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Me encanta tanto el sexo y ser forcejeada, que un día peleando con mi hermanastro terminamos teniendo sexo anal🍆🍑🤌🏻
Me flipa el sexo, pero no el de besitos y mariposillas. No. A mí lo que me pone, lo que de verdad me hace explotar, es la pelea. El forcejeo. Esa sensación de que me están doblando, de que no puedo escapar, de que la intensidad es tan bestia que duele y gusta a la vez. Cuanto más rudo, más me corro. Es así de simple. Y de jodido.
Mi hermanastro, Pablo, y yo siempre hemos tenido esa dinámica. Desde que mi madre se casó con su padre y nos metieron en la misma casa, a los diecisiete, no hemos parado de echarnos chispas. Era como dos imanes con el mismo polo, siempre repeléndonos, pero con una tensión que pesaba más que el aire. Él, con ese cuerpo de tanto jugar al rugby, ancho de espaldas, y yo, más pequeña pero igual de cabezota. Las discusiones por la tele, por el baño, por la última cerveza… eran nuestro deporte favorito. Y siempre, siempre, acabábamos empujándonos, agarrados del brazo, con la respiración entrecortada y una mirada que decía mil cosas sucias.
La cosa reventó un sábado por la tarde. Los viejos se habían ido al pueblo y la casa era nuestra. Él estaba viendo un partido a todo volumen y yo quería poner música. La típica. «Quita eso, que es una mierda», le solté, intentando coger el mando. Él lo escondió detrás de la espalda, con una sonrisa de suficiencia que me sacó de quicio. «Ven a buscarlo, a ver si puedes, enana».
Ahí empezó. Me lancé a por él, y en dos segundos estábamos rodando por el sofá. Él me inmovilizó, sujetándome las muñecas por encima de la cabeza con una mano, mientras con la otra me agarraba la mandíbula. «Te gusta esto, ¿eh? Siempre buscando bronca», me dijo, con la voz ronca, pegado a mi cara. Yo forcejeaba, no para liberarme, sino para sentir la fuerza de sus músculos conteniéndome. Noté su entrepierna dura contra mi muslo y un golpe de calor me recorrió entera.
«Suéltame, gilipollas», le espeté, pero mi voz sonó débil, quebrada. Él no soltó. Al contrario. Bajó la mirada a mis labios y luego otra vez a mis ojos. Fue como si se rompiera algo. Sin decir nada, inclinó la cabeza y me besó. No fue un beso de amor. Fue un beso de rabia, de dominación, de pura necesidad. Yo le respondí con los dientes, mordiéndole el labio, y él gruñó, excitado.
De un tirón, me arrancó la camiseta. El sujetador le duró dos segundos. Sus manos me apretaron las tetas con fuerza, casi haciéndome daño, y a mí se me fue la cabeza. «Más», gemí, y él entendió el juego. Me dio la vuelta y me presionó contra el respaldo del sofá. Noté el roce de su vaquero en mi culo, y el bulto enorme que tenía allí. «Eres una guarra», me susurró al oído, mientras me bajaba los pantalones y las bragas de un tirón. Yo ya estaba chorreando.
Pero él no fue por donde yo esperaba. En vez de metérmela por delante, noté sus dedos, escupidos, abriéndome el culo. «Esto es por ser tan cabroncita», dijo, y antes de que pudiera prepararme, sentí la punta de su polla, enorme y dura, presionando contra mi agujero. Intenté zafarme, más por instinto que por rechazo, pero él me sujetó la nuca con una mano y con la otra me agarró de la cadera. «Relájate, si luchas va a doler más», dijo, y no era una amenaza, era un hecho.
El dolor fue brutal, un desgarro seco que me hizo gritar contra el cojín del sofá. Él no se detuvo. Entró lento pero sin piedad, hasta el fondo, llenándome de una forma que nunca había sentido. Mi cuerpo se puso tenso, pero él empezó a moverse, y poco a poco, el dolor se mezcló con una sensación de placer tan intensa que me hizo ver las estrellas. Era invasivo, era posesivo, era como si me estuviera marcando por dentro.
«¿Te gusta que te folle el culo así, de perra?», me preguntó, jadeando, mientras me daba cada vez más fuerte. Yo no podía hablar, solo gemir, pero asentí con la cabeza. Era verdad. La crudeza, el dolor, la sumisión… me estaban llevando al borde más rápido que nunca.
Él notó que estaba a punto. Cambió el ángulo, agarrándome de las caderas con más fuerza, y empezó a darme unos embestidas cortas y profundísimas que me hacían gritar con cada una. «Vas a venirte con mi polla en el culo, ¿verdad?», me dijo, y no era una pregunta, era una orden. Y yo obedecí. Exploté con un grito ahogado, convulsionando alrededor de él, sintiendo cómo mi cuerpo se rendía por completo.
Eso lo terminó de enloquecer. Con un rugido, me agarró del pelo y me clavó hasta el fondo, soltando dentro de mi culo un chorro de leche caliente que sentí quemar. Nos quedamos así, jadeando, pegados, durante un minuto que podría haber sido una hora.
Cuando se separó, me dio una palmada en el culo, ya enrojecido y marcado. «No se lo digas a nadie», dijo, como si nada. Pero su mirada era distinta. Y la mía también.
Desde entonces, siempre inicio peleas que siempre terminan igual. Con él follándome el culo contra la pared, en la cocina, o en su cuarto, cada vez más fuerte, más rudo. Y yo, que pensaba que lo había probado todo, descubrí que cuanto más me duele, más grito, y más disfruto.


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