Por
Anónimo
MI DULCE Y APASIONANTE ESPOSA TERESA 1
Yo, un hombre de 30 años, impactado a la primera vista de esa hermosa mulata de 16 años, comencé a frecuentarla; y a pesar de la diferencia de edad, los dos nos enamoramos locamente.
Yo la visitaba con permiso de sus padres. Lo nuestro fue aprobado desde el principio con toda su familia, favorecido por mi carácter, y porque era un profesional responsable y honrado. Finalmente me casé con ella y fuimos a vivir separados de ellos, pero en la misma ciudad.
Teresa era una mulata de rostro lindo y risueño, alta de estatura, senos pequeñitos pero erectos, delgada de cintura, pero provista de un par de muslos pura curvas, pues ella es muy caderona. Su cabellera ensortijada y abundante le caía hasta cerca de la cintura, completada con unas nalgas poderosas y sensualmente redondeadas, que con el estilo de caminar de ella se la veía felina y sexy. Todo, todo distinto a su carácter.
Mi jovencísima esposa que yo tenía, era entonces una niña con un incitante cuerpo de mujer: Delicada pero de formas exuberantes, inexperta pero tentadora, sencilla pero seductora, inocente; pero con el cuerpo de una mujer voluptuosa. Yo no caía en cuenta de nada de ello, solo me gustaba y la amaba.
Yo, conociendo que solo era una niña, le hice el amor por primera vez de manera suave, pero apasionada. Le fui enseñando poco a poco los trucos de la cama, tanto del hombre como de la mujer. Ella, tímidamente pero amorosamente fue correspondiendo y aprendiendo, hasta que llegó un momento en que el sexo le interesó, la ganó, la conquistó, y finalmente la arrebató con mucho fuego. Nuestra intimidad estaba llena de calor, no solo por mi experiencia, sino por la fascinación que la carne fue despertando en ella. Yo le pedí desde el principio que todos los tabús y palabras rebuscadas que aprendimos de nuestros padres sobre el sexo las dejemos a un lado, y usemos entre nosotros los términos vulgares sobre el tema. Al principio, ella se moría de vergüenza al tratar de decir esas palabras y sus mismos deseos, pero luego todo cambió, y ella empezó a soltarse en nuestra intimidad. �Que rica es tu verga mi amor� Me decía con cierto temor, �me gusta sentirme tuya papito�, �te espero esta tarde�. Y al regreso del trabajo, me abría la puerta esa niña-esposa con unas tangas minúsculas y atrevidas que se ponía para mí: �Ardo en deseos papito, quiero que me culees rico� me decía, mientras su oloroso aliento de fuego cubría mi boca de besos. Yo la cogía de tal modo que ella gritaba y suspiraba de placer por los intensos orgasmos que experimentaba, hasta que la fui penetrando y conquistando como varón, apoderándome de su sexualidad, terminando por domarla y hacerme dueño de sus impulsos de mujer, haciendo finalmente que ella ceda y se entregue sin reparos, de manera obediente y sumisa a todos mis deseos. �gracias mi maestro, que delicia es culiar contigo�, me decía como en éxtasis, con los ojos entrecerrados, suspirando por su macho.
Ella, en casa tenía la costumbre de andar siempre con unos short pequeñitos que le hacían abultar sus carnes, mostrándola ante los vecinos varones como una mujer sugerente y deseable. Yo no había caído en cuenta de nada, y ella peor; ya que en su credulidad, ella no estaba realmente consciente de sus encantos. Sin embargo, un día me dijo: �Diego mi amor, quería contarte que el vecino de la mecánica de al lado no me quita los ojos de encima, y como él trabaja allí todo el día, me pasa saludando, y mirándome las piernas me sabe decir cosas para halagarme, ¿Por qué?�
Yo recibí como un rayo esa ingenua confesión, y unos celos turbulentos se apoderaron de mí, pero me controlé. �Mi amor, lo que pasa es que tu eres una mujer muy joven y bella, y tu cuerpo es muy atractivo para cualquier hombre, tienes que acostumbrarte� le respondí. Ella sonriendo de manera deliciosa dijo: �En serio�� y se acarició levemente las curvas de sus insinuantes muslos.
Al cabo de algunos días ella me sorprendió diciéndome: �Mi vida, el vecino mecánico vino a visitarme, cruzó unas palabras conmigo, y nos dejó de obsequio esta caja de frutas, se llama Fedro, que chistoso su nombre� y se sonrió dulcemente, sin ninguna preocupación.
El que quedó preocupado fui yo. Definitivamente este tipo estaba interesado en mi esposa, y andaba detrás de ella, además el podía verla todo el día mientras yo trabajaba en otro lado. A partir de ese momento los celos no me dejaron, andaba de mal carácter, y de todo me enfadaba. Y ese día, cuando estaba contemplándola y preguntándome a solas: �¿Por qué me está pasando esto?, descubrí en un solo instante que ¡¡el motivo de todo esto estaba delante de mí!! Teresa tenía puesto un short rojo, tan diminuto que parecía una tanga. Sus caderas parecían reventar de tanta carne de mujer, y sus piernas rebosaban de forma lujuriosa. Se había puesto una blusita roja que mostraba su ombligo, haciendo que su apariencia sea sumamente incitante y deseable. ¡¡Mi mujer era un bombón delicioso, y el mecánico quería culiarla!! Esta terrible reflexión me enardeció, sentía que dentro de mí circulaba no mi sangre, sino un fuego líquido. Pero lo que más me turbó fue que; mientras sentía un celo terrible, ¡¡tuve la locura de pensar como si yo fuera el mecánico!! y lo que contemplé me dejó como un loco: Delante de mí; y vestida de esa manera, se paseaba y contoneaba la más apetitosa de todas las putas. Esa mujer que tenía por delante no era mi esposa, era una hembra rica que mostraba su cuerpo para tentar y excitar a cualquier hombre que tenga el gusto de ver semejante exhibición carnal.
