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septiembre 8, 2026

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El vecino del 4B

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Me llamo Andrea. Tengo 21 años, mido un metro cincuenta y cinco, soy de Guadalajara pero desde hace casi dos años vivo en Cumbres, Monterrey. Mi cabello es negro con flequillo, mi piel es blanca, me gusta tener los labios pintados de rojo, tengo unos pechos grandes que casi no caben en mis blusas, cintura delgada y cadera marcada. Ese día llevaba exactamente un top de manga larga a rayas rojas y negras, escotado hasta casi enseñar el pezón, short negro bien corto y nada debajo. Solo eso. Y el collar de corazón que siempre traigo.
El vecino del 4B se llama don Roberto. Tiene como cincuenta años, mide un metro setenta, es bien panzón, usa lentes, está afeitado y ya le están saliendo canas en el cabello corto. Siempre anda con camisa polo, bermudas y sandalias. Es fontanero. Su esposa, doña Carmen, tiene como cuarenta, también está bien gordita y es una pinche bruja. Siempre le está gritando por todo: que si no sirve, que si es un inútil, que si no trae dinero. Yo lo escuchaba casi diario a través de las paredes. Él, en cambio, siempre era amable conmigo. Me saludaba en el elevador, me ayudaba a subir las bolsas cuando me veía, y me decía “buenas tardes, señorita Andrea” con esa voz calmada.
Ese sábado la doña se fue a visitar a su hermana a Guadalupe. Se fue temprano y dijo que regresaba hasta en la noche. Yo lo supe porque los escuché discutir en la mañana. Yo llevaba semanas sin coger. Semanas. Estaba bien caliente. Tanto que hasta me tocaba en la mañana pensando en cualquier pendejada. Y ese día el lavabo de la cocina se me chingó: no salía ni una gota de agua.
Toqué la puerta del 4B. Él abrió con la cara de siempre, lentes, polo azul y bermudas.
—¿Qué pasó, Andrea?
—Don Roberto… el lavabo no tira agua. ¿Me puede echar la mano? No sé qué pedo tiene.
Él sonrió, esa sonrisa amable de siempre.
—Claro, déjame traer las herramientas.
Entró a mi depa. Yo me quedé parada en la cocina, con los brazos cruzados debajo de las tetas, empujándolas un poco hacia arriba a propósito. Él se agachó a revisar la llave y la tubería. Yo me acerqué más de lo necesario. Cada vez que se movía, yo me inclinaba un poquito más, dejando que el escote se le metiera en la cara.
—Ya vi qué tiene —dijo después de un rato—. Es la válvula. Ya casi queda.
Cuando terminó, se limpió las manos con un trapo.
—Listo. Ya debe jalar.
—Muchas gracias, don Roberto… pero la neta no traigo efectivo ahorita. ¿Cómo le pago?
Él negó con la cabeza.
—No se preocupe, vecina. Con que me invite un refresco otro día está bien.
Yo me le acerqué más. Le toqué el brazo.
—No… quiero pagarle ahorita. Y no tengo dinero. Pero… puedo pagarle de otra forma.
Él me miró confuso.
—¿Cómo?
Me arrodillé frente a él sin decir más. Le desabroché el pantalón de las bermudas. Él se quedó tieso.
—Andrea… ¿qué estás haciendo?
—Calladito, don Roberto. Déjeme agradecerle como se debe.
Le saqué la verga. No era enorme, pero estaba gruesa, morena, ya empezando a endurecerse. Olía a hombre, a sudor limpio. Le di una lamida larga desde abajo hasta la punta.
—No mames… —susurró él.
—Llevo semanas sin coger —le dije mirándolo desde abajo—. Estoy bien puta de caliente. Déjeme chupársela.
Empecé a mamársela de a de veras. Lo metí lo más profundo que pude, babé, usé la lengua en la cabeza, le agarré los huevos. Él se apoyó en el lavabo y soltó un gemido ronco. Su mano temblorosa se posó en mi cabeza, pero no empujaba. Todavía estaba en modo “amable”.
—Andrea… esto no está bien… mi esposa…
—Su esposa no está —le dije sacándomela de la boca—. Y usted se merece que alguien lo trate bonito por una vez. O… ¿quiere que lo trate feo?
Le volví a meter la verga en la boca y esta vez chupé más fuerte, más cochino. Él se puso completamente duro. Yo ya estaba empapada. El short se me había subido y sentía el aire frío en el coño.
Cuando ya no aguanté más, me levanté, me quité el top de un jalón y el short. Me quedé completamente desnuda frente a él, solo con el collar y los aretes. Mis tetas pesadas cayeron libres. Él me miró como si nunca hubiera visto un cuerpo así de cerca.
—Chingada madre… estás bien buena, Andrea.
