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noviembre 13, 2025

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La vida que nos tocó

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La primera vez que lo sospeché fue un martes. Llegó con un vestido negro demasiado corto y unos tacones que nunca había visto. Olía a un perfume barato, dulzón, que le pegaba a la piel como una mancha. Antes, cuando era abogada, usaba uno suave, de flores. Ahora apestaba a calle.

«Tengo una cena de trabajo, mi amor,» me dijo, evitando mis ojos. Su sonrisa era tensa, un hilo a punto de romperse.

Asentí sin decir nada. No era una cena. Las cenas de trabajo no te dejaban moretones en los muslos. No te hacían llorar en la ducha a las tres de la mañana.

Todo se jodió con ese caso. Un tipo peligroso, de esos que salen en las noticias. Mi mamá, siempre tan segura, tan inteligente, perdió. Y las amenazas llegaron como balas. «Si perdés, te quemamos la casa con vos y tu hijo adentro.» Tuvimos que huir con lo puesto. De nuestra casa con jardín a este hueco en la vecindad. La amiga, doña Carmen, nos recibió. Al principio fue un alivio. Luego se convirtió en nuestra cárcel.

El dinero se acabó rápido. Las facturas se apilaron. Vi a mi mamá desmoronarse. La vi llorar frente a la calculadora, sumando números que nunca le daban. Doña Carmen «ayudó». Le presentó a un tal Mauricio. Un tipo con anillos gruesos y una sonrisa que no llegaba a los ojos. Le ofreció un «trabajo fácil». Mi mamá, con la mirada perdida, dijo que lo pensaría.

Una semana después, empezó a llegar con dinero. Billetes arrugados, a veces manchados. Ya no olía a su perfume. Olía a cigarillo y a hombres extraños.

Los chicos de la vecindad fueron los primeros en soltarlo. «¡Oye, tu mamá es una puta!» me gritó el mayor de los hermanos Castillo, escupiendo las palabras en mi cara. Me quedé paralizado. Porque en el fondo, yo ya lo sabía. Solo que oírlo en voz alta me partió en dos. Ahora camino por los pasillos y oigo los cuchicheos. «Es el hijo de la zorra.» Bajo la cabeza y aprieto el paso.

Pero lo peor no son las burlas. Lo peor es la noche.

Mauricio empezó a venir más seguido. Primero era solo para «reuniones de trabajo». Luego se quedaba a cenar. Ahora prácticamente vive aquí. Y por las noches, el sonido.

Nuestra casa es pequeña. Las paredes son de tabique delgado. Yo duermo en la misma habitación, solo separado por un biombo. No hay privacidad. No hay escape.

Anoche fue particularmente fuerte. Me despertó el gemido de mi mamá. No era un gemido de placer. Era un quejido corto, ahogado. Luego la voz ronca de Mauricio. «Más abierta, puta. Así te gusta, ¿no? Ser mi perra.»

El sonido de los golpes contra la pared, sordos, rítmicos. La cama crujiendo como si se fuera a romper. Podía oír su respiración, jadeante, sudorosa. Él le hablaba con un desprecio que me helaba la sangre.

«Sos mi mejor mercancía, ¿sabés? Esa conchita de abogada fina todavía le vuelve locos a los clientes.»

Y ella, mi mamá, la mujer que me enseñó a leer, la que ganaba casos en tribunales, gemía una sola palabra: «Sí.»

Sí. Así, con esa sumisión que le rompió algo dentro de mí para siempre.

El ruido se aceleró. Los jadeos se hicieron más fuertes, más desesperados. Él gruñía como un animal. «¿Te gusta que te folle el mismo culo que alquilaste anoche, puta?»

Silencio. Y luego, su voz, tan baja que casi no la oí, quebrada: «Sí, papi.»

Fue como una puñalada. «Papi». Él no es su papi. Él es el monstruo que la tiene atrapada.

Escuché el sonido final, un golpe seco, y su grito agudo. Luego el silencio pesado, solo roto por su respiración entrecortada. Él dijo algo, yo no lo oí. Solo el crujido de la cama cuando se levantó.

Al rato, la puerta del baño se abrió. La oí vomitar. Sonidos guturales, de asco, de vacío. Luego el agua corriendo. Lloraba. Lo sé. Llora todas las noches después de que él se va o se duerme.

Esta mañana la vi. Tenía moretones en el brazo, con la forma de unos dedos. Se puso mangas largas a pesar del calor. Sus ojos estaban hinchados. Intentó sonreírme, preparando el desayuno. «Hoy voy a buscar otro trabajo, ya verás,» dijo, pero sus palabras no tenían fuerza. Era una mentira que las dos sabíamos que no se cumpliría.

Mauricio salió de la habitación, estirándose. Se acercó a ella y le apretó el culo por encima del vestón. «Te paso a buscar a las ocho, preciosa. Tenés dos turnos hoy.»

Ella solo asintió, mirando el suelo.

Él es su «novio». Pero la sigue prostituyendo. La alquila. La usa. Y ella lo permite porque no le queda nada. Porque tenemos que comer. Porque tenemos miedo.

A veces, en la oscuridad de mi cuarto, me pellizco hasta sangrar. El dolor físico es más fácil de soportar que este nudo de rabia e impotencia que me quema por dentro. Quisiera tener la edad, la fuerza, para enfrentarme a Mauricio. Para sacarla de esto. Pero solo soy un niño. El hijo de la prostituta.

Y lo más jodido de todo es que todavía la quiero. La quiero más que a nada. Y cuando la veo intentando ser fuerte, cuando me abraza y me dice que todo va a mejorar, aunque sea una mentira, una parte de mí se aferra a eso como a un salvavidas en medio de este mar de mierda en el que nos hundimos.

Oigo la puerta. Es ella. Llega temprano hoy. Sus pasos son lentos, arrastrados. La escucho suspirar antes de abrir la puerta. Voy a fingir que estoy durmiendo. Es más fácil para los dos. Mañana será otro día. Otro día en esta vida que ya no nos pertenece. Otro día en el que mi mamá, la abogada, se pondrá ese vestido demasiado corto y se convertirá en otra mujer para hombres que no merecen tocarla. Y yo, aquí, impotente, seré solo el niño que escucha y guarda silencio.

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