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Anónimo

julio 28, 2026

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El regalo de cumpleaños para mi sobrino

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Tengo 35 años y Fran, el hijo mayor de mi hermana Claudia, cumplió 18 hace una semana. Lo que pasó el lunes próximo en mi casa venía gestándose desde hacía años. Sabía que estaba mal, muy mal… pero ya no podía parar. Era más fuerte que yo.

Desde chico Fran pasaba muchísimo tiempo conmigo. Como Claudia es viuda y trabajaba todo el día, yo era como su segunda mamá. Lo cuidaba, lo llevaba al club, le preparaba la comida, lo ayudaba con la tarea. Pero cuando entró en la adolescencia todo cambió.

A los 13 o 14 años empezó con los abrazos. Se apretaba fuerte contra mí, hundiendo la cara entre mis tetas grandes y pesadas, respirando profundo, casi temblando, como si quisiera guardarse mi olor para siempre. Yo sentía clarito cómo frotaba su pija todavía adolescente, ya semi-dura, contra mi muslo. Al principio me sorprendía, me ponía un poco tensa… pero en vez de apartarlo, muchas veces lo apretaba más contra mí. Le acariciaba la espalda despacio, con la mano abierta, dejándolo que se frotara un poquito más, sintiendo cómo se le hinchaba contra mi pierna. Sabía que estaba mal, que era mi sobrino, que era solo un pibe… pero me gustaba. Me gustaba ese poder silencioso, esa inocencia pervertida que iba creciendo entre los dos, y cómo mi concha se me humedecía un poco cada vez que lo sentía así, duro y necesitado, contra mí.

A medida que iba creciendo, más de una vez lo vi encerrado en la habitación de invitados donde se quedaba en mi casa, con la puerta apenas entreabierta. Yo me acercaba en silencio y lo espiaba. Lo veía con una de mis bombachas —que muchas veces dejaba a propósito en la ducha, todavía húmeda y con mi olor— pegada a la cara, oliéndola con desesperación mientras se pajeaba frenéticamente. Otras veces se frotaba la tela suave y manchada directo contra la verga, gimiendo bajito mi nombre. El sonido húmedo de su mano subiendo y bajando, el olor a sexo adolescente y a mi ropa interior… todo me tenía clavada ahí, mirando.

Muchas veces, después, encontraba las bombachas no solo mal lavadas donde yo las había dejado, sino todavía con todo su semen espeso y blanco pegado, seco en algunos lugares, fresco en otros. En vez de tirarlas directamente a la lavadora, las llevaba en la mano hasta mi habitación. Tocaba ese semen pegajoso con los dedos, lo olía profundamente, metía la punta de la lengua apenas… y terminaba tocándome, con los dedos dentro de la concha, pensando en él, sintiendo una culpa densa y sucia que solo me excitaba más.

También vinieron las miradas. Me miraba el culo cada vez que me agachaba a recoger algo o a limpiar el piso, se quedaba embobado con mi escote cuando me inclinaba a servirle la comida. Yo lo notaba y lo aprovechaba. Empecé a usar vestidos más cortos, escotados, remeras finas sin corpiño para que se me marcaran los pezones, pantalones cortos que se me subían cuando me sentaba. Me gustaba sentir su mirada pesada sobre mí, esa forma de tragar saliva cuando se me veía un poco de más.

En la pileta era peor. Me sacaba fotos a escondidas cuando estaba en bikini tomando sol, boca abajo, con el culo levantado apenas. Yo me hacía la que no me daba cuenta… pero me gustaba. A veces me daba vuelta despacio, dejando que me viera bien las tetas, o me ajustaba el corpiño del bikini sabiendo que él estaba mirando desde la ventana o detrás de algún árbol. Esa tensión muda, ese juego de “yo sé que vos sabés”, me tenía siempre un poco mojada.

