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septiembre 29, 2025

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Me gusta que me lo metan por el culo y me digan puta mientras me cogen duro šŸ„µšŸ˜»šŸ˜

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Desde hace 8 años vivo en República Dominicana, y si algo me ha quedado claro, es que vivir aquí tiene muchas ventadas. No solo por las playas y el merengue, muy parecido a mi tierra natal. Aquí conocí a un hombre que me volvió loca, un dominicano alto, moreno, con unos ojos que te desnudan con la mirada. Pero eso sí, cuando se enciende, se convierte en un animal.

La cosa empezó en una fiesta en Boca Chica. Yo iba con mis amigas, con un vestidito rojo que se me pegaba a las curvas y unos tacones que me hacĆ­an caminar como si el mundo fuera mĆ­o. Ɖl estaba en la barra, con un grupo de amigos, pero sus ojos no se despegaban de mĆ­. No eran miradas tĆ­midas, no. Eran miradas que prometĆ­an cosas, que decĆ­an Ā«ya sĆ© lo que te gusta y te lo voy a darĀ». Me acerquĆ© a pedir un trago y sin mediar palabra, me dijo al oĆ­do, con esa voz ronca que tienen los dominicanos que te eriza la piel: Ā«Ese vestido pide a gritos que lo arranquen a jalonesĀ». Yo me reĆ­, pero por dentro ya estaba temblando.

Esa misma noche, en su apartamento con vista al mar, fue donde me demostró que no era pura labia. Nada mÔs entrar, me empotró contra la puerta y me besó con una hambre que me dejó sin aire. Sus manos ya me estaban explorando, subiéndose por mis muslos hasta encontrarse con que no llevaba nada bajo el vestido. «Así me gusta, puta», me susurró mientras me mordía el cuello. Y a mí, en lugar de ofenderme, se me mojó todo. Es que esa palabra en su boca no era un insulto, era un halago. Era el permiso para ser yo misma, la zorra que lleva dentro.

Me llevó a la cama, no con romanticismo, sino con pura urgencia. Me tumbó boca abajo y me levantó las caderas, dejando mi culo al aire. Lo primero que sentí fue su lengua, recorriéndome toda la espalda baja hasta meterse entre mis nalgas sin aviso. Grité en la almohada, porque nadie me lo había hecho con tanta devoción. Lamía, chupaba, mordisqueaba, como si ese fuera el manjar mÔs exquisito del mundo. Yo ya estaba perdida, gimiendo y empujando mi culo contra su cara, pidiendo mÔs.

«Esta cuca estÔ mojadísima, pero yo sé por dónde quieres que te dé, ¿verdad, puta?», dijo, y sin esperar respuesta, escupió directamente en mi ano. El sonido que hizo su saliva al golpear mi piel me excitó mÔs que cualquier preliminar. Con una mano me abrió las nalgas y con la otra guió la punta de su verga, que era enorme y palpitaba contra mis nalgas. No fue un intento, fue una afirmación. «Vas a gritar mi nombre cuando te llene el culo, maldita zorra».

Y así fue. Cuando empezó a entrar, sentí que me desgarraba, pero era un dolor delicioso, un dolor que había estado buscando siempre. No fue suave, no fue lento. Fue a su ritmo, dominante, posesivo. Cada embestida era una conquista. Yo gemía como una loca, con la cara enterrada en las sÔbanas, agarrando la cabecera de la cama con fuerza. «Dime lo que eres», me ordenó, dÔndome una nalgada tan fuerte que me dejó la marca de su mano en la piel. «Soy tu puta», le contesté, sin poder evitarlo. «Soy tu puta venezolana».

Eso lo enloqueció. Cambió el Ôngulo y empezó a follarme aún mÔs rÔpido, mÔs profundo. Yo sentía cómo me llenaba por completo, cómo cada centímetro de su verga se acomodaba dentro de mí. Con una mano me agarró del pelo y me levantó la cabeza, obligÔndome a mirarnos en el espejo de frente a la cama. «Mírate», me dijo, jadeando. «Mírate cómo te gusta que te den por el culo como la perra que eres». Y era verdad. Me vi con los ojos vidriosos, la boca abierta, el cuerpo sudoroso, y me excitó verme tan sumisa, tan usada, tan suya.

No aguantĆ© mucho mĆ”s. El orgasmo me vino como una ola, sacudiĆ©ndome entera, haciendo que me estremeciera sin control. Ɖl lo sintió y gruñó, agarrĆ”ndome de las caderas con fuerza para bombearme mĆ”s rĆ”pido, hasta que finalmente soltó un gemido ronco y sentĆ­ su calor inundĆ”ndome por dentro. Se vino en cantidades, llenĆ”ndome hasta que empezó a gotear por mis muslos.

Nos quedamos ahí, jadeando, pegados el uno al otro, sin palabras. Cuando por fin se salió, me dio una palmadita en el culo y dijo: «Así me gusta, mi puta personal». Y supe en ese momento que esto no era un simple encuentro de una noche. Esto era el comienzo de algo mucho mÔs intenso. Porque cuando un hombre te da por el culo y te llama su puta con esa mezcla de desprecio y adoración, algo se te queda en el alma. O mejor dicho, en el culo.

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