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Anónimo

mayo 21, 2026

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Mi despedida de soltera se salió de control

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Me llamo Valentina. Tengo 28 años. Y mañana me caso con Martín.

Llevamos seis años juntos. Es un buen hombre. Me quiere. Me respeta. Me da todo lo que una mujer podría pedir… excepto una cosa. Excepto la única que importa.

Ahora, sentada en el baño de mi departamento, con el vestido de novia colgado en la puerta y la resaca moral pegándome más fuerte que la del alcohol, no puedo dejar de temblar. Y no es por los nervios de la boda.

Fue anoche. Mi despedida de soltera.

Mis amigas, las muy hijueputas, me llevaron a un club en el centro. No de esos de strippers falsos con pantalones de leopardo. No. Fue un sitio más… oscuro. Más caro. Más peligroso. Me dijeron que era «una sorpresa». La sorpresa llegó dos horas después, cuando estábamos todas borrachas, riéndonos como locas.

Se llama Thiago. O por lo menos eso dijo. Brasileño. Bailarín. Tenía el cuerpo moreno y brillante por el aceite, los abdominales marcados como cuadrícula, y una sonrisa que me derritió las bragas al instante. Altísimo. Con las manos grandes, los dedos largos, y una mirada que ya me estaba cogiendo antes de que me dijera una sola palabra.

«La novia, ¿no?», preguntó, acercándose a mí mientras mis amigas gritaban y chocaban sus copas.

«La novia», dije yo, y mi voz sonó tan débil que daba vergüenza.

Ellas le echaron billetes. Montones de billetes. Me empujaron hacia él. «¡Que baile con la novia!», «¡Enséñale lo que se va a perder Martín!», «¡La última noche de libertad, Val!»

Y yo, que nunca fui de esas, que siempre fui la niña buena, la fiel, la que nunca miró a otro… yo me dejé.

Empezamos a bailar. Él se pegó a mi espalda, sus caderas contra mi culo. El ritmo era lento, pesado, caribeño. Sentí su verga dura presionando mis nalgas a través de ese traje de baile diminuto. Cerré los ojos.

«¿Así baila tu novio?», me preguntó al oído.

«Él no baila», respondí.

«Qué lástima».

Me dio la vuelta. Me miró fijo. Y entonces, delante de todas mis amigas que chiflaban como locas, me besó. Pero no fue un beso de esos de juego. Fue un beso húmedo, profundo, con lengua, con mordiscos. Me agarró la nuca y me besó como si ya supiera que esa noche me iba a follar hasta dejarme tonta.

Me temblaban las piernas. Estaba empapada.

«Llevános a un lugar privado», le gritó una de mis amigas, Sofía. «¡Que la novia tiene una deuda pendiente!»

Él sonrió, me tomó de la mano, y me subió a un taxi. Mis amigas se quedaron en el club, celebrando. Y yo me fui con un desconocido.

Su departamento olía a incienso y a él. Puso música, la misma que sonaba en el club. Y antes de que pudiera decir nada, me empujó contra la cama.

Esa noche me cogió siete veces.

Siete.

Martín, con suerte, me coge una a la semana. Y cuando lo hace, dura cinco minutos. Siempre las mismas dos posiciones. Siempre con las luces apagadas. Siempre preguntando «¿te gusta, amor?» con esa voz tierna que me mata de pena. Nunca se ha atrevido a jalarme el pelo, a nalguearme, a decirme una grosería en la cama. Nunca.

Thiago en cambio…

Primero me puso en cuatro sobre la cama, me agarró las caderas con esas manos enormes y me la metió toda de una. Grité. No de dolor. De placer. Era tan grande que sentí que me desgarraba por dentro, pero de una manera que me hizo querer más. Me tiró del pelo hacia atrás, arqueándome la espalda, mientras me embestía como si yo fuera suya.

«¿Quién te está cogiendo?», me preguntó.

«Tú», gemí.

«¿Cómo me llamo?»

«Thiago… Thiago…»

«¿Y quién es Martín?»

«Mi… mi novio…»

«Martín es un pendejo. Por dejarte venir sola a esta ciudad. Martín es un pendejo. Por no saber cogerte así.»

Y le di la razón. En ese momento, con la verga de otro hombre dentro de mí, llenándome por completo, le di la razón. Me vine tres veces seguidas, gritando, mojando las sábanas. Él no paraba. Cambió de posición. Me puso boca arriba, me abrió las piernas como si fuera un libro, y me penetró mirándome a los ojos.

«Me gustan las novias», dijo. «Saben a pecado.»

Me reí. Me reí como no me reía hace años. Y me sentí viva. Viva como nunca me sentí con Martín.

La segunda vez fue en la ducha. La tercera contra la ventana, viendo las luces de la ciudad. La cuarta en el suelo, alfombra peluda quemándome la espalda. La quinta él se sentó en una silla y me hizo cabalgarlo hasta que me duelen los muslos todavía. La sexta me puso de lado, alzándome una pierna, dándome despacio pero profundo, hasta que yo lloraba de lo intenso.

La séptima fue al amanecer. Estábamos agotados. Él se recostó y me dijo: «Tú decides si esta es la última».

Me monté encima otra vez. Me movía lento, mirando su cara, sus ojos cerrados por el placer. Y mientras lo hacía, pensé en Martín. En su cara cuando camine hacia el altar mañana. En el beso. En la fiesta. En la noche de bodas.

Y supe que no iba a poder.

Porque ahora sé lo que es que te cojan bien. Lo que es que te dejen temblando, adolorida, llena. Lo que es tener un orgasmo de verdad. Múltiples orgasmos.

Thiago me corrió la leche en el estómago. Se limpió con su propia camisa. Me miró.

«No te cases», me dijo.

«Es demasiado tarde», contesté.

«Nunca es demasiado tarde para no joderte la vida».

Me dio un beso en la frente y se durmió. Yo me vestí en silencio, tomé un taxi, y volví a mi departamento. Eran las seis de la mañana. Martín me había dejado un mensaje: «Solo falta un día, amor. Te quiero mucho. Mañana serás mi esposa».

Leí el mensaje tres veces. Y lloré. Pero no de emoción.

Lloré porque lo quiero. Lloré porque es un buen hombre. Lloré porque me va a partir el alma hacerle esto. Pero también lloré porque no puedo, no puedo, no puedo pasarme el resto de mi vida con un hombre que me coge como si estuviéramos en una película de los años cincuenta.

Ahora son las ocho de la mañana. Mi mamá va a llegar en una hora para ayudarme a vestirme. Las amigas de ayer no han parado de escribirme: «¿Qué tal estuvo?», «¿Te lo cogiste?», «Cuenta todo».

No les he contestado.

El vestido blanco me mira desde la percha. Los zapatos, las joyas, el velo. Todo listo.

Todo listo para una mentira.

¿Qué hago? ¿Me caso y finjo? ¿Aprendo a vivir con el sexo malo? ¿O cancelo todo, rompo el corazón de Martín, y le confieso que un bailarín brasileño me folló siete veces como él nunca podrá hacerlo?

Sé que la respuesta correcta es terminar por lo sano. Decirle que ya no lo amo. No mencionar a Thiago. Ahorrarle ese dolor.

Pero soy una cobarde.

Por eso estoy aquí, escribiendo esto, mientras el tiempo se acaba.

Y por eso sé que, pase lo que pase, nada volverá a ser igual.

Porque una vez que probaste el cielo… el infierno se vuelve el único lugar al que le temes.

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