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Anónimo

junio 10, 2026

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Lo que vi esa Navidad

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Tenía 17 y esa Navidad todo parecía normal. La casa de mi abuela llena de luces, música de fondo, las tías peleando por la ensalada de manzana. Yo andaba aburrido, buscando dónde cargar el celular, cuando pasé por el pasillo del fondo. La puerta del cuarto de invitados estaba entreabierta. No sé por qué me asomé. Debí seguir de largo.

Pero me asomé.

Y ahí vi a mi mamá. Mi propia mamá. En cuatro patas arriba de la cama, con las piernas bien abiertas, la falda navideña subida hasta la cintura y las tanga rojas corridas a un lado. Detrás de ella, mi primo. El gordo. El que siempre se sentaba solo a comer tamales. El que mide como 1.80 pero parece un barril con patas. Ahí estaba él, agarrándole las caderas a mi jefa y metiéndosela toda.

No exagero: se la estaba cogiendo como si no hubiera un mañana.

Yo me quedé helado. No podía mover las piernas. Mi mamá gemía, pero no de esas veces que uno escucha en las películas porno, no. Gemía ronco, como medio ahogado, con la cara enterrada en la almohada. Y mi primo respiraba pesado, bien animal. Cada embestida hacía chirriar el colchón viejo de mi abuela. Vi cómo le agarraba el pelo a mi mamá y tiraba. Vi cómo ella arqueaba la espalda más y más.

Lo más cabrón es que ella no estaba forzada. Para nada. De hecho, en un momento metió la mano atrás y le apretó la nalga a él, como diciéndole “sigue, no pares”. Él se reía entre dientes. Luego ella sola se abrió más las nalgas para que él entrara más hondo. Yo nunca había visto a mi mamá así. Esa mujer que me regañaba por no tender la cama, que me hacía hacer la tarea antes de la tele, ahí estaba hecha una perra en cuatro patas para su sobrino.

Sentí asco. Y también sentí otra cosa. Una calentura bien culera que no quería sentir. Se me paró el nepe solo de ver cómo mi primo le daba duro y ella movía el culo para recibirlo. Cuando él se vino, gimió bien fuerte y mi mamá se quedó temblando. Ahí reaccioné. Me fui caminando despacio, sin hacer ruido, y me metí al baño a fingir que no había visto nada.

Nunca les dije nada a nadie. Pero cada Navidad, cuando veo a mi primo gordo abrazando a alguna vieja, me acuerdo de esa imagen. Y me da coraje. Y también me pone duro. No sé si estoy mal de la cabeza. Pero así fue.

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