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julio 13, 2026

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Mi amante casada

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Ella se casó bien joven, apenas tenía 19 cuando se embarazó de una niña. El señor ese, un tipo ya entrado en años, le dijo que se haría cargo de todo si se casaban. Y ella, asustada y sin opciones, aceptó. Ahora tiene 26, la niña ya está en la escuela, pero el matrimonio es un puto muerto. Me lo contó ella misma, con esa voz dulce pero cansada: «Ya no me satisface, ya casi no tenemos intimidad, él prefiere masturbarse viendo porno en su celular antes que tocarme». Y yo, que la conocí por casualidad en el trabajo de ella, me quedé pensando: ¿cómo es posible que un cabrón tenga a esa diosa en su casa y no la disfrute?

Porque esta mujer es un mujerón, no me vengas con cuentos. Caderas anchas, cintura que se marca, unas tetas grandes y firmes que se mueven cuando camina, y un culo redondo que pide a gritos ser agarrado. Su cara es de ángel, pero sus ojos tienen un brillo travieso, de esas que saben lo que quieren. Y yo, con mi esposa en casa, sabía que me estaba metiendo en un lío, pero no pude resistirme.

Ella fue clara desde el principio: «Tú tienes esposa, yo tengo un marido que solo me da dinero. No voy a pedirte que dejes a tu mujer, ni voy a dejar al mío porque me mantiene a mí y a mi hija. Solo quiero que me cojas rico, que me hagas sentir mujer otra vez. Seré tu moza, tu puta discreta, y nadie se va a enterar». ¿Qué podía decirle? Acepté, y vaya que ha sido la mejor decisión de mi vida.

La primera vez que nos vimos a solas fue en un motel de mala muerte, de esos donde no preguntan nada. Ella llegó con un vestido corto y sin bragas, y en cuanto cerramos la puerta se me tiró encima. Me besó como si tuviera años de hambre, mordiéndome los labios y metiéndome la lengua hasta la garganta. Yo le agarré las tetas con fuerza, le apreté los pezones entre los dedos, y ella soltó un gemido que se escuchó hasta el pasillo. Me bajó los pantalones de un tirón, agarró mi verga y empezó a masturbarme con una mano mientras con la otra se metía los dedos en el coño. Ya estaba chorreando, empapada, y no aguanté más. La empujé contra la pared, le levanté el vestido y se la metí de un solo golpe, sin condón, porque ella me pidió que sintiera su carne caliente y húmeda.

Esa noche cogimos como animales: en la cama, en el baño, en el suelo. Ella se montaba encima y movía las caderas como una profesional, apretándome la verga con su vagina que parecía un puño de terciopelo. Cuando yo le daba por detrás, su culo rebotaba contra mi pelvis y ella gemía frases sucias al oído: «Así, más duro, soy tu puta, no pares». Terminé adentro de ella, sintiendo cómo se contraía y me exprimía hasta la última gota. Nos quedamos los dos sudados, temblando, y ella me miró con una sonrisa pícara: «¿Ves? Esto era lo que necesitaba».

Y desde entonces no hemos parado. A veces nos vemos dos veces por semana, a veces no podemos coincidir porque ella cuida a su hija o yo tengo compromisos con mi esposa. Pero cuando no podemos vernos, no deja de enviarme fotos y videos. Su celular es un arsenal de putería: fotos de su coño abierto y húmedo, close-ups de sus tetas con los pezones erectos, videos masturbándose en su cama mientras su marido está en la sala viendo tele. Me escribe mensajes de voz con esa voz ronca diciéndome: «Hoy me masturbé pensando en cómo me abriste las nalgas la última vez, quiero que vuelvas a follarme así». Y yo, viendo esas imágenes en la oficina, tengo que esconder la erección bajo el escritorio.

Ella es mi adicción, mi salvación sexual, la que me recuerda que el placer no tiene edad ni reglas. Por ahora, somos el secreto perfecto: ella tiene a su esposo viejo que le paga las cuentas, yo tengo a mi mujer que me da estabilidad, y entre los dos nos damos lo que ninguno de los otros nos da: sexo salvaje, sin censura, con ganas de devorarnos vivos. Y mientras ella me siga enviando esas fotos y yo pueda seguir enterrándole la verga hasta los huevos, no pienso parar.

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