Por
La concha de la novia de mi hijo
La verdad que con los años uno va perdiendo el asombro, pero hay cosas que todavía te dejan la cabeza dando vueltas. Yo, Freddy, cincuenta y un años, correntino de pura cepa, creí haberlo visto todo. Después de lo de mi cuñada, pensé que nada me podía sacudir. Pero la vida te da sorpresas, y esta vez vino en forma de una chica peruana, chatita como le dicen, que mi hijo Facundo trajo a casa hace un mes.
Se llama Rosa. Diecinueve años nomás, ilegal, con esa mezcla de miedo y esperanza en los ojos que te parte el alma. O te calienta la sangre, depende cómo lo mires. Mi hijo, el boludo, se cree el cancherito por tener una novia extranjera. Ni se da cuenta de la bomba que tiene al lado. Yo sí. Desde el primer día que la vi, con ese jean ajustado que le marcaba un culo redondo y esas tetas que se le querían escapar de la remera, supe que iba a haber problema.
El pibe la instaló en la pieza de visitas, acá en mi casa, porque ella no tiene dónde caerse muerta. Yo le dije que sí, qué iba a hacer, dejarla en la calle. Pero cada vez que la veía pasar, con ese andar de caderas anchas, se me hacía un nudo en la garganta y otro en el pantalón. Mi mujer, Estela, ni se inmuta, vive en su mundo. Y mi cuñada, Sandra, la otra loca, anda caliente porque no le doy bola hace semanas. Pero esta Rosa… esta Rosa era otra cosa.
La cosa se dio hoy a la tarde. Facundo se fue a jugar al fútbol con los pibes, como todos los sábados. Estela se fue de compras con una amiga. La casa quedó sola, silenciosa. Yo estaba en el living, viendo un partido de fútbol de relleno, tomando un fernet, cuando la veo a Rosa salir de su cuarto, en short corto y una musculita que se le transparentaban los pezones. Oscuros, grandes. Se me paró al toque.
“¿Freddy, tenés algo para la tos?”, me preguntó, con esa voz suave, con ese acento cantadito que me vuelve loco. “Me está matando la garganta.”
“Ahí en la cocina, en el armario de arriba, hay un jarabe”, le dije, tratando de no mirarle las tetas.
Ella asintió y se fue para la cocina. Yo la seguí con la mirada, vi cómo se estiraba para alcanzar el frasco, cómo el short se le subía y se le marcaba la tanguita. No pude más. Me levanté y fui para allá.
Cuando llegué, ella estaba de espaldas a mí, parada en la punta de los pies. Le puse las manos en la cintura, suavecito al principio. Ella se congeló. “Rosa”, le dije al oído, y sentí cómo se estremecía. “Dejame ayudarte.”
No dijo que no. Solo respiró hondo. Agarré el frasco y, en vez de dárselo, la giré para que me quedara de frente. Sus ojos, grandes, negros, me miraban con miedo, pero también con algo más. Curiosidad. Deseo. La mierda que a mi edad todavía te enciende.
La besé. Fue un beso rápido, casi un robo. Ella puso las manos en mi pecho, como para empujarme, pero no lo hizo. Sus labios se abrieron un poco y sentí su lengua, tibia, tímida. “No podemos”, murmuró, pero su cuerpo se pegaba al mío.
“Callate, nena”, le dije, y la besé de nuevo, más profundo esta vez. Mis manos bajaron de su cintura a su culo, esas nalgas firmes que venía deseando desde que llegó. Las apreté y ella gimió en mi boca. “Vamos a tu pieza.”
La llevé del brazo, casi arrastrándola, por el pasillo. Una parte de mi cabeza gritaba que era el padre de su novio, que ella era una nena, que esto estaba mal. Pero la otra parte, la que llevaba las riendas, solo quería verla desnuda, quería probarla.
En su cuarto, con la puerta cerrada, la empujé contra la cama. “Sacate la ropa”, le ordené, y ella, con los dedos temblorosos, se sacó la musculita y el short. Ahí estaba, en tanga negra, con un cuerpo que no parecía de diecinueve años. Maduro, curvilíneo, una diosa. Le quité la tanga de un tirón.
Y ahí, che, ahí fue cuando lo vi. Lo que me dejó seco.
Nunca, en mis cincuenta y un años, había visto una concha así. Era… grande. No flaca, no. Gorda. Carnosa. Unos labios gruesos, oscuros, hinchados, que se abrían como una flor madura. Peludita, pero cortito, bien cuidado. Parecía otra cosa, algo de otro mundo. Me quedé mirándola, boquiabierto, y ella se cubrió con las manos, avergonzada.
“No”, le dije, agarrándole las muñecas. “Dejame ver.”