Con el tiempo las cosas se pusieron más obvias para ambos. A mí me gustaba provocarlo. Me daba cuenta cuando me espiaba mientras me duchaba o me cambiaba en mi habitación. Podía sentirlo ahí, quieto, respirando más fuerte del otro lado de la puerta. A veces dejaba la puerta entreabierta a propósito. Otras veces notaba su celular apoyado en algún lugar raro, en un ángulo perfecto para grabarme o sacarme fotos. Me espiaba. Y yo, en vez de enojarme, me excitaba. Me movía más despacio, me tocaba un poco más de la cuenta, sabiendo que él estaba mirando.

También los abrazos siguieron intensificándose. A los 16 ya era grandote, fuerte. Me levantaba del piso como si no pesara nada, me apretaba las tetas con fuerza y hundía la cara entre ellas como si quisiera meterse adentro. Una noche, viendo una película en el sillón, me acosté con la cabeza en su regazo. Sentí su verga endurecerse contra mi mejilla. No dije nada. Solo moví la cabeza despacito, rozándola “sin querer”, sintiendo cómo latía debajo de la tela. Ninguno de los dos abrió la boca. El silencio era denso, cargado. Seguimos mirando la tele como si nada estuviera pasando… pero los dos sabíamos perfectamente lo que acababa de ocurrir.

Otra vez le pedí que me subiera el cierre de un vestido. Estaba atrás mío, muy pegado, casi respirándome en el cuello. Sentí cómo apoyaba su pija ya dura y gruesa contra mi culo mientras subía el cierre con dificultad, centímetro a centímetro. El silencio era pesado, cargado. Ninguno de los dos decía nada. Solo sentía el calor de su cuerpo, la presión de su verga contra mis nalgas y cómo se le trababa un poco la respiración. Cuando terminó de cerrarlo, se quedó unos segundos más de lo necesario, todavía apretado contra mí, como si no quisiera separarse.

A los 17 los abrazos de despedida se volvieron peligrosos. Me empujaba suave contra la pared, me apretaba entero contra él y yo sentía su verga ya dura y latiente contra mi panza. “No quiero irme todavía, tía”, me decía con la voz temblorosa, casi ronca. Yo sonreía, lo miraba a los ojos y lo dejaba un rato más. Le acariciaba la nuca, le dejaba que se frotara un poco, sintiendo cómo se le hinchaba más. Sabía exactamente lo que estaba haciendo… y me gustaba.

Mi hermana Claudia, inocente total, a veces me comentaba preocupada, casi avergonzada:

—Fran ya está hecho un hombre, Sofía… no sabés las cosas que me dice, lo que hace, las miradas que tiene. Ya no es un nene.

Y yo asentía, fingiendo sorpresa, mientras por dentro me mojaba pensando en todo lo que sabía y en todo lo que había provocado “sin darme cuenta”.

Claudia me contaba cosas. Que lo había encontrado pajeándose en el baño más de una vez, con la puerta mal cerrada. Que una noche lo encontró con una de sus bombachas en la cara, oliéndola desesperado. Que otras veces encontraba bombachas que no eran suyas —más chicas, más sexy— tiradas en su cama o debajo de la almohada, todavía con restos de semen espeso. Que veía mucho porno, y que una vez le había descubierto el historial del celular: vídeos de tías, de hermanas, de maduras, de incest. Que varias veces le había encontrado fotos en el celular y en la computadora de nosotras dos juntas: de ella y de mí en bikini en la pileta, abrazadas, tomando sol, algunas donde se nos veía bastante el cuerpo. Que cuando dormían juntos en la misma cama (porque a veces todavía lo hacía cuando ella estaba triste o necesitaba compañía) se le paraba y se le quedaba dura toda la noche, rozándola “sin querer”, empujando suavemente contra su culo o su espalda. Que se masturbaba a escondidas incluso cuando ella estaba en la habitación fingiendo dormir, y después encontraba las sábanas manchadas, las toallas pegajosas, su propia ropa interior llena de semen. Que le hacía un montón de preguntas sobre sexo: cómo se sentía, si a las mujeres les gustaba que las miraran, si era normal tener tantas ganas. Y a veces, casi al pasar, le preguntaba cosas sobre mí: “¿La tía Sofía siempre se viste así?”, “¿A la tía le gustan los abrazos fuertes?”, “¿La tía es muy cariñosa con todos o solo conmigo?”.

