agosto 12, 2026

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La novia de mi hermano

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En el trabajo conocí a una chica delgadita y güerita. Traía buen cotorreo, era fácil tratarla y se sentía cómoda su presencia. Un día nos pidieron doblar turno de noche por exceso de pedidos. Como en el jale no puedes decir que no, ahí estábamos la mayoría del departamento.

Con el paso de las horas se empezó a sentir el cansancio. Uno por uno se fueron quedando dormidos. Yo seguía despierto, pero con ella a mi lado no me daba sueño… me daba otra cosa. Esos leggins negros tan apretados le marcaban las nalgas de una forma que daban ganas de morderlas.

Empecé a pasar por detrás de ella y a darme arrimones. Hasta que en uno de esos pases mi verga, ya bien dura, se le clavó entre las nalgas. Volteó y me preguntó en voz baja:

—¿Por qué haces eso?

—Ocupo estar pasando por cosas que ocupo.

Ella me miró un segundo.

—Ok… pero pide permiso.

Me le pegué al oído:

—¿Me das permiso de encargarte en la mesa, en la pared y en la silla?

Asintió.

La agarré de la cintura y la llevé detrás de unos anaqueles. Le bajé los leggins junto con la tanga y me saqué la verga. Antes de metérsela, la voltee y le dije que se hincara. Se arrodilló sin decir nada. Le puse la verga en los labios y abrió la boca. Me la empezó a chupar despacio al principio, luego con más ganas, mirándome mientras me la metía hasta adentro. Tenía la boca caliente y sabía hacerlo bien rico. Me la mamó con saliva, con ganas, hasta que se me escaparon gemidos bajitos.

Cuando ya estaba a punto de venirme, la levanté, la voltee de espaldas y la recargué sobre la mesa. Le abrí las nalgas y le lami el culo. Le pasé la lengua por el ano despacio, empujando un poco. Sabía dulce. Se le aflojaron las piernas y soltó un gemido ahogado cuando le metí la lengua más adentro. Se la estuve lamiendo un buen rato, saboreándola, mientras ella se retorcía contra la mesa.

Después me paré, le escupí a la verga y se la empecé a meter. Estaba empapada. La cogí fuerte, agarrándola de las caderas, viendo cómo su culo rebotaba cada vez que le daba hasta el fondo. La volteé, la subí a la mesa y se la segui metiendo de frente. Luego la pegué contra la pared, le levanté una pierna y se la enterré más profundo. Al final la senté en una silla, me la monté al revés y la usé hasta que los dos terminamos temblando y sin aire.

Esa noche nos la pelamos completo: me la chupó bien rico, le comí el culo (y sabía dulce), y me la cogí en la mesa, en la pared y en la silla.

Seguimos viéndonos a escondidas un tiempo más, hasta que me cambiaron de planta a otra ciudad. Antes de irme le dije a mi hermano que había una vacante en donde yo trabajaba y que se diera una vuelta a ver si podía entrar. Fue, aplicó y quedó.

Ahí se conocieron.

Yo me desconecté por completo. Cambié de número, de vida, y dejé de tener comunicación con ella. Pasaron los años.

Un día me llegó un mensaje de mi hermano: la invitación a su boda.

Cuando vi el nombre de la novia se me fue el aire. Era ella. La misma delgadita güerita a la que me había cogido esa noche, la misma que me había chupado la verga con tanto gusto y a la que le había lamiendo el culo mientras se retorcía sobre la mesa.

Fui a la boda. La vi de blanco junto a mi hermano. Y mientras todos felicitaban a los novios, yo solo podía recordar el sabor dulce de su culo y la forma en que me miraba cuando me la estaba mamando.

Ironías de la vida.

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