Se resistió un poco, pero al final bajó las manos. Y yo, como un imán, me arrodillé entre sus piernas. El olor me llegó primero. Un olor a mujer, a limpio, pero con algo dulce, intenso, que se me metió en la nariz y me mareó. Apoyé la cara ahí, en ese monte de Venus, y respiré hondo. Ella gimió.
“Freddy, por favor…”
“Callate, Rosa”, le dije, y le separé los labios con los dedos. Ahí estaba, todo, rosa, brillante, mojado. Me acerqué y le pasé la lengua de arriba a abajo, una lamida larga, lenta, para probarla. Sabía a cielo. A algo que no podía describir. Salado, dulce, adictivo.
Ella arqueó la espalda y gritó, bajito, ahogado. Agarró las sábanas con fuerza. Yo no paré. Me metí ahí, en ese huequito, y empecé a chupar como si me fuera la vida en ello. La lengua le daba vueltas al clítoris, que ya estaba duro como una piedrita, y después me metía adentro, lo más profundo que podía, saboreando sus jugos. Ella no paraba de gemir, de mover las caderas, de decir mi nombre entrecortado. “Freddy… ay, Freddy… así…”
No sé cuánto tiempo estuve ahí, debe haber sido media hora fácil. Perdí la noción de todo. Solo existía su concha, su sabor, sus sonidos. La hice venirme una vez, un temblor violento que le sacó un grito y me mojó toda la cara. Pero no paré. Seguí chupando, más suave ahora, haciéndola llegar otra vez al borde. Ella suplicaba, “no puedo más, por favor”, pero sus piernas me apretaban la cabeza, no me dejaban ir.
La segunda vez que se vino, fue más fuerte. Gritó, un grito largo, y su cuerpo se puso rígido antes de desplomarse en la cama, jadeando. Yo me separé, con la barba y la boca empapadas. Me limpié con el dorso de la mano, sin poder creer lo que acababa de pasar. La miré. Tenía los ojos cerrados, la cara congestionada, una sonrisa de éxtasis en los labios. Estaba destruida.
Y ahí, en ese momento, con la vista de ese cuerpo rendido y el olor a sexo en el aire, se me fue la mano. Me levanté, me bajé el pantalón y el boxer, y saqué mi pija, que estaba dura como un palo, latiéndole. Ni me puse un forro. No pensé. Solo quería metérsela.
“Abrí las piernas, Rosa”, le dije, con una voz que no reconocía como mía.
Ella abrió los ojos, medio atontada, y obedeció. Se las abrió bien, mostrándome esa concha increíble, ahora aún más abierta, brillante, usada. Me puse entre ellas, apoyé la punta en su entrada, y con un solo empujón, me la metí toda.
El calor que me recibió fue brutal. Era como meter la pija en un horno. Apretada, húmeda, perfecta. Ella gritó, un grito que era mitad dolor, mitad placer, y enterró las uñas en mis brazos. Yo empecé a moverme, y fue mi perdición. Después de chuparla tanto, de tenerla tan excitada, no aguanté nada. Tres embestidas, cuatro quizás, y ya sentía que me venía. “Mierda, Rosa, me voy…”, gruñí, y ella, en vez de alejarme, me apretó con sus piernas y me acercó más.
“Adentro, Freddy”, me jadeó al oído. “Quiero sentirte.”
Eso fue todo. Con un gemido ronco, me vacié dentro de ella. Fue una descarga larga, potente, que me sacudió todo. Sentí cómo mi pija palpitaba y cómo su concha se apretaba alrededor, sacándome hasta la última gota. Caí sobre ella, sin aliento, pegado a su piel sudorosa.
Nos quedamos así un buen rato, en silencio. Yo podía escuchar su corazón, que latía tan fuerte como el mío. Cuando me separé, me miré la pija, que todavía goteaba, y me di cuenta de la cagada que acababa de mandar. Sin forro. Adentro. En la novia de mi hijo.
Ella se incorporó en la cama y me miró. No había arrepentimiento en sus ojos. Solo una satisfacción profunda, animal. “Nunca… nadie me había hecho sentir así”, dijo, con la voz ronca.
Yo asentí, todavía sin palabras. Me vestí rápido, sintiendo el peso de lo que habíamos hecho. “Esto no puede salir de acá”, le dije, y ella asintió.
“No le voy a decir a Facundo.”
Salí de su cuarto y me fui al baño a limpiarme. En el espejo, mi cara me devolvía la mirada de un viejo verde, de un traidor. Pero también de un hombre que acababa de vivir uno de los polvos más intensos de su vida. Rosa, la chatita, la ilegal, la novia de mi pibe, tenía una concha que era una obra maestra. Y yo, como un boludo, ya estaba pensando en la próxima vez. Esto va a terminar mal, lo sé. Pero por esa concha, che, por esa concha gorda y jugosa, vale la pena arriesgarlo todo.


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