—Tráteme como puta —le dije directo—. No sea amable. Sé que doña Carmen lo trata como la mierda. Desquítese conmigo. Úseme. Fólleme fuerte. Hábleme feo. Quiero que me trate como una puta cualquiera.
Él se quedó callado un segundo. Luego algo cambió en su cara. Se quitó los lentes, se bajó las bermudas del todo y me agarró de la cintura con las manos grandes y callosas.
—¿Estás segura, cabrona?
—Sí. Partame la panocha, don Roberto.
Me empujó contra la mesa de la cocina. Me subió encima y me abrió las piernas. Se acomodó entre ellas y me empujó la verga de un solo golpe. Grité. Estaba gruesa y me llenó completo. Empezó a embestirme con fuerza, agarrándome de las caderas.
—Así te gusta, ¿verdad, putita? —dijo con voz más ronca—. Te late que un viejo panzón te esté cogiendo en tu propia cocina.
—Sí… sí me gusta… más fuerte…
Me agarró de las tetas y las apretó mientras me follaba. Me las sacudía, me pellizcaba los pezones. Cada embestida hacía que la mesa se moviera. Yo gemía sin control.
—Tu esposa no sabe lo que tiene —jadeé—. Usted debería cogerme todos los días.
Él me dio una nalgada fuerte.
—Callate y aguanta, puta. Hoy te voy a usar hasta que no puedas caminar.
Me volteó, me puso a cuatro sobre la mesa y me la metió otra vez desde atrás. Ahora sí estaba más agresivo. Me agarraba del cabello, me jalaba hacia atrás mientras empujaba. Me hablaba sucio:
—Mira cómo se te mueve ese culo… pinche panocha tan apretada… te voy a dejar bien abierta, cabrona.
Yo le respondía entre gemidos:
—Úseme… desquítase… trátame como la puta que soy…
Se corrió adentro. Lo sentí caliente, a chorros, llenándome. Me asusté un segundo. No estaba planeado. Ningún condón. Ninguna pastilla.
—¡Don Roberto!
Él se quedó quieto, todavía dentro, respirando pesado.
—Chingada madre… se me fue… perdón, Andrea…
Pero en vez de asustarme más, se me subió todavía más la calentura. Sentí su semen resbalándome por dentro y me puse más mojada.
—No… no se salga —le dije—. Quiero que me la vuelva a meter. Cojame otra vez. Lléname otra vez si quiere.
Él me miró sorprendido, pero su verga todavía estaba semidura. Me la volvió a meter. Esta vez me cogió más lento al principio, sintiendo cómo su propia leche me lubricaba. Luego agarró ritmo otra vez. Me llevó al sillón, me puso encima de él y me hizo cabalgarlo mientras me apretaba las tetas.
—Eres una putita bien perra —me decía—. Te gusta que te llene, ¿verdad?
—Sí… me gusta… cógeme más duro…
Pasamos toda la tarde así. En la cocina, en el sillón, contra la pared del pasillo, en mi cama. Me la metía, me la sacaba, me la volvía a meter. Me hablaba feo, me jalaba el cabello, me daba nalgadas, me obligaba a decirle que era su puta. Yo se lo pedía. Cada vez que se cansaba un poco, yo me arrodillaba y se la chupaba hasta que se paraba otra vez.
—Úseme todo lo que quiera, don Roberto… su esposa no tiene que enterarse… yo soy su putita de los sábados…
Se corrió adentro otras dos veces. La última fue en mi cama, conmigo debajo, las piernas abiertas hasta el límite, mientras él me embestía con toda la fuerza que le quedaba. Cuando terminó, se quedó encima de mí, sudado, la panza pegada a mi vientre, respirando como fuelle.
—No mames, Andrea… nunca había cogido así…
Yo le acaricié la espalda, todavía con su verga adentro, sintiendo cómo me goteaba.
—Cuando quiera… yo estoy aquí. Nada más avíseme cuando se vaya la doña.
Ya era casi de noche cuando se vistió. Antes de irse, sacó la cartera y me dio unos billetes.
—Toma. Para la pastilla… y por… por todo. Gracias, de verdad.
Yo me quedé desnuda en la cama, con las piernas abiertas, el semen resbalándome por el muslo, el cuerpo marcado de sus manos. Me vestí a duras penas, me puse el short y el top otra vez, y bajé a la farmacia de la esquina. Compré la pastilla del día siguiente, me la tomé ahí mismo con una Coca y regresé al depa.
Esa noche me duché despacio, sintiendo todavía el ardor entre las piernas. Me miré al espejo: el cabello revuelto, los labios hinchados, unos moretes chiquitos en las caderas. Sonreí.
Don Roberto ya no era solo el vecino amable del 4B.
Ahora era el hombre que me había partido el coño toda una tarde de sábado… y al que yo le había dicho que se desquitara conmigo.
Y la neta… ya estaba esperando el siguiente fin de semana en que doña Carmen se volviera a ir.

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