Por
Anónimo
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Me cogí a mi madrastra
Hola, me llamo Javier. Mi papá se divorció de mi mamá cuando yo tenía ocho años porque se enamoró de una mujer más joven que él, pero muy bella. Un día, durante mi juventud, los vi a los dos teniendo relaciones sexuales cuando ellos pensaban que yo estaba dormido.
Pasaron los años y comencé a crecer, pero en mí se despertó un deseo sexual prematuro. Durante mi etapa de crecimiento, en la casa que ellos compraron —donde me quedaba de forma esporádica—, comenzaron mis fijaciones hacia ella. Para que se hagan una idea, no es muy alta, mide cerca de 1.55 m, pero fue bendecida con grandes senos de aréolas marrones, piel blanca y grandes nalgas. Durante muchos años, al ser yo joven, ella usaba poca ropa estando en casa: batas transparentes, shorts tipo cacheteros, sin sostén y prendas delgadas que dejaban adivinar la lencería que llevaba debajo.
Así transcurrió el tiempo. Cuando cumplí 18 años —casi diez años después—, ella tenía muchos problemas con mi papá. Él viajaba con frecuencia por trabajo a otros estados y, cuando regresaba a casa, discutían. Por simple orgullo, él le quitaba la habla y se iba a dormir a otra habitación; además, le era infiel. Entre sus ausencias y la falta de comunicación por orgullo, ella y yo nos fuimos acercando, al punto de llegar a dormir juntos. Sin embargo, dentro de mí seguía presente aquel morbo que había nacido en mi infancia.
Una de tantas noches en que dormí en la misma cama con ella, aprovechando que mi padre estaba de viaje, se puso una bata de dormir debajo de la cual se traslucía un hilo blanco. Nos acostamos y la abracé, lo cual era habitual entre nosotros; pero esa ocasión fue distinta, pues los últimos meses las discusiones con mi padre se habían intensificado. Al abrazarla, acomodó sus nalgas contra mi pelvis y las dejó allí. Ella jamás había hecho algo así y yo tampoco me había atrevido a intentarlo.
Traté de mantener la compostura hasta que me pidió que le sobara el abdomen con la mano mientras estábamos en posición de cucharita. Le acaricié el abdomen por encima de la bata, pero me pidió que lo hiciera directamente sobre su piel para darle calor porque tenía frío. Se subió la bata, dejando sus nalgas en contacto directo con mi pene. Mi respiración comenzó a agitarse y ella acercó su nuca a mi rostro; su respiración también cambió y mi erección se hizo evidente sin disimulo. Ya estábamos en un punto sin retorno.
Mi mano comenzó a subir sutilmente hacia sus senos hasta tocar la base, bajaba hacia su abdomen y volvía a subir rozándolos sin separar jamás la mano de su piel, hasta que decidí posarla sobre ellos. Al sentir su peso, comencé a acariciarla y ella emitió un gemido. Después de eso, empecé a besar su cuello y su espalda mientras empujaba mi pelvis contra sus nalgas.
Mi excitación fue tal que la puse boca abajo sin quitarle la bata, solo se la subí para que no me estorbara. Me coloqué encima de ella, comencé a besar su espalda, a tocar sus nalgas y a deleitarme mientras gemía. Luego la volteé boca arriba; realmente no sabía qué hacer primero porque quería probar todo lo que durante años había soñado. Le toque la vagina por encima del hilo: estaba caliente y empapada. Aparte su prenda íntima y comencé a hacerle sexo oral, sintiendo el gusto que tanto había deseado.
Con la erección al máximo, necesitaba desahogarme. Le abrí las piernas y, sin quitarle la panty, la penetré desde arriba en posición de misionero. Comencé a embestirla mientras besaba su boca y sus senos. Ella gemía y yo aumentaba la intensidad. El ritmo de sus gemidos y todo lo que sentía me llevaron a eyacular dentro de ella; sentí cómo me descargaba por completo, experimentando un inmenso placer y satisfacción.
Aún jadeando, nos besamos. Me preguntó si me había gustado y le respondí que sí, que me había encantado. Se arregló la bata hasta el abdomen y nos pusimos de cucharita otra vez, mientras yo permanecía desnudo. Le besaba el cuello mientras jugaba con sus senos, y no tardé en tener otra erección. Comencé a acariciar sus nalgas y a humedecerla de nuevo mientras le mordía suavemente el hombro. Ella gemía hasta que me dijo: «Métemelo y dame un orgasmo».
Así, en cucharita, la penetré con fuerza mientras continuaba gimiendo. Le dije que la quería en cuatro puntos y se acomodó en esa posición. Encendí la lámpara de la mesita de noche —que daba una luz tenue— para contemplar la escena: unas nalgas blancas con el hilo a medio ladeado y la vagina húmeda. Me acerqué y comencé a penetrarla de nuevo. Empezó a gemir más fuerte; el impacto de la vestidura era intenso.
Me humedecí el pulgar con saliva y comencé a presionar en su ano hasta ingresar, estimulándola allí mientras continuaba el movimiento. Ella gemía con mayor fuerza, pero la casa era grande y el ruido de los aires acondicionados evitaba que los vecinos escucharan. Me dijo que quería llegar al orgasmo y me pidió que colocara sus piernas sobre mis hombros. Cambiamos de posición, apoyó las piernas en mis hombros y comencé a marcar el ritmo. Ella gemía mientras se tocaba el clítoris hasta que alcanzó un orgasmo intenso con eyaculación femenina.
Mientras ella gritaba por el orgasmo, aceleré el paso tanto como pude hasta alcanzar el mío, volviendo a eyacular dentro de ella. Me dijo que le había encantado. Fue al baño a asearse y me pidió que hiciera lo mismo.
Al regresar a la cama, me dijo que esto debía quedar entre los dos, que se sentía sola, que necesitaba a un hombre, que confiaba en mí y que me quería. Luego de eso se quedó dormida, mientras yo permanecía despierto pensando en lo sucedido: tenía al lado el cuerpo desnudo de mi madrastra tras haber estado con ella. Tenía ganas de continuar, pero me tocó aguantarme por esa noche.
Eso es todo por ahora.


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