La madura que me dio la lección
Coño, a mis 55 años ya había visto de todo en esta vida, pero lo que me pasó con Gloria no me lo esperaba ni en mis mejores sueños. La conocí en una fiesta de un sobrino en Maracay, una rumba familiar de esas donde termina todo el mundo borracho y bailando salsa. Yo estaba ahí, tomándome mi fría, viendo a las muchachas más jóvenes, como siempre, cuando de repente la vi a ella. Una mujer con sus años, debe tener como 65, pero bien cuidada, con un vestido rojo que se le marcaban unas curvas que todavía pedían guerra. Nos presentaron y empezamos a hablar, la señora tenía una labia que me encantó, se reía de mis chistes malos y me miraba con unos ojos que decían «yo todavía doy pelea».
Empezamos a bailar, una salsa suavecita al principio, pero luego sonó un merengue y ahí fue donde la cosa se piso. Ella se pegó a mí como lapa, moviendo esas caderas que todavía tenían un ritmo envidiable. Yo la agarré de la cintura y la sentía caliente a través del vestido. «Frank, tú eres un peligro», me dijo al oído, y su aliento a ron con Coca me puso la piel de gallina. «Y tú eres una bomba, mi amor», le contesté, y la apreté más contra mí, sintiendo cómo mi amiguito ya empezaba a despertar ahí abajo.
La fiesta se estaba acabando y yo no quería que se fuera. «Oye, Gloria, ¿por qué no nos vamos para mi casa a seguir la rumba?», le propuse, medio en broma medio en serio. Ella me miró, se mordió el labio y asintió. «Déjame llamar a mi casa primero», dijo, y se fue con el teléfono. Yo ya me estaba frotando las manos, pensando que con suerte me la llevaba a dar una vuelta y ya. Pero cuando volvió, tenía una sonrisa pícara. «Les dije que me quedaba en casa de una amiga, que no me esperaran». Coño, ¡la señora sabía mentir mejor que un político!
En el carro, camino a mi casa en Cagua, no podíamos dejar de tocarnos. Mi mano en su muslo, su mano en mi pierna, acercándose peligrosamente a mi bulto que ya parecía un poste de luz. «Tranquilo, Frank, que llegamos», me decía, pero se notaba que ella también estaba ansiosa. Cuando por fin llegamos, apenas crucé la puerta la empujé contra la pared y le di un beso que nos dejó a los dos sin aire. Su boca sabía a ron y a mujer, una combinación que me volvió loco. Mis manos le bajaron el cierre del vestido y ese rojo cayó al piso, dejándola en sostén y pantaleta negros. ¡Ave María! Qué tetas se cargaba la señora, grandes, firmes, con unos pezones que se marcaban a través de la tela. Me los agarré y los apreté, y ella gimió como una muchacha.
La llevé casi a rastras hasta mi cuarto y la tumbé en la cama. Empecé a chuparle esas tetas como si no hubiera un mañana, mordisqueando sus pezones duros mientras mis manos le bajaban la pantaleta. Cuando por fin la tuvo toda desnuda, me quedé mirándola. A sus años, su cuerpo era una maravilla, con algunas arrugas, sí, pero con una piel suave y unas curvas que hablaban de una vida bien vivida. «¿Qué esperas, Frank?», me dijo, y en ese momento me saqué la ropa en dos segundos.
Mi verga, que ya estaba dura como un palo, saltó libre. Ella la miró y sus ojos se abrieron. «Coño, Frank, con razón tienes esa fama», dijo, y la agarró con la mano, jalándomela suavemente. Pero yo no quería que empezara por ahí. La puse boca abajo y le empecé a morder las nalgas, que eran redondas y firmes, mientras mis dedos buscaban su chocho por debajo. Cuando los metí, estaba mojadísima, caliente, apretada. «Así, papi, así», gemía, enterrando la cara en la almohada.
