Por
La culpa y el morbo
Estoy temblando mientras escribo esto. Siento el pecho apretado, como si apenas pudiera respirar, pero tengo que confesarlo… porque la culpa me está ahogando y la vergüenza me quema tan cabrón que ya no me la puedo guardar.
Amo a mi novio. De verdad. O al menos eso me digo a mí misma. Es tierno conmigo, me abraza cuando estoy triste, me hace sentir segura. Pero ahora cada vez que lo veo, lo único que veo es la mentira en la que estoy viviendo. Porque a sus espaldas, lo estoy traicionando de la forma más asquerosa e íntima posible… y no puedo obligarme a parar.
Mi mejor amigo ha estado en mi vida desde siempre. Conoce cada parte de mí —la verdadera yo. Esa que le escondo a mi novio. Hace unos meses empezó a pedirme nudes. Al principio me reí, con el corazón latiendo a mil, diciéndome que era solo coqueteo, un juego pendejo. Pero cuando me escabullí y le mandé esa primera foto —las chichis de fuera, los pezones duros, la cara roja de culpa y de morbo— algo se rompió dentro de mí.
Ahora ya no es un juego. Es una adicción.
Cada vez que me pide nudes, sin importar qué esté haciendo, obedezco. Si estoy abrazada con mi novio en el sillón, le digo que voy al baño y me encierro ahí, desvistiéndome con lágrimas en los ojos mientras me tiemblan las manos. Me aprieto las chichis para él, me pellizco los pezones hasta que me arden, me agacho para que me vea las nalgas, abro las piernas y le enseño qué tan mojada me pongo de solo saber que se va a hacer una chaqueta pensando en mí. A veces grabo videos —metiéndome los dedos en silencio, mordiéndome el labio para no hacer ruido, susurrando su nombre como si fuera una oración cochina mientras mi novio está a un cuarto de distancia.
Me siento de la chingada después. Cada pinche vez. La vergüenza me cae encima como agua helada. Me veo al espejo, con el rímel corrido, pensando “¿qué chingados tengo de malo?”. Soy un asco. Soy una infiel. Le estoy haciendo daño a la única persona que de verdad me quiere. Pero en el segundo en que mi mejor amigo me vuelve a pedir… la panocha me palpita, se me revuelve el estómago con ese rush horrible y delicioso, y lo hago de todos modos. Le mando todo lo que quiere. Al instante. Sin preguntas. Sin negarme.
Me odio por lo mucho que se me antoja su atención. Me dice que mi cuerpo está perfecto, que se viene viendo mis fotos cada noche, que soy su secretito sucio. Y me derrito. Mi novio jamás me podría hacer sentir tan cochina y deseada al mismo tiempo. Así que sigo traicionándolo. Una y otra vez.
Lo siento tanto. Lo siento un chingo.
Pero cuando él me pide, aún así dejo todo, me encuero, poso como su putita personal, y le doy enviar con las lágrimas escurriéndome por la cara.
No sé cómo parar.
Y en el fondo, en la parte más oscura de mí… me da pánico que ni siquiera quiera parar.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.