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El mensaje de mi alumno
Bueno, aquà va otra. Me está gustando esto de escribirlo, la verdad. Aunque algunos en los DM ya me están diciendo de todo, jeje. Pero bueno, esto es mÃo.
La cosa es que empecé hace unas semanas como profesora en una prepa. Ya les conté lo del sujetador. O mejor dicho, lo de no llevarlo. Pero eso fue solo el principio.
Ayer estaba en casa, un domingo por la tarde, aburrida como una ostra. Mi novio estaba viendo el fútbol y yo ya estaba harta. Entonces me acordé de la plataforma educativa que usa la prepa. Es una página donde los alumnos mandan dudas, preguntas sobre las tareas, esas cosas. Los profesores tenemos que entrar a responder.
Pensé: «Voy a ver si hay algo pendiente, asà adelanto trabajo para mañana».
Entré. Mi usuario, mi contraseña. Ahà estaba el panel. Unos cuantos mensajes. La mayorÃa preguntas tontas sobre la fecha del examen o si podÃan entregar tarde.
Pero uno me llamó la atención. No por el nombre, que era un código de alumno, sino por la pregunta. DecÃa asÃ, literal:
«Le molestarÃa que si me la jalo pensando en usted?»
Me quedé mirando la pantalla. Parpadeé. Lo leà otra vez. SÃ, decÃa eso.
No era la primera vez que me pasaba algo asÃ. En la universidad, cuando era ayudante, también. Pero aquÃ, en la prepa, con chicos de diecisiete, dieciocho años… sentà un pinchazo en el estómago. Pero no de enfado. De otra cosa.
Sonreà para mà sola. Miré hacia el salón. Mi novio gritaba por un gol. No me iba a oÃr.
Pensé: «¿Y por qué no?».
Escribà una respuesta. Fue rápido, casi sin pensarlo.
«Depende. ¿En qué piensas exactamente?»
Le di a enviar. Cerré la pestaña. Me levanté, fui a la cocina a por un vaso de agua. Mi corazón latÃa un poco más rápido de lo normal. «Ya no va a contestar», pensé. «O verá el mensaje mañana, en clase, y se morirá de vergüenza».
Pero a los diez minutos, más o menos, el teléfono me vibró. Era una notificación de la plataforma. «Nueva respuesta a su mensaje».
Me senté otra vez delante del ordenador. Abrà la pestaña.
Su respuesta era más larga.
«En su boca. En sus tetas. En lo que se le veÃa el otro dÃa cuando se le marcaban los pezones a través de la blusa. Usted sabe.»
Me quedé sin aire. No era un piropo tonto. Era directo. Brutal. Y lo peor… lo peor es que era verdad. Él lo habÃa visto. Lo habÃa notado. Y no solo eso, lo habÃa guardado para esto.
Mis manos estaban sudando un poco. Miré hacia el salón otra vez. El fútbol seguÃa. Respiré hondo.
EscribÃ.
«¿Y eso te pone mucho?»
La respuesta llegó en menos de un minuto. ParecÃa que estaba esperando, pegado a la pantalla.
«Mucho. Ahora mismo estoy duro. Y la tengo en la mano.»
Un calor me subió desde los pies a la cara. Me ajusté en la silla. La entrepierna del pantalón de pijama me quedó apretada. Yo también me estaba mojando. Lo sentÃ.
«Demuéstramelo», escribÃ.
«¿Cómo?»
«Dime qué estás haciendo. Paso a paso.»
Hubo una pausa. Largo, como un minuto. Yo no movÃa los ojos de la pantalla. Mi boca estaba seca. Me pasé la lengua por los labios.
La respuesta llegó.
«Me la estoy jalando. No muy rápido. Me gusta imaginarme que es su mano. Que usted está arrodillada delante de mÃ, en clase, cuando todos se han ido. Y me la está chupando. La tiene toda en la boca. Y me mira con esos ojos mientras lo hace.»
Un gemido casi me sