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agosto 10, 2026

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Manos pequeñas, verga grande

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En la universidad fuimos a un viaje a otro estado. Todo iba tranquilo, pero al terminar las conferencias empezó la loquera. Nos juntamos varios en un cuarto a tomar; yo era de primer año y había gente de todos los semestres, entre ellos un chico de último año a quien yo le gustaba. Es alto, guapo, de tez bien morena, labios carnosos y cuerpo definido. Siempre le hacía burla porque tiene las manos pequeñas, a lo que él solo me respondía «solo las manos…» y yo no le daba importancia.

​En la peda jugamos verdad o reto. Me retaron a bailar le a alguien o besarme con el (todos sabían que el quería conmigo); no iba a bailarle a nadie, así que elegí el beso. Empezó suave, pero cuando intenté separarme, me jaló y profundizó el beso. Tiene los labios más carnosos y dulces que he probado. Me calentó a mil. Nos separamos, pero la tensión ya estaba al límite y a él se le notaba el bulto en el pantalón.

​Él se sentó a mi lado y, mientras la fiesta seguía, pasaba discretamente su mano por mi espalda y la curva de mis nalgas. Yo me hacía la disimulada, pero por dentro me moría: mi corazón iba a mil, la vulva me palpitaba y ya estaba completamente empapada.

​La gente se fue yendo y nos fuimos a nuestra habitación cuatro amigas (dos en cada cama). Él nos dijo que sus amigos estaban cogiendo en su cuarto y nos pidió quedarse. Aceptamos. Él y yo nos acostamos en la misma cama con otra de mis amigas, quedando yo en medio.

​En cuanto mi amiga se durmió, Él comenzó a acariciarme las piernas, la espalda y los brazos. Yo intenté hacerme la dormida un momento, pero la calentura me ganó: me giré, le pasé la pierna encima y lo besé. Fueron besos lentos y deliciosos, pero él dejó de tocarme y solo me besaba. Esa paciencia me desesperó, así que me le subí encima a frotarme. Traía un shortcito de pijama, pero a través de la tela se sentía mi vagina hinchada y chorreando. Eso lo puso loco.

​Me ordenó quitarme el short y los calzones. Me los quité y me quedé solo con una blusa de tirantes sin brasier, con los pezones duros y doloridos por las ganas de que me los chupara. En la oscuridad vi cómo se desnudaba. Me volví a subir en su regazo y, sin darme tiempo de nada, me la ensartó de golpe.

​Era la verga más grande con la que he estado. Sentí claramente cómo me abría y me estiraba por dentro. Fue un ardor delicioso que me llevó directo al límite.

​No me dejó acostumbrarme: me agarró para que lo montara. Estaba tan mojada que el sonido de la humedad resonaba en la habitación. Mientras lo montaba, mis tetas le rebotaban en la cara y le suplicaba que me las chupara, pero él me lo negaba. Me encantó que me hiciera rogarle. Cuando por fin me dio piedad y se las metió a la boca, sentí una vibración por todo el cuerpo; estaba a dos embestidas de venirme, pero el muy maldito se detuvo a propósito. Me frustró tanto que me dio coraje, pero ver cómo disfrutaba tenerme a su merced me calentó aún más.

​Como la cama crujía mucho y él quería darme durísimo sin despertar a mi amiga, me bajó al piso. Me puso de perrito a un lado de la cama, con la cara en la alfombra y el culo levantado, y empezó a darme estocadas aún más profundas. Yo me estaba volviendo loca, aguantándome los gemidos para no hacer ruido. Al voltear a verlo, el contraste era increíble: mis nalgas blancas rebotando contra su cadera morena.

​Después me levantó jalándome del pelo hasta pegar mi espalda a su pecho para seguir embestirme con ganas. Él también estaba al borde, sentía su corazón latiéndole en la espalda. Me agarró de la cintura con una mano y con la otra comenzó a pellizcarme los pezones mientras me daba con todo. Las piernas me temblaban, el clítoris me palpitaba y sentía cómo chorreaba mi humedad por mis muslos. Cada vez que sentía que me iba a venir, se frenaba. Desesperada, le encajé las uñas en el brazo y le supliqué en un susurro: «Ya por favor… ya».

​Eso lo volvió loco. Empezó a cogerme más rápido y fuerte. Ya no le importó el ruido de nuestros cuerpos chocando, la baba y mi humedad embarrada en su verga, ni nuestros gemidos contenidos. En un par de minutos no aguanté más y me vine muy fuerte. Quedé de rodillas con la cara en el piso sintiendo los espasmos del orgasmo, pero él siguió dándome duro mientras gemía riquísimo, hasta que sin avisar se vino adentro. Sentí los disparos de su semen caliente rellenándome. Se quedó un buen rato adentro mientras se le deshinchaba.

​Cuando me iba a levantar a limpiarme, me detuvo y me ordenó ponerme la pijama así tal cual. Él se vistió y nos acostamos a dormir. Acostada a su lado, sentía perfectamente cómo su semen me salía la vagina, manchando mi ropa y la cama. Qué delicia de sueño tuve esa noche.

​Al día siguiente, durante las actividades del viaje, el dolorcito entre las piernas al caminar me recordaba cómo me había abierto. Después lo hablé con mis amigas: ninguna escuchó nada. Me reventaron como nunca a medio metro de ellas y ni se enteraron.

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