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ME QUIERO COGER A LA NOVIA DE MI TÍO
Mi tío César y yo siempre fuimos como hermanos, a pesar de la diferencia de edad. Él me prestaba su compu pa’ los trabajos de la escuela, y yo se la cuidaba. Hasta que un día, vi una carpeta con el nombre de ella: Camila.
Mi corazón empezó a latir como loco. Sabía que no debía, pero la curiosidad me pudo. La abrí y ahí estaban. Fotos. Un montón. Camila en la cama, abriendo las piernas, con la conchita bien a la vista, peludita y rosada. Otras, jugando con sus tetas, que son unas maravillas, grandes y con unos pezones morenos que se me pararon al instante solo de verlos.
Pero lo peor, o lo mejor, fueron los videos. Dos. En uno, ella se la estaba chupando a mi tío, con unos ojos que miraban a la cámara como una zorra. En el otro, él la estaba cogiendo por detrás, y ella gritaba y gemía, agarrada de las sábanas. Los vi tan rápido que me dolían los ojos, y tuve que cerrarlo todo cuando escuché la moto de mi tío llegar.
Desde ese día, se me grabó a fuego. Cada vez que ella venía a la casa, no podía dejar de mirarla. De ver cómo se le marcaba el culo en esos jeans ajustados, o cómo se le movían las tetas bajo la blusa. Se me ponía la verga dura al instante, y tenía que ir al baño a jalármela, pensando en esas fotos, en esos gemidos.
Luego se fueron a vivir juntos, y la cosa se puso más intensa. Mi tío me pidió que fuera a ayudar en la tienda, porque él se iba a su otro trabajo y ella apenas podía sola. Yo acepté sin dudar. ¿Ir a estar todo el día cerca de Camila? Sí, señor.
La rutina es siempre la misma. Mi tío sale a las 7am. Yo llego como a las 8. Camila atiende la tienda conmigo un rato, pero luego se pone a hacer los quehaceres. La casa está atrás del negocio, es todo junto: un patio, luego un cuarto que es cocina, sala y su dormitorio, y un baño chiquito con regadera.
Cuando no hay clientes, yo me voy a su cuarto y me siento en la cama, a ver el celular o la tele. Pero en realidad, miro a Camila. La espío mientras lava los platos en la pileta, y se le sube la falda cuando se estira, mostrando esos muslos que sueño con abrir.
O cuando barre, y se agacha, y el escote de su camiseta se abre, dejando ver la mitad de esas tetas que ya conozco tan bien. Ella se da cuenta. Tiene que darse cuenta. A veces me mira de reojo, y sostiene la mirada un segundo más de lo normal, antes de sonreír y seguir con lo suyo.
Pero la tensión es insoportable. El otro día, estaba sacando a pasear al perro. Se puso unas mallas cortas, que le dejaban ese culo como dos lunas perfectas. Al volver, entró directo a bañarse. El baño está pegado al cuarto. La regadera tiene una pared de ladrillos que no llega al techo.
Yo me quedé en la cama, escuchando el agua correr. Y entonces, los escuché. Fue apenas un suspiro al principio. Un gemido ahogado. Era mi tío. Debía haber vuelto temprano. Luego, la voz de Camila, baja pero clara: “Ahí, ahí, mi amor… más duro”.
Coño. Me paralicé. Luego otro gemido, más fuerte. Y el sonido. El sonido húmedo, rápido, de cuerpos chocando. Ella empezó a chillar. “¡Sí, papi, dámelo todo! ¡Me encanta tu verga!”. Cada palabra era un latigazo en mi entrepierna.
Me levanté, sin poder evitarlo. Me acerqué a la pared del baño. No podía ver, pero podía oír perfectamente. Los jadeos de él, los gritos cada vez más agudos de ella, el golpeteo rítmico contra la pared. “¡Vas a hacer que me corra, César! ¡Dentro, correte dentro!”
Esa orden me destrozó. Sentí que mi propia verga explotaba. Me desabroché el pantalón con manos temblorosas y me la saqué. Ya estaba dura, goteando. Me la agarré y empecé a jalármela al ritmo de sus embestidas, que se oían cada vez más frenéticas.
Cerré los ojos, imaginando que era yo quien la tenía contra la pared de la ducha. Que esos chillidos eran por mi verga. Que era mi leche la que le estaba pidiendo que le llenara el coño. “Soy yo, Camila”, gemí en un suspiro, “yo te la doy más duro”.
El ruido alcanzó un clímax. Un grito ronco de él, un chillido prolongado de ella, y luego silencio, solo jadeos. Yo me vine en ese mismo instante, disparando mi leche contra la pared, ahogando un gruñido en mi camisa.
Me limpié rápido, me subí el pantalón, y me tiré en la cama, jadeando. El corazón me latía como si me fuera a salir del pecho. Pensé que había salido bien. Que nadie se había dado cuenta.
Pero entonces, la puerta del baño se abrió. Salió vapor. Y salió Camila. Envuelta solo en una toalla, con el pelo mojado y la piel enrojecida. Caminó directo hacia el dormitorio, hacia mí.
Sus ojos no iban a mi cara. Ian directo a mi entrepierna, donde una mancha húmeda y oscura delataba lo que acababa de pasar. Luego levantó la mirada y me miró a los ojos.
No dijo nada. Solo esbozó una sonrisa. No una sonrisa de sorpresa o de enojo. Era una sonrisa… cómplice. Pícara. Como si hubiera ganado un juego que yo ni sabía que estábamos jugando.
Se acercó a la cama, pasó junto a mí tan cerca que pude oler su jabón y su sexo mezclados, y tomó una camisa del ropero. La toalla se le soltó un poco, y por un segundo, vi la curva de un pezón moreno antes de que ella la ajustara.
“Tu tío se fue otra vez”, dijo, con una voz serena. “Dijo que lo llamaron para una hora extra”. Se dio la vuelta y me miró de nuevo, mientras se vestía la camisa, sin prisas. “Parece que vamos a estar solos otra buena rato”.
Esa frase, dicha así, con esa mirada, me dejó helado y ardiente al mismo tiempo. La verga, que se había calmado, volvió a despertar con una furia nueva.
Ella terminó de abrocharse la camisa, que era grande y le llegaba a mitad de los muslos, y salió del cuarto hacia la tienda, dejándome ahí, destruido, con el olor a sexo ajeno en el aire y una promesa peligrosísima colgando de su sonrisa.
Ahora, cada vez que la veo atender a un cliente con esa sonrisa inocente, yo solo puedo pensar en esa mirada en el cuarto. Y en la carpeta de fotos que todavía existe, en algún lugar de esa computadora. Y en lo que podría pasar la próxima vez que mi tío tenga una “hora extra”.


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