¡¡La culpa no era del mecánico, sino el de ese sensual cuerpo de mujer que incitaba los sentidos!! ¡¡Tenía por esposa a una diosa del sexo, capaz de enloquecer a cualquier hombre!! Y lo peor de todo ¡¡Es que ella no lo sabía!! Y pensando estas inquietantes reflexiones, sentí una erección sumamente poderosa que me quitó la respiración. Dentro de mi cuerpo circulaban por distintas direcciones corrientes de fuego y de calor, y un terrible sentimiento erótico llegó a mí; para no irse jamás, mientras contemplaba a la puta más indecente y sexy que pueda imaginarse hombre alguno. Y una idea vaga pero fuertísima fue tomando forma dentro de mi mente: �No, no puede ser que solo yo sea el único privilegiado que vea esta mujer, ella está destinada a ser lo que es: Una apasionante hembra, que pueda libremente exhibir esas curvas, esas apetitosas formas de mujer delante de los hombres que yo quiera�
Y dicho esto en mi mente, me acerqué temblando de excitación y deseo, y tomándola de esa breve cintura, la besé con pasión desbordada, mientras acariciaba sus abundantes y macizos muslos, y apretaba con morbo los gordos cachetes de sus nalgas. Ella me respondió con intensa pasión, mientras me decía: �Don Fedro me dijo si podía pasar a saludarte aquí en la casa hoy en la noche, creo que quiere ser tu amigo� Yo sofocado por los celos y el morbo le respondí: �Sal, y dile que sí, que venga pero no esta noche, sino mañana sábado por la tarde, que no tengo trabajo� �Esta bien, Pero�tú no tienes trabajo en la mañana� Me respondió ella, a quien sentí en ese momento no verla más como una esposa, sino como la más insinuante y apetecible de las mujeres.
Entonces me atreví a decirle, mientras un fuego erótico interno me consumía el aliento: �Teresa, quiero que escuches y aceptes de inmediato lo que te voy a decir: ¿Sabes que es lo que quiere el mecánico? El no solo quiere ser mi amigo, el mecánico desea una mujer, y te desea a ti� Ella se sobresaltó �¡¡No, no es cierto!!�
– Si; es cierto, le dije mirándola a los ojos, mientras descubría que ese diálogo me excitaba cada vez más. Debes, tienes que aceptar que eres una tentación de mujer, que cualquier hombre daría lo que sea por culiarte�
– Pero�yo no me he ofrecido, ni insinuado con nadie. Por qué dices eso�
– No, tú no necesitas insinuarte con nadie, tú eres insinuante, tu presencia de mujer es apasionante y provoca el deseo de poseerte como hembra, eso es lo que está pasando con Fedro. Su mayor deseo es culiarte, hacerte suya.
– Ohh�estoy confundida, no entiendo porqué.
– ¿Quieres entenderlo? Hagamos algo: Salgamos no en el carro, sino en la moto, pero no te cambies de ropa.
Y nos fuimos, tal como ella estaba vestida: Con ese short, y la pequeña blusita roja. La llevé por toda la zona roja de los muelles, paseando despacio. Mientras los hombres volvían sus miradas lujuriosas, Teresa me apretaba la cintura llena de temor. Todos ellos silbaban y lanzaban palabras obscenas: �Mamita, que rica hembra� �Estas para culiarte todita� �Baja para darte verga mamacita� Teresa, muy intimidada, se apretó más a mí espalda.
– Más adelante paré diciéndole: �Si oíste esos silbos y esas palabras? Eran para ti. Eres tú la causa de ese alboroto sexual. Tu sola presencia provoca a todos los hombres, y estimula su deseo.
– Pero yo no lo he sabido, ni es mi culpa, tengo un poco de miedo�
– No tu no vas a temer nada, estás conmigo, solo tienes que observar y sentir, debes disfrutar todo lo que te pase de ahora en adelante. Solo siéntete mujer�una mujer deseada.
– Ohh�nunca te he escuchado decir eso�
– Pues desde ahora no solo escucharás, sino que también hablarás de eso, creo que a partir de ahora nuestro interés sexual va a ser sumamente rico e intenso. ¿estás dispuesta a hacerme caso?
– No sé si fue la forma directa de decirle a Tere eso, o que; lo cierto es que ella bajó los ojos, luego los alzó sonriendo suavemente mientras decía: �Voy a hacer todo lo que tu digas, no voy a tener miedo, solo quiero disfrutar mi vida contigo�.
Después de ello, la llevé de vuelta por los mismos muelles, paramos un momento para comprar unas gomas de mascar, delante de todos sus exaltados admiradores. Antes de marcharnos, ella me dijo en un tono muy distinto: �ahora entiendo todo�me siento…Me siento algo excitada ¿Porqué?� Yo sonreí, mientras una intensa sensación erótica de aprendiz de proxeneta, se adueñaba de mí. CONTINUARÀ 2: (Teresa y el mecánico Fedro)
2 respuestas
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