó mi entrada. Estaba tan mojada que chorreaba. Él empujó un poco. Solo la cabeza. Yo gemí.
—Más —dije.
Empujó otro poco. Me estaba llenando. Era una sensación de plenitud dolorosa, deliciosa.
—¿Duele? —preguntó, y su voz era un gruñido.
—Sí —respondí—. No pares.
Se rió. Un sonido grave, animal. Y empujó hasta el fondo. Grité. Agarré sus brazos, sus pelos, lo que pude. Él empezó a moverse. Al principio lento, después más rápido. Sus caderas golpeaban contra las mías. El sonido de su piel contra la mía llenaba el claro.
Su cuerpo sudaba. Gotas de sudor caían sobre mí, calientes. Su vello me rozaba los pezones, el vientre, los muslos. Me puso de lado, me levantó una pierna, y siguió metiéndomela. Cambió el ángulo, y llegó a un lugar dentro de mí que me hizo ver estrellas.
—Ahí —gemí—. Ahí, sí.
Él aceleró. Sus uñas se clavaron en mis caderas. Me estaba dejando marcas. Me gustaba.
De repente, me dio la vuelta. Me puso en cuatro. Se puso detrás de mí. Agarró mi cadera con una mano, mi pelo con la otra. Me tiró de la cabeza hacia atrás mientras me penetraba por detrás, más profundo aún.
—¿Te gusta que te coja así? —rugió—. ¿Te gusta que un animal te monte?
—Sí —grité—. ¡Sí, sí, sí!
No sé cuánto tiempo pasó. El tiempo se había detenido. Solo existía él, yo, la luna y el placer. Me vine dos veces. La primera fue un temblor suave. La segunda fue una explosión que me dejó sin voz, con los ojos en blanco, todo el cuerpo convulsionando.
Él no se había corrido todavía. Sentía su verga más dura, más caliente. Sus movimientos se volvieron erráticos, desordenados.
—Me voy a venir —gruñó—. ¿Dónde?
—Dentro —dije—. Quiero sentir tu leche adentro.
Con un rugido que retumbó en todo el bosque, se vino. Lo sentí. Llenándome por dentro. Una descarga caliente, espesa, que me hizo correrme por tercera vez.
Se derrumbó a mi lado, jadeando. Yo también. Los dos sudados, temblando, cubiertos de tierra y sudor y lo nuestro.
Después de un rato, me giré hacia él. Sus ojos ámbar ya no eran tan brillantes. La luna empezaba a esconderse detrás de los árboles.
—Tengo que irme —dijo—. El amanecer se acerca.
—¿Volverás? —pregunté.
Me miró. Me acarició la cara con la mano, esta vez con suavidad humana.
—Cuando la luna vuelva a estar llena, estaré aquí. En este claro. Esperándote.
Se levantó. Su cuerpo empezó a cambiar. El vello se hizo más espeso, su mandíbula se alargó, sus orejas se hicieron más puntiagudas. Ya no era un hombre lobo. Era un lobo. Un lobo gris enorme, con ojos humanos.
Me miró un segundo. Luego giró y se internó en el bosque. Desapareció entre los árboles como si nunca hubiera estado.
Me quedé sola, desnuda, sobre las pieles, con el cuerpo lleno de marca de uñas y de su leche escurriendo por mis muslos.
Me vestí como pude con los restos de mi ropa. Caminé de vuelta a casa. Llegué al amanecer.
Ahora llevo una semana pensando en él. En cada detalle. En su olor, en su voz, en su verga dentro de mí. Las noches se me hacen largas. La luna va creciendo.
Faltan dos semanas para la luna llena. Ya estoy contando los días. Ya me estoy mojando solo de pensarlo.
Y esta vez, no voy a esperar en el sendero. Voy a ir directo al claro. Y me voy a poner en cuatro nada más llegar. Por si él llega con hambre. Porque yo sí. Yo también tengo hambre.


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