Le di por el culo primero, porque se veía que le gustaba. Puse la punta de mi verga en su ano, que estaba bien cerradito, y empecé a empujar despacio. Ella gritó, pero no de dolor, sino de placer. «Sí, métemela toda por ahí, Frank», me rogó, y yo no me hice de rogar. Cuando entró completa, sentí que me moría. Estaba tan apretado ahí adentro que casi me vengo al instante. Agarré sus caderas y empecé a darle duro, escuchando cómo sus gritos se mezclaban con el sonido de nuestras pieles chocando. No duré mucho esa primera vez, la verdad. En unos minutos ya estaba viniéndome adentro de su culo, con unos gemidos que debieron escuchar los vecinos.
Pero eso era solo el calentamiento. Después de descansar un rato, nos fuimos a la ducha juntos. Bajo el agua caliente, ella se arrodilló y me empezó a chupar los huevos, lamiéndolos como si fueran un helado. Luego se tragó mi verga entera, que ya se estaba volviendo a parar, y la mamó con una habilidad que me dejó boquiabierto. Movía la lengua alrededor de la cabeza, metía y sacaba, y me miraba con esos ojos mientras lo hacía. «A ti te encanta esta verga, ¿verdad?», le dije, y ella, sin sacármela de la boca, asintió. Me vine por segunda vez en su boca, y ella se tragó todo sin dejar una gota.
Cuando salimos de la ducha, el sol ya estaba alto. «Tengo hambre, Frank», me dijo, y fue a la cocina, todavía desnuda, a hacernos el desayuno. Yo me quedé en la cama, viendo cómo se movía por mi casa, con ese culo que se mecía de lado a lado, y no podía creer mi suerte. Mientras comíamos arepas con queso, nos reíamos como dos adolescentes, contándonos nuestras vidas. Ella me dijo que llevaba más de 40 años casada con un tipo aburridísimo que solo quería ver televisión. «Hace años que no me cogían así», me confesó, y a mí se me infló el pecho de orgullo.
Después del desayuno, la llevé otra vez a la cama. Esta vez fue más lento, más sabroso. La puse encima de mí y ella se montó, moviendo sus caderas con una experiencia que solo dan los años. Yo le agarraba las tetas, que se balanceaban sobre mí, y la miraba cómo cerraba los ojos y gemía. «Esta es la mejor mañana de mi vida», susurró, y yo le creí. Cambiamos de posición, la puse a cuatro patas y le di por el culo otra vez, pero más despacio, disfrutando cada metida. Ella gimió y se vino con unas sacudidas que me hicieron saber que estaba siendo sincera.
Almorzamos lo que sobró del desayuno, pero esta vez en la cama, desnudos, riéndonos como locos. Después del almuerzo, nos echamos una siesta abrazados, y cuando despertamos, las ganas estaban otra vez ahí. Esta tercera vez fue la más salvaje. La puse contra la pared del cuarto y le di por delante, metiéndosela hasta el fondo, agarrándola del cuello suavemente mientras le juraba cosas al oído. «Eres el mejor polvo que he tenido en años», me gritó, y eso me prendió más. La llevé al borde de la cama, le abrí las piernas y le di sin piedad, sintiendo cómo su chocho se apretaba alrededor de mi verga como si no quisiera soltarme. Cuando por fin me vine, por tercera vez en ese día bendito, los dos caímos exhaustos, cubiertos de sudor, sin poder creer lo que habíamos hecho.
Por la noche, ella se tuvo que ir. Antes de irse, me ayudó a limpiar la casa, todavía desnuda, como si fuera su hogar. «Frank, esto no puede quedar así», me dijo, y yo sabía lo que quería decir. «Cuando quieras, mi amor, esta casa es tuya», le contesté, y le di un beso de despedida que supo a promesa.
Cuando se fue, me quedé solo en mi casa, oliendo todavía a su perfume y a sexo. A mis 55 años, una mujer de 65 me había dado la lección de mi vida. Tres veces en un día, coño. Y yo, que pensaba que lo había hecho todo con la mujer de mi compadre, me di cuenta de que todavía me faltaba mucho por aprender. Gloria me mostró que la experiencia es un punto a favor, y que una mujer con años sabe exactamente lo que quiere y cómo darlo. Ahora, cada vez que suena el teléfono, espero que sea ella, diciéndome que le mintió de nuevo a su marido y que viene para otra sesión de desayuno, almuerzo y cena. ¡Así es la vida, mi hermano!


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