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Me gusta que me lo metan por el culo y me digan puta mientras me cogen duro š„µš»š
Desde hace 8 aƱos vivo en RepĆŗblica Dominicana, y si algo me ha quedado claro, es que vivir aquĆ tiene muchas ventadas. No solo por las playas y el merengue, muy parecido a mi tierra natal. AquĆ conocĆ a un hombre que me volvió loca, un dominicano alto, moreno, con unos ojos que te desnudan con la mirada. Pero eso sĆ, cuando se enciende, se convierte en un animal.
La cosa empezó en una fiesta en Boca Chica. Yo iba con mis amigas, con un vestidito rojo que se me pegaba a las curvas y unos tacones que me hacĆan caminar como si el mundo fuera mĆo. Ćl estaba en la barra, con un grupo de amigos, pero sus ojos no se despegaban de mĆ. No eran miradas tĆmidas, no. Eran miradas que prometĆan cosas, que decĆan Ā«ya sĆ© lo que te gusta y te lo voy a darĀ». Me acerquĆ© a pedir un trago y sin mediar palabra, me dijo al oĆdo, con esa voz ronca que tienen los dominicanos que te eriza la piel: Ā«Ese vestido pide a gritos que lo arranquen a jalonesĀ». Yo me reĆ, pero por dentro ya estaba temblando.
Esa misma noche, en su apartamento con vista al mar, fue donde me demostró que no era pura labia. Nada mĆ”s entrar, me empotró contra la puerta y me besó con una hambre que me dejó sin aire. Sus manos ya me estaban explorando, subiĆ©ndose por mis muslos hasta encontrarse con que no llevaba nada bajo el vestido. Ā«AsĆ me gusta, putaĀ», me susurró mientras me mordĆa el cuello. Y a mĆ, en lugar de ofenderme, se me mojó todo. Es que esa palabra en su boca no era un insulto, era un halago. Era el permiso para ser yo misma, la zorra que lleva dentro.
Me llevó a la cama, no con romanticismo, sino con pura urgencia. Me tumbó boca abajo y me levantó las caderas, dejando mi culo al aire. Lo primero que sentĆ fue su lengua, recorriĆ©ndome toda la espalda baja hasta meterse entre mis nalgas sin aviso. GritĆ© en la almohada, porque nadie me lo habĆa hecho con tanta devoción. LamĆa, chupaba, mordisqueaba, como si ese fuera el manjar mĆ”s exquisito del mundo. Yo ya estaba perdida, gimiendo y empujando mi culo contra su cara, pidiendo mĆ”s.
Ā«Esta cuca estĆ” mojadĆsima, pero yo sĆ© por dónde quieres que te dĆ©, Āæverdad, puta?Ā», dijo, y sin esperar respuesta, escupió directamente en mi ano. El sonido que hizo su saliva al golpear mi piel me excitó mĆ”s que cualquier preliminar. Con una mano me abrió las nalgas y con la otra guió la punta de su verga, que era enorme y palpitaba contra mis nalgas. No fue un intento, fue una afirmación. Ā«Vas a gritar mi nombre cuando te llene el culo, maldita zorraĀ».
Y asĆ fue. Cuando empezó a entrar, sentĆ que me desgarraba, pero era un dolor delicioso, un dolor que habĆa estado buscando siempre. No fue suave, no fue lento. Fue a su ritmo, dominante, posesivo. Cada embestida era una conquista. Yo gemĆa como una loca, con la cara enterrada en las sĆ”banas, agarrando la cabecera de la cama con fuerza. Ā«Dime lo que eresĀ», me ordenó, dĆ”ndome una nalgada tan fuerte que me dejó la marca de su mano en la piel. Ā«Soy tu putaĀ», le contestĆ©, sin poder evitarlo. Ā«Soy tu puta venezolanaĀ».
Eso lo enloqueció. Cambió el Ć”ngulo y empezó a follarme aĆŗn mĆ”s rĆ”pido, mĆ”s profundo. Yo sentĆa cómo me llenaba por completo, cómo cada centĆmetro de su verga se acomodaba dentro de mĆ. Con una mano me agarró del pelo y me levantó la cabeza, obligĆ”ndome a mirarnos en el espejo de frente a la cama. Ā«MĆrateĀ», me dijo, jadeando. Ā«MĆrate cómo te gusta que te den por el culo como la perra que eresĀ». Y era verdad. Me vi con los ojos vidriosos, la boca abierta, el cuerpo sudoroso, y me excitó verme tan sumisa, tan usada, tan suya.
No aguantĆ© mucho mĆ”s. El orgasmo me vino como una ola, sacudiĆ©ndome entera, haciendo que me estremeciera sin control. Ćl lo sintió y gruñó, agarrĆ”ndome de las caderas con fuerza para bombearme mĆ”s rĆ”pido, hasta que finalmente soltó un gemido ronco y sentĆ su calor inundĆ”ndome por dentro. Se vino en cantidades, llenĆ”ndome hasta que empezó a gotear por mis muslos.
Nos quedamos ahĆ, jadeando, pegados el uno al otro, sin palabras. Cuando por fin se salió, me dio una palmadita en el culo y dijo: Ā«AsĆ me gusta, mi puta personalĀ». Y supe en ese momento que esto no era un simple encuentro de una noche. Esto era el comienzo de algo mucho mĆ”s intenso. Porque cuando un hombre te da por el culo y te llama su puta con esa mezcla de desprecio y adoración, algo se te queda en el alma. O mejor dicho, en el culo.


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