Claudia me lo contaba preocupada, sin sospechar nada. Yo la escuchaba con cara de sorpresa y le decía, casi riéndome un poco:

—A mí también me desaparecen tangas, Clau… deben ser esas que encontrás.

—Es varón, es normal. Yo no he notado que me falte el respeto. Y si se toca mirándome o con mis bombachas… la verdad, no me hace ningún daño.

—Si querés hablo con él, pero no para frenarlo. Al contrario. Tiene que aprender, tiene que explorar. Sé una madre comprensiva, compañera… dejalo que se paje, dejalo que mire, dejalo que huela. Mejor que lo haga con nosotras que con cualquiera.

—No lo reprimas, incentivalo un poco no está mal. Mientras no te toque sin permiso, ¿qué tiene de malo? Es natural. Y si un día se le escapa algo más… tampoco es el fin del mundo.

Mientras le hablaba así, con tono liviano y casi de chiste, sentía cómo se me empapaba la concha solo de imaginar todo lo que mi sobrino hacía pensando en su madre… y en mí. Sabía que era un pervertido sexual, sucio, intenso… y me encantaba.

Todos esos años Fran acumuló un deseo prohibido, intenso y sucio. Y yo lo alimenté en silencio. Lo provoqué. Lo disfruté. Cada abrazo de más, cada bombacha dejada a propósito, cada mirada que le devolvía… todo fue construyendo algo que ya no tenía vuelta atrás.

Por eso, luego de que cumplió 18, lo invité solo a casa.

Apenas entró lo abracé fuerte, apretando mis tetas grandes y pesadas contra su pecho. Sentí cómo se tensaba, cómo se le trababa un segundo la respiración. Después me separé un poco, lo miré fijo a los ojos y le dije con una sonrisa suave:

—Esperame un segundo… voy a ponerme algo más cómodo.

Fui a mi habitación y volví rápido con un baby doll negro, corto, transparente, sin nada debajo. Los pezones se me notaban clarito, duros, y el ruedo apenas me cubría la mitad del culo. Me planté frente a él, lo miré de nuevo y le dije bajito, con la voz ronca de calentura:

—Fran… sé todo. Sé cómo me mirabas, cómo me olías las bombachas, cómo te pajeabas pensando en mí desde los trece. Ya sos mayor. Hoy te voy a dar lo que tanto deseaste.

Lo llevé al living. Me saqué el baby doll despacio, muy despacio, frente a él. Primero me bajé los tirantes, después dejé que la tela fina cayera hasta la cintura y finalmente me lo quité del todo, quedando completamente desnuda de la cintura para arriba. Mis tetas grandes y pesadas quedaron libres, con los pezones duros y oscuros apuntando hacia él. Fran se quedó quieto, respirando agitado, con los ojos clavados en mis pechos como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

—Tocame —le susurré.

Se acercó temblando. Al principio las tocó con cuidado, casi con miedo, apenas rozándome con las yemas de los dedos. Después las apretó con más fuerza, hundiendo los dedos en mi carne blanda y pesada, amasándolas. Bajó la cabeza y hundió la cara entre ellas, oliéndome profundo, lamiéndome, chupándome los pezones con desesperación. Babeaba, gemía contra mi piel, me mordisqueaba suavemente. Yo le agarré la cabeza con las dos manos y lo apreté más contra mí, sintiendo cómo se le endurecía la respiración.

—Chupá, Fran… chupale las tetas a tu tía. Todas esas veces que te abrazaba y sentías esto contra tu cara… ahora las tenés de verdad. Chupá fuerte.

Le bajé el pantalón y el boxer de un tirón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, joven y durísima, con la cabeza hinchada y ya brillante de precum. Era más grande de lo que había imaginado todas esas veces que la sentía contra mí. La agarré con la mano y empecé a pajearlo despacio, apretando apenas, subiendo y bajando la piel, sintiendo cómo latía fuerte contra mi palma. Él seguía chupándome las tetas con hambre, lamiendo, succionando, gimiendo contra mi piel.

