Por
Anónimo
Encontré los nudes de mi madre
Bueno, vale, esto es algo que necesito sacar de mi pecho porque si no, me vuelvo loco. Tengo 19 años, soy venezolano pero vivo en Ecuador desde hace tres años con mi mamá. Mi papá se quedó en Maracaibo y la cosa está jodida, así que somos solo ella y yo. Mi mamá se llama Elena, tiene 41 años y, no voy a mentir, está buenísima para su edad. Es de esas mujeres que se cuidan, va al gimnasio, y tiene un cuerpo que muchas de 20 le tendrían envidia. Siempre lo he notado, pero como es mi mamá, trato de no pensarlo, ¿me entienden?
El asunto pasó hace como una semana. Era un viernes por la noche, habíamos comido arepas con perico y ella se quedó dormida en el sofá de la sala viendo una novela. Yo estaba al lado, viendo videos en mi celular, pero la batería se me estaba acabando. Como no quería despertarla, pensé en agarrar su teléfono para pedirle un cargador prestado a un amigo por WhatsApp. Sé su contraseña porque a veces me pide que le vea algo cuando ella está ocupada.
Total, que agarré el teléfono, lo desbloqueé y entré. Iba a abrir WhatsApp, pero mi dedo, sin querer, le dio a la aplicación de la galería. Y ahí fue donde se me heló la sangre y al mismo tiempo se me prendió todo el cuerpo. Las primeras fotos eran normales: selfies nuestras, fotos de la comida, paisajes. Pero cuando le di para bajar un poco… ¡coño de la madre! Apareció ella. Desnuda. Completamente desnuda.
No lo podía creer. Era una serie de fotos que se había tomado en el baño, frente al espejo grande que tenemos. En la primera, estaba de pie, solo con una toalla en la cabeza, como si se acabara de bañar. Se le veían las tetas, que son grandes y redondas, con unos pezones morenos y erectos. En otra, se había dado la vuelta y se veía su culo, que es redondo y firme, de esos que no parecen de una señora de 41 años. Pero la que más me dejó boquiabierto fue una donde estaba sentada en el borde de la bañera, con las piernas abiertas. Se le veía todo, TODO. Su vagina, depilada, rosadita, entreabierta. Tenía una mano sobre el pubis y con la otra se agarraba una teta. Tenía una mirada en los ojos que nunca le había visto, una mezcla de timidez y morbo.
Marico, se me aceleró el corazón de una manera que pensé que se me iba a salir del pecho. Miré hacia ella, dormida en el sofá, con una camiseta y unos shorts cortos, y no podía creer que la misma mujer que roncaba suavemente ahí fuera la de las fotos. Sentí un remordimiento horrible, lo juro. Pero al mismo tiempo, no podía dejar de mirar. Me las pasé todas a mi celular por Bluetooth, con los dedos temblando, mirando cada dos segundos para asegurarme de que no se despertara. Tardé como cinco minutos, pero fue una eternidad. Cada vez que una foto se transfería, sentía una punzada de culpa y una excitación que me mareaba.
Cuando terminé, borré el historial de transferencias y dejé el teléfono exactamente donde estaba. Me fui a mi cuarto, cerré la puerta con llave y me senté en la cama. Abrí la galería de mi celular y empecé a ver las fotos otra vez, pero ahora con calma. Una por una, zoom en cada parte de su cuerpo. En sus tetas, en sus pezones, en la curva de su cintura, en su ombligo… y luego en su vagina. No podía apartar la mirada. Era… perfecta. Jamás había visto una de tan cerca, y menos la de mi propia madre. Me imaginaba el olor, el sabor. Me preguntaba para quién se las habría tomado. ¿Tendría un amante? ¿Se las mandaría a alguien por WhatsApp? Esa idea me puso aún más caliente. Pensar que otro hombre, un desconocido, podía ver esto, tocarse con esto, mientras yo, su hijo, tenía que hacerme el que no veía nada.
Sin poder evitarlo, me bajé el pantalón del pijama y me saqué la verga, que ya estaba dura como una piedra y palpitando. Empecé a jalármela, mirando fijamente la foto donde ella tenía las piernas abiertas. Con mi otra mano, le hacía zoom a su vagina, a esos labios carnosos y húmedos. Me imaginaba que no era una foto, que ella estaba ahí, en mi cuarto, arrodillada frente a mí, diciéndome: «¿Te gusta lo que ves, mi niño?» y luego bajando la cabeza y metiéndomela entera en la boca. O que yo era el hombre para el que se había tomado las fotos, y que ella me estaba esperando en el baño, así, desnuda, para que yo se la metiera contra el espejo.
«Mi mamá es una puta,» pensé, y esa palabra, tan fea y tan excitante a la vez, me hizo acelerar el ritmo. «Es una zorra, y yo me la estoy jalando viéndola.» Me puse más y más rápido, mirando sus tetas, imaginando cómo se sentirían en mis manos, cómo sabrían sus pezones en mi boca. Gemía bajito, ahogando los sonidos en la almohada. «Mami…» salió de mis labios, sin que yo pudiera controlarlo. «Qué rica estás, mami…»
En el clímax, no pude más. Me vine con una fuerza brutal, gritando su nombre en un susurro ronco: «¡Elena!». El semen salió a chorros, manchando mi camisa y mi mano, mientras yo jadeaba, viendo cómo su imagen en la pantalla se empañaba con mi aliento.
Después, caí en la realidad. La culpa me aplastó. ¿Qué mierda acababa de hacer? ¿Masturbarme con fotos de mi madre? Me sentí asqueroso, un pervertido. Me limpié rápido y borré las fotos de mi galería, pero sé que las tengo guardadas en una carpeta oculta, con una contraseña. No he podido borrarlas del todo.
Desde ese día, no puedo verla a los ojos. Cuando me sirve el desayuno, con su bata de seda, no puedo evitar recordar sus tetas bajo la tela. Cuando se agacha a recoger algo, miro su culo y se me para al instante. Es una tortura. Sé que está mal, que es enfermo, pero cada noche, cuando me encierro en mi cuarto, termino abriendo esa carpeta y volviendo a hacerlo. Es mi secreto más sucio y, al mismo tiempo, mi mayor fantasía. Ella, inocente, sin saber que su hijo se pasa las noches imaginando cómo sería follársela. ¿Soy un monstruo? Probablemente. Pero, coño… esas fotos son lo más excitante que he visto en mi vida.


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