Por
Anónimo
Las curaciones
Mi madre es enfermera, tiene 42 años y es madre soltera. Nos llevamos bastante bien, a pesar de que hay días en los que por su trabajo no la veo. Esta historia ocurrió hace 3 meses. Mi mamá tomó vacaciones en su trabajo y estuvo todo el tiempo en casa, recuperándose de las desveladas. En ese momento estábamos pensando en ver el mundial y pasar mucho tiempo de diversión, nada raro.
Sin embargo, durante los últimos días antes de cada, un amigo mío, llamémosle Fernando, tuvo un accidente jugando fútbol. Se lastimó un tobillo y al platicarle a mi mamá sobre eso, ella se ofreció a revisarlo. Desde nos dijo que por poco y habría sido una fractura, pero que con algunos cuidados, mi amigo estaría perfecto en poco tiempo. El único problema es que los papás de mi amigo trabajan mucho y no están la mayor parte del día en casa. Así que mi mamá dijo que se podía quedar en nuestra casa sin problema, al menos unos días. Y como Fernando y yo ya nos conocíamos desde hace bastante, no vimos problema en ello.
De hecho, al principio todo era normal. De cuando en cuando, Fernando al platicar conmigo, de a poco le hacía un comentario a mi madre sobre fútbol o «lo mal que me iba en la escuela», y no solo con las materias sino con mis compañeras que no me hacían caso, pero esa es otra historia. De a poco, mi madre se unía al bullying y entre los tres nos hacíamos bromas sobre lo cotidiano, antes de pasar a las curaciones que mi mamá le hacía. Bastante dolorosas al parecer, pues siempre veía que Fernando apretaba los dientes y se le salía una que otra lágrima por el dolor, aunque obviamente nunca lo aceptó. Aún así era material de bromas. Los días pasaron así, mi madre lo revisaba al menos dos veces al día, al despertar y antes de dormir.
Hasta que una noche, desperté de madrugada y me dispuse a ir al baño. Al volver, pasé por la recámara donde dormía Fernando y escuché ruidos… quejidos que parecían ahogados, y pensé que eran a causa del dolor de la lesión que tenía. Al acercarme a la puerta, noté que tenía el seguro puesto, lo que me pareció raro, ya que nunca ocurría cuando normalmente no. Entonces, escuché a mi madre detrás de la puerta soltar un gemido fuerte para después decir: «Espérate, así no va a entrar, déjame acomodo bien»…


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