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La lección en el pasillo
Hace un tiempo no quería ir a la fiesta en vestido, pero mi novio me insistió diciendo que quería que sus amigos vieran lo rica que yo estaba para sentirse bien él. Insistió tanto que al final acepté. Me puse un vestido negro, corto, bien pegado al cuerpo. Me miré al espejo y sabía que iba a provocar. Pero no imaginaba hasta dónde.
Llegamos a la casa, música alta, luces de colores, mucha gente. Tomé poco, solo un par de tragos para entrar en calor. Mi novio, en cambio, estaba con unas cuantas copas encima. Se la pasaba nalgueándme delante de todos, manoseándome el culo sin disimulo. «Miren qué culo tiene mi mujer», decía a sus amigos. «Solo yo sé lo que es cogerme esto». Yo me reía incómoda, pero él seguía. «¿Viste estas tetas? Son todas mías. La pongo en cuatro y gime como una puta».
Creo que uno de ellos se lo tomó personal. Un tal Marcos, grandote, de unos treinta, con una barba espesa y los brazos tatuados. Cuando notó que mi novio se fue a otra habitación a buscar hielo o quién sabe qué, se me acercó rápido. Me agarró del brazo y me llevó contra la pared del pasillo, donde casi no llegaba la luz.
«¿Tu marido dice que solo él sabe cogerte?», me dijo al oído. La voz era ronca, grave. Yo no respondí. Sentí su mano en mi pierna, subiendo despacio por el muslo. Sus dedos ásperos, calientes. Me levantó el vestido, poco a poco. Yo estaba paralizada. El corazón me latía en la garganta.
Pero a la vez, algo se encendió. Mi novio me había puesto como un objeto ahí delante de todos. Como una copa que se pasa. Quise darle una lección. Quería que supiera lo que se siente. Así que abrí las piernas un poco. Solo un poco. Marcos lo notó al instante.
Sus dedos llegaron a mi tanga. La apartó con un movimiento seco. Sentí el aire fresco en mi concha, y después sus dedos, directo, mojándose al instante. «Estás empapada, putita», dijo. Metió un dedo, después dos. Yo me mordí el labio para no gemir. Miré hacia los lados y vi a otros dos tipos, amigos de mi novio también, que se habían puesto a los costados del pasillo. No cuidaban que viniera nadie. Cuidaban que nadie interrumpiera.
Uno de ellos, el más joven, se acercó y me levantó la cara. «Abre la boca», dijo. Tenía la verga ya afuera, parada, goteando. Obedecí. Me la metió entera, hasta el fondo, mientras Marcos seguía metiéndome los dedos y otro más me agarraba las tetas por detrás, apretando fuerte, arrancándome el corpiño del vestido.
No sé cuánto tiempo pasó. Escuchaba los gemidos de ellos, los míos ahogados. Sentí que Marcos se bajó los pantalones. Después su verga, caliente y gruesa, empujando mi entrada. Me la metió de una, sin aviso, mientras yo seguía con la boca llena de la del otro. Cada embestida me clavaba contra la pared. El que estaba detrás me manoseaba las tetas, me pellizcaba los pezones hasta hacerme doler.
Cuando el de mi boca se vino, lo sentí tensarse, y después chorros calientes en mi garganta. Me obligó a tragar. «Todo», dijo. «Trágatelo todo». Lo hice. Su sabor a sal y a hombre.
Marcos todavía no acababa. Me sacó de la pared y me puso en cuatro en el piso del pasillo. La baldosa fría en las rodillas. Siguió dándome por detrás, más fuerte, más profundo. El otro, el de las tetas, se puso frente a mí y me metió la verga en la boca otra vez. Así, con dos vergas a la vez, una atrás y una adelante, me sentía llena, usada, puta.
El tercero, el que cuidaba, no aguantó más. Se bajó los pantalones y se puso a hacerse una paja mirándome, mirando cómo me cogían. «Qué zorra», decía. «Mírenla, es una puta». Y yo gemía con la boca llena, afirmando con la cabeza.
Marcos se vino dentro. Lo sentí caliente, llenándome. Después se sacó y me puso de rodillas. Los tres me rodearon. Tenía la cara llena de saliva, los ojos llorosos. «Limpia esto», dijo uno, señalando su verga sucia. Los lamí a los tres, uno por uno, dejándolos limpios. Sabían a mí, a ellos, a sexo.
Cuando terminaron, se subieron los pantalones y se fueron como si nada. Yo me quedé ahí, en el piso del pasillo, con el vestido roto, la concha chorreando, la boca pastosa. Escuché risas a lo lejos. Después, los pasos de mi novio que volvía.
«¿Todo bien?», preguntó, medio borracho, viéndome arreglarme el vestido. «Sí», dije. «Todo bien».
Me levanté y me fui al baño a limpiarme. En el espejo me vi: los labios hinchados, las marcas de los dedos en las tetas, el maquillaje corrido. Sonreí. Mi novio nunca supo que su lección se la dieron sus propios amigos. Y yo, todavía siento sus vergas cuando me acuerdo. Todavía me mojo.


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