Por
Anónimo
El secreto de mamá
Recuerdo una ocasión muy especial que viví con mi madre. Yo era un jovencito inquieto y muy interesado en lo sexual aunque muy falto de experiencia con mujeres. me masturbaba viendo revistas para caballeros y nada más. Mi curiosidad la satisfacía espiando a mi mamá, observando sus movimientos y descuidos que me permitían ver sus encantos. Mi güerita, como yo le decía amorosamente, era de tez blanca, cabello rizado, tetas puntiagudas, pero, sobretodo, tenía un culo jugoso que lucía aún mejor cuando usaba sus zapatillas. Así que me provocaba una inquietud que no se saciaba del todo, pués no me bastaba con mirar bajo sus faldas y ver los colores y tipos de bragas que usaba.
Quería más, mucho más.
Un día, salió de compras mientras yo veía algo de televisión. Tardo bastante y llegó empapada, la lluvia la mojó por completo. Así que se metió a su cuarto a cambiar sus ropas. Yo me asomé como de costumbre por la cerradura de la puerta pero mi madre iba de un lado para otro y no pude ver mucho. Me sentí muy frustrado. Para la tarde, mi güerita mostraba signos de un fuerte catarro y se recostó en su cama; se notaba débil y agotada. Me acerqué y noté que tenía fiebre intensa. De inmediato busqué al médico que vivía en la casa de enfrente, quien no tardó en llegar y checar los síntomas. No te preocupes, no es nada serio, con descanso bastará, pero la fiebre tiene que bajar de inmediato, hay que quitarle algo de ropa para que esté más fresca. Me puso en la mano un paquete de supositorios.
Acto seguido, salió de la casa. Caray, me dije, mi padre no llegará sino hasta la noche y mi madre se ve muy mal. Bueno, pues empecemos por sacar prendas. Quité su blusa, bajé su falda y su fondo, y quedó con sostén y una faja negra muy ajustada. Por supuesto, cada maniobra me empezó a poner cachondo: tenía a mi madre en paños menores frente a mí, hermosa y semidesnuda, pero delirando por la fiebre. Entonces recordé las palabras del médico «hay que bajar esa fiebre de inmediato». La puse boca abajo y fui bajando su faja para dejar su culo en la posición necesaria, no sin darle caricias sucias a discreción… Dios, què ricas nalgas, que digo nalgas, nalgotas, carnosas y redondas. Mi madre deliraba soltando frases sueltas: «así, manosea mi culo», «abre mis nalgotas y lame mi ano», y gemía como esperando con ansias. Claro que me estaba poniendo muy excitado, mi verga empezó a ponerse dura y larga. Seguí manoseando a mi madre, y decidí darle gusto: mi lengua pasó por sus nalgas y se dirigió al ano, el cual lamí una y otra vez, logrando gemidos más intensos cada vez.
En ese momento me sentí avergonzado, ¿cómo es que estoy haciendo esto a la mujer que me dio la vida, a una mujer que amo?. Tomé el supositorio, recordando la urgencia, se lo introduje en el ano y lo empujé más y más adentro. El calor de su esfínter era delicioso y el perfume que emanaba era embriagador. Mi madre se movía como mariposa ensartada. Ya no me pude controlar y empujé con potencia ya no uno sino dos, tres, cuatro dedos. Mi güera parecía loca. ¿Y si esto es expresión de amor?, me dije. Después de todo ella gozaba y yo metía el medicamento correcto en su recto. Mi madre deliraba y casi suplicaba: «mete tu vergota mi cielo, vamos mi amor, hazlo, rómpeme el culo». Me saqué la verga y se la introduje como bestia. Entonces, escuché algo que me confirmó cosas secretas de mi madre: «vamos Nerón, cógeme con tu vergota deliciosa, hazme tu perra», «cógeme con esa verga tan gorda y larga, perro pitón». ¡Vaya, Nerón era nuestro perro, un animal gigantesco, así que debía tener un pito enorme! Fuese como fuese, ahí estaba yo, cogiéndone a mi madre por el culo. Me imaginé con la fuerza y la verga de un perro, sí, yo un humano con verga de perro, rojizo, lleno de venas, y con un bulbo gordo en la base. Yo bombeaba con fuerza y rapidez en ese ano que se veía muy abierto y capaz de tragarse lo que fuera. ¡Vaya culo tragón el de mi madre! No pudiendo más me vine, derramando mi leche seminal en su esfínter maternal. Casi me desvanezco.
Mi madre soltó un aullido y se quedó quieta. Me levanté y noté que mi madre estaba dormida.
Al día siguiente, mi güerita estaba mucho mejor, cosa que me alegró. Pero en mi mente estaban las frases de mi madre. ¿Acaso mi madre era zoófila y guardaba su secreto con mucho recelo? No tenía yo ningún derecho a reclamarle nada, además, para ser honesto, me gustaba la perversión canina de mi madre. Me la imaginaba mamando la verga de Nerón y me estremecía. Esa noche, como perro, me cogí a mi madre, tal y como a ella le gustaba. Fui su Nerón de verga canina: larga, gorda, rojiza y llena de venas. Qué suerte ser el perro que se coge a mi madre, pensé.


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