Con la otra mano le agarré la muñeca y se la llevé directo a mi concha. Estaba empapada. Los labios hinchados, resbaladizos, abiertos. Le hice que me tocara, que metiera los dedos un poco, que sintiera lo mojada que estaba. Sus dedos entraron fácil, resbalando entre mis jugos. Yo seguí pajeándolo más firme, más rápido, mirándolo a la cara mientras él me miraba a mí con los ojos vidriosos.

—Mirá cómo te ponés por tu tía… —le dije bajito, con la voz ronca, acelerando el movimiento de mi mano alrededor de su verga—. Vos a mí también me tenés así. Tocame. Sentí lo mojada que estoy por vos. Meteme los dedos más adentro… así.

Fran gemía contra mis tetas, chupando más fuerte, lamiéndome los pezones, mordisqueándome la carne. Yo no aguanté más. Me arrodillé frente a él, mirándolo desde abajo. Agarré su verga con las dos manos y me la llevé a la boca. La chupé con devoción, lamiendo toda la longitud venosa, saboreando el gusto salado y caliente de su precum. Empecé despacio, rodeando la cabeza hinchada con la lengua, chupándola fuerte, y después fui bajando más profundo, metiéndomela hasta que me daba arcadas. Babeaba, hacía ruidos húmedos y sucios, subiendo y bajando la cabeza, dejando que la saliva le corriera por los huevos. Lo miré a los ojos todo el tiempo mientras le comía la verga. Fran gemía mi nombre, me acariciaba el pelo con manos temblorosas, empujando suavemente hacia adelante, como si no pudiera evitarlo.

Cuando sentí que no aguantaba más, que se le trababa la respiración y se le tensaban las piernas, me saqué la pija de la boca con un hilo de saliva todavía unido a mis labios. La apoyé entre mis tetas grandes y pesadas y las apreté fuerte alrededor de su verga, empezando a pajearlo con ellas. Subía y bajaba, apretando, dejando que la cabeza hinchada saliera y entrara entre mi carne. Él miraba hipnotizado, gimiendo, con las manos en mis hombros.

—Acabame en las tetas, Fran… —le dije mirándolo a los ojos, con la voz ronca y sucia—. Llenale las tetas a tu tía. Descargá toda esa leche que guardaste durante años espiándome, oliendo mis bombachas, pajeándote pensando en mí. Tirála toda acá… toda.

No tardó ni veinte segundos. Se tensó entero, soltó un gemido largo y ronco, casi un gruñido, y empezó a corrérsele. Chorros potentes, espesos y abundantes de semen caliente me bañaron las tetas enteras. El primero me pegó directo en el pezón derecho, el segundo subió por el canalillo, y después vinieron varios más, calientes, espeso, jóvenes, manchándome toda la carne. Goteaba por mis pezones, resbalaba por la curva de mis tetas, me corría por la panza. Mucha leche. Mucha, mucha leche. Me quedé arrodillada, mirándolo a los ojos, con las tetas completamente pintadas de blanco, mientras su verga seguía pulsando entre ellas y soltando los últimos chorros temblorosos sobre mí.

Cuando terminó, todavía con la verga temblando y goteando, me incliné y le lamí la cabecita despacio, limpiándole los restos de semen, saboreando el gusto salado y espeso. Lo miré a los ojos mientras lo hacía.

—Sabés rico… —susurré.

Fran me miraba con los ojos vidriosos, todavía jadeando, con el pecho subiendo y bajando rápido, como si no pudiera creer lo que acababa de pasar. Yo sentía el corazón latiéndome fuerte en el pecho, la concha palpitando, empapada, y una mezcla densa de culpa, excitación y poder recorriéndome el cuerpo. Mis tetas seguían brillando y goteando su leche. Me sentía sucia, poderosa… y completamente dueña de la situación.

Agarré su celular, desbloqueé la cámara y me saqué una foto de cerca: mis tetas grandes, pesadas, completamente cubiertas de su semen blanco y espeso, brillando bajo la luz del living, con algunos hilos todavía goteando por los pezones. Se la mostré.

—Consideralo mi regalo de cumpleaños —le dije sonriendo con picardía, todavía arrodillada frente a él, con su leche pintándome el pecho.

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