Por
Mi amiga y su amante me cogieron
Una amiga mía está saliendo con un tipo de cuarenta y cinco años. Un día me llamó, con esa voz entre risas y morbo que ya le conozco, y me soltó la bomba: querían hacer un trío. Y querían que fuera yo la tercera. No lo pensé dos veces. Para ser honesta, la idea me venía dando vueltas hace rato. Así que dije que sí.
Me vestí exactamente como me pidieron: una falda corta, tan corta que con solo agacharme un poco ya se veía todo, y una camisa blanca de esas que se transparentan un poco. No usé sostén. Quería que se notara, que la tentación estuviera servida desde el primer momento. Cuando llegué al departamento, la música bajita y las luces tenues ya marcaban el ambiente. Mi amiga, Lucía, me recibió con un beso en la mejilla y una mirada que decía más que mil palabras. El tipo, al que llamaré Martín, estaba en el sillón, observándome con una calma que me puso la piel de gallina.
Sin mucho preámbulo, Lucía me tomó de la mano y me guió hacia el centro de la sala. Ahí había una baranda sólida, de esas que separan el living del comedor. Me dio la espalda y apoyé mis manos en el frío metal. Entonces sentí las correas. No eran ásperas, sino de un cuero suave, pero firmes. Lucía me ató las muñecas, una tras otra, con una seguridad que me dejó sin aliento. Quedé inmovilizada, de espaldas a ellos, sin poder ver nada más que la pared frente a mí. Nada me excita más que esa vulnerabilidad, esa entrega total. Estar a su disposición, sin saber qué va a pasar, sin tener control alguno.
El primer contacto fue el aire frío de la habitación rozando mis muslos. Lucía me subió la falda con lentitud, dejando mi culo completamente al descubierto. Escuché un crujir de cuero. No tuve tiempo de prepararme. El primer latigazo del cinturón me arrancó un jadeo. No fue un golpe seco, fue un impacto ardiente que se expandió por toda mi piel. Luego vino otro, y otro más. Martín se unió, alternando los golpes con Lucía. No había patrón, no había ritmo, solo el sonido del cuero chasqueando contra mi carne y el dolor agudo, delicioso, que se transformaba en un calor profundo. Me dejaron el culo enrojecido, palpitante, y la humedad entre mis piernas era un torrente.
Cuando cesaron, la calma fue aún más intensa. Solo sentía el aire sobre mi piel caliente y el sonido de mi propia respiración. Entonces, las manos de Lucía. Sus dedos encontraron el elástico de mi tanga y empezaron a bajarlo, centímetro a centímetro, con una lentitud torturante. Sabe que me vuelve loca sentir cómo el aire roza mi concha cuando me están desnudando, cómo cada milímetro de piel que queda expuesta es una caricia en sí misma. Cuando la tela finalmente me abandonó, ya estaba empapada.
Sus dedos no se hicieron esperar. Primero un roce suave sobre mis labios, luego una presión más firme. Metió dos dedos dentro de mí de una vez, y un gemido escapó de mi garganta. Los movía con precisión, buscando ese punto que me hace perder la cabeza, mientras su otra mano me apretaba un pecho a través de la fina camisa. Estaba tan perdida en la sensación que apenas noté que Martín se acercaba.
No hubo advertencia, ni lubricante aparte de mi propio jugo. Sentí la punta de su verga, grande y dura, presionando contra mi otro agujero. Un empujón seco, un instante de dolor desgarrador que me hizo contener el aliento, y luego la invasión completa. Adoro que me hagan el orto así, sin preguntar, sin pedir permiso. En ese momento, no soy más que un objeto, una zorra dispuesta a todo, y esa degradación es lo más excitante del mundo. Martín me folló el culo con embestidas profundas y brutales, cada una haciendo crujir la baranda, mientras Lucía seguía jugando con mi concha desde el frente. Era una sobrecarga de sensaciones, un tira y afloja entre el dolor y el placer que me tenía al borde del abismo.
Cuando Martín gruñó y se vino, sentí el chorro caliente de su leche llenándome por dentro. Se retiró, y por un momento solo quedé ahí, atada, llena y temblando. Lucía me desató las correas. Mis muñecas estaban marcadas, pero mis piernas apenas me sostenían. Me guió hasta el sofá y me empujó suavemente para que me arrodillara frente a ella.
“Ahora te toca a ti”, susurró, abriendo las piernas. Su concha ya estaba hinchada y brillante. Me acerqué y le pasé la lengua, lenta, saboreando su esencia. Ella gimió y enterró los dedos en mi pelo, guiando mi ritmo. La chupé, la lamí, la devoré, hasta que su cuerpo se tensó y un grito ahogado anunció su orgasmo, llenándome la boca con su sabor.
Apenas había terminado, vi a Martín acercarse de nuevo. Su verga ya estaba otra vez dura, imponente. Mientras yo se la metía en la boca, tratando de tragar cada centímetro, Lucía se colocó detrás de mí. Sus dedos, aún empapados de mí y de ella, encontraron mi concha otra vez y comenzaron a penetrarme, al mismo ritmo que yo mamaba. Era demasiado. La estimulación en mi boca, en mi coño, la vista de la verga de Martín, los gemidos de Lucía… no pude aguantar. Me corrí con violencia, sacudiéndome, con un grito ahogado por la verga que tenía en la garganta.
Martín, excitado por mi convulsión, agarró mi pelo con fuerza y empezó a follar mi boca con la misma intensidad con la que antes me había follado el culo. Lo sentí hincharse y luego el sabor salado y espeso de su segunda corrida llenó mi garganta. Tragué todo, sin aliento, sumisa.
Después, el silencio. Los tres jadeando, cubiertos de sudor y los fluidos de la noche. Me vestí en silencio, con la falda corta otra vez, la camisa transparente. Me despedí con un beso en la mejilla a cada uno, como si nada. Al salir a la calle, la noche fresca me golpeó el rostro. Encendí el motor de mi auto y conduje de vuelta a mi casa, a mi vida. A las pocas horas, estaría desayunando con mis hijos, siendo la madre responsable y serena que todos creen que soy. Nadie vería las marcas del cinturón bajo mi ropa, ni el fuego que aún ardía en mi mirada. Ese es mi secreto, mi doble vida, lo que me mantiene viva.
Una respuesta
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Uufff que relato tan delicioso


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