Incesto con mi Mi abuelastro
Mi abuelastro Ramón llegó a mi vida cuando yo tenía 15 años. Mi abuela se había vuelto a casar con él, un hombre que le llevaba 20 años menos, con las manos callosas de tanto trabajar en la construcción y una mirada que siempre parecía estar midiéndote. Para mí, a mis 15 años, era solo el viejo gruñón que me regañaba por dejar mis cosas tiradas en la sala.
Pero las cosas cambiaron este verano. Yo ya tengo 18, y él debe tener como 60, pero dios, no los aparenta. Tiene esa fuerza ruda de los hombres que no le temen al sol ni al trabajo duro. Un día, hace como tres semanas, me pilló saliendo de la ducha. Iba sólo envuelta en una toalla, y él estaba en el pasillo, arreglando un foco. Sentí su mirada en mis piernas, en el escote que la toalla no lograba cubrir del todo. No dijo nada, pero su respiración se cortó un segundo. Yo me apresuré a entrar a mi cuarto, pero esa noche soñé con sus manos ásperas recorriendo mi espalda.
La tensión empezó a crecer. En la cena, sus pies buscaban los míos bajo la mesa. Al principio pensé que era un accidente, pero luego lo hizo a propósito. Yo no apartaba el pie. Me miraba mientras masticaba, y yo sentía un calor húmedo entre mis piernas. Mi abuela, pobre, ni en cuenta, hablando de las vecinas o de la telenovela.
La primera vez que pasó algo fue hace diez días. Mi abuela se fue a pasar el fin de semana con una hermana que estaba enferma. La casa quedó sola para nosotros dos. Esa noche, yo me puse un shorts minúsculo y una blusa sin sostén, diciendo que hacía mucho calor. Él estaba en el sillón, viendo el boxeo en la tele. Me senté a su lado, más cerca de lo normal.
“¿No tienes novio, mija?”, me preguntó de la nada, sin quitarme los ojos de encima.
“No, abuelo. Los chavos de mi edad son bien inmaduros”, contesté, dejando caer un poco la blusa para que viera la curva de mis senos.
Él no dijo nada, pero su mano, grande y con venas marcadas, se acercó a mi muslo. La piel de sus dedos era áspera, pero el contacto me electrizó. Empezó a acariciarme, lento, subiendo poco a poco por el short. Yo me quedé quieta, conteniendo la respiración, mirando la tele sin ver nada. Sus dedos llegaron hasta el borde de mi ropa interior. Podía sentir el calor de su palma a través de la tela.
“Tienes la piel muy suave”, murmuró, y su voz sonaba ronca, cargada de algo que no era para nada paternal.
Entonces, sin avisar, metió su mano bajo mi short. Sus dedos encontraron mi centro, ya húmedo, a través de la tela de mi tanga. Un gemido se me escapó. Él apretó un poco, frotando ese punto justo que me volvía loca.
“¿Te gusta, mija?”, preguntó, mientras su otro brazo me rodeaba la cintura, acercándome a él.
No pude hablar. Solo asentí, con la cabeza perdida en la nuca del sillón. Él se inclinó y su boca encontró la mía. No fue un beso suave. Fue posesivo, hambriento, con sabor a cerveza y a hombre maduro. Su lengua era gruesa, dominante. Yo me derretí.
De un tirón, me bajó el short y la tanga. Sus ojos se oscurecieron al verme completamente expuesta. “Qué bonita estás”, dijo, y no era un halago, era una afirmación. Un gruñido salió de su garganta. Se bajó su propio pantalón, y ahí estaba. Su verga. No era la de un joven. Era gruesa, poderosa, con las venas marcadas y la cabeza oscura, ya palpitando y húmeda. Olía intensamente a hombre, a testosterona pura.
Me puso boca abajo sobre el sillón, con mis nalgas al aire. Escupió en su mano y se lubricó, luego acercó la punta a mi entrada. “Vas a gritar, mija”, advirtió, y no mintió. Cuando me la metió, sentí que me abría en dos. Era enorme, mucho más grande que los chicos con los que había estado. El dolor fue agudo, pero luego se transformó en una sensación de plenitud brutal. Empezó a moverse, con embestidas largas y profundas, agarrándome de las caderas con fuerza.
“¿Te gusta la verga de tu abuelo, putita?”, me susurró al oído, mientras su ritmo se hacía más rápido.
“Sí, abuelo, sí”, gemí, enterrando la cara en el cojín del sillón. El sonido de nuestros cuerpos era húmedo, obsceno. Yo estaba tan mojada que chorreaba por mis muslos.
Cambiamos de posición. Me sentó sobre él, y yo, por primera vez, controlé el ritmo. Sus manos en mis caderas me guiaban, mientras yo me movía arriba y abajo, sintiendo cómo me llenaba por completo. Sus ojos no se apartaban de mis tetas, que saltaban con cada movimiento. Se inclinó y se llevó un pezón a la boca, chupándolo con fuerza, mordisqueándolo hasta que grité.
“Eres más zorra que tu abuela”, dijo, y la crudeza de sus palabras me excitó aún más.
No aguantó mucho. Con un gruñido que salió de lo más profundo de su vientre, se vino dentro de mí, caliente y abundante. Yo me vine justo después, con espasmos que me hicieron morder su hombro para no gritar muy fuerte.
Pero él no había terminado. Después de unos minutos, todavía tieso, me dio la vuelta. “Ahora el otro hoyo, mija”, dijo, y antes de que pudiera protestar, sentí la punta de su verga, aún resbaladiza, en mi otro agujero. Esta vez el dolor fue mayor, pero la sensación de tabú, de hacer algo tan prohibido con mi propio abuelastro, me llevó a un orgasmo aún más intenso. Me folló el culo con la misma fuerza, poseyéndome por completo, marcándome como suya.
Desde entonces, es nuestro secreto. Mi abuela vuelvió, pero ahora, cuando ella se duerme en las tardes, yo me escabullo a su cuarto. O él viene al mío de madrugada. Ayer me lo chupé en el baño mientras mi abuela cocinaba en la planta de abajo. Me corrí en su boca y él se tragó todo, limpiándome la cara con un dedo que luego se chupó.
Sé que está mal. Lo sé. Pero no puedo parar. Su verga me tiene hecha su adicta. Anoche, mientras me la metía por el culo otra vez, me dijo al oído: “Eres mi putita personal, ¿verdad, mija?”. Y yo, con lágrimas en los ojos de lo mucho que me dolía y lo mucho que lo disfrutaba, solo pude gemir que sí. Porque es la verdad. Mi cuerpo le pertenece a mi abuelastro, y no quiero que eso cambie nunca.


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