Mamada en el carro
Ay, ¡esta historia me tiene todavía con las piernas temblando! Fue en esa fiesta en Chapinero, la que me invitó mi amiga Camila, donde conocí a esa diablita que me volvió loca. La vi desde lejos, con ese jean tan apretado que parecía pintado y ese top que dejaba ver todo lo que ofrecía. No pasaron ni dos tragos cuando ya estábamos en un rincón, hablando mierda y rozándonos como si nadie más existiera.
«¿Y si nos vamos a un sitio más… privado?», me susurró al oído, con esa voz ronquita que me hizo sentir calor en todo el cuerpo. Yo, que no soy pendeja, le seguí el juego: «¿Y qué tal tu carro?». La muy zorra no lo pensó dos veces. Nos despedimos rápido, como si no pasara nada, y salimos a la calle, donde su carro estaba estacionado en esa esquina medio oscura, perfecta para lo que íbamos a hacer.
Apenas cerramos las puertas, ya estábamos encima. Sus labios sabían a tequila y cigarrillo, pero eso solo me prendió más. Le metí la lengua como si fuera mi última noche en la tierra, y ella me respondió con unos gemidos que me hicieron mojar al instante. «Quiero probarte», me dijo, bajando hasta mi cuello, luego a mis tetas, y ahí fue cuando supe que esa noche no iba a olvidarla nunca.
Me desabrochó el brasier con una mano mientras con la otra ya me estaba tocando por encima del pantalón. «Ay, qué rica estás, mami», me dijo, y yo solo pude soltar un «¡Chupame, pues, hijueputa!». Y vaya que lo hizo. Bajó como una profesional, me corrió la tanga a un lado y me clavó la lengua como si su vida dependiera de eso. ¡Uf! La muy perra sabía lo que hacía: lenta al principio, como saboreándome, y luego más rápido, más duro, hasta que me agarró de las caderas y me empujó contra el asiento.
Yo gemía como loca, tratando de no hacer tanto ruido, pero era imposible. Cada vez que su lengua me daba una pasadita, sentía que me iba a venir. «No tan rápido, putita», le dije, pero ella solo me miró con esos ojos de «callate y disfruta». Y entonces… ¡zas! Me metió un dedo en el culo sin avisar. ¡AY, POR DIOS! Casi me corro ahí mismo.
«Te gusta, ¿verdad?», me preguntó, mientras seguía mamándome como si fuera su último desayuno. Yo solo pude asentir, porque con la boca no podía hablar, solo gemir como una perra en celo. Sentía sus dedos en mí, uno en la concha, otro en el culo, y su lengua haciendo maravillas. Era demasiado, pero no quería que parara.
Pasaron como quince minutos, pero parecían horas. El carro estaba lleno de nuestros gemidos, el vidrio empañado, y yo ahí, sudando como si hubiera corrido un maratón. Hasta que no pude más. «Me voy a venir, hijueputa», le avisé, pero ella no se detuvo. Al contrario, metió los dedos más profundo y me chupó como si quisiera sacarme el alma por ahí abajo.
Cuando el orgasmo me llegó, fue tan fuerte que hasta me dolió. Grité su nombre (o algo parecido, porque ni me acuerdo bien), y ella solo se rió, limpiándose la boca como si acabara de terminar el mejor plato del mundo. «Qué rica sos», me dijo, y yo, todavía temblando, solo pude responder: «Y vos qué hijueputa».
Nos arreglamos rápido, como si nada hubiera pasado, pero cuando volvimos a la fiesta, no podíamos dejar de mirarnos. Cada vez que pasaba cerca de mí, me susurraba: «Te como de nuevo cuando quieras». Y yo, la muy caliente, ya estaba pensando en dónde sería la próxima vez.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.