Me está gustando el sexo duro
Hace poco conocí a alguien que le gusta el sexo muy rudo y, aunque soy muy tierna, confieso que me está gustando. No sé si es que siempre lo llevaba dentro o si él supo despertarlo, pero cada vez que estamos juntos siento que cruzo una línea de la que ya no quiero regresar.
Anoche fue diferente. Llegó a mi casa con esa mirada que ya conozco, esa que dice «esta noche no voy a tener piedad». Yo estaba en la cocina, con un shortcito y una blusa suelta, sin brasier porque sé que le encanta verme así. No dijo ni una palabra. Se acercó por detrás, me agarró de la cintura y me pegó contra la encimera. Sentí su respiración caliente en mi nuca mientras su mano viajaba por mi estómago y bajaba hasta mi entrepierna.
—Estás mojada —murmuró contra mi oído, y tenía razón. Solo con sentirlo cerca ya estaba chorreando.
Me giró de golpe, me tomó del cabello y me empujó contra la pared. Ahí fue cuando puso su mano en mi cuello fuertemente. Sentí sus dedos cerrarse alrededor de mi garganta, apretando justo lo suficiente para que mi respiración se cortara. No era miedo lo que sentía, era algo más profundo, una mezcla de angustia y deseo que me recorría entera. Mientras me apretaba el cuello, su otra mano bajó a mis pezones y los pellizcó con fuerza, haciéndome gemir entre jadeos ahogados.
Luego vino el cachete. Su palma abierta golpeó mi mejilla, no muy fuerte pero sí con intención, con ese ruido seco que me hizo arder la piel y me mojó todavía más. Volvió a hacerlo. Y otra vez. Cada golpe era un latido que bajaba directo a mi vagina, que ya estaba palpitando y goteando por mis muslos. Él lo notó, claro, porque metió sus dedos entre mis piernas y los sacó brillantes, lamiéndolos mientras me miraba con esos ojos oscuros que me desarmaban.
—Te gusta, ¿verdad? —me dijo con voz grave—. Te gusta que te trate como a una puta.
Y lo peor es que sí. Me encantaba.
Me arrodilló frente a él, desabrochó su pantalón y sacó su verga, ya dura y goteando preseminal. Me agarró de nuevo del cabello y me la metió en la boca hasta el fondo. Sentí cómo llegaba a mi garganta mientras él empujaba, marcando el ritmo, sin darme tiempo para respirar entre embestida y embestida. Yo no hacía más que abrir bien la boca y dejar que usara mi cara como quería. Sus gemidos roncos me excitaban más que cualquier caricia tierna.
Me levantó del suelo y me puso en cuatro sobre la cama. De un manotazo me bajó el short y las bragas, y de un solo empujón me penetró. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, pero él no buscaba suavidad, buscaba castigarme. Comenzó a embestirme con una fuerza salvaje, sus caderas chocando contra mi culo con un aplauso húmedo y constante. Mientras me cogía, una mano regresaba a mi cuello, apretando cada vez que yo me acercaba al orgasmo.
—¿Quieres venirte? —preguntó.
—Sí, por favor —alcancé a decir entre gemidos.
—Entonces ven —ordenó, y apretó más fuerte.
Sentí cómo el aire se me iba, cómo el placer y el ahogo se mezclaban en una espiral que me desbordaba. Mi cuerpo empezó a temblar, las paredes de mi vagina se contrajeron alrededor de su verga, y exploté en un orgasmo que me nubló la vista. Mientras me corría, él siguió follándome sin parar, alargando mi placer hasta que ya no podía más.
Cuando terminó, se vino dentro de mí, llenándome con su leche caliente mientras soltaba un gemido profundo. Se quedó unos segundos dentro y luego se retiró, dejándome temblando en la cama con el cuello marcado, las mejillas ardiendo y el coño lleno de su semen.
Fue delicioso. Tan delicioso que sé que necesito repetirlo. Aunque soy tierna, anoche descubrí que también soy su puta, y me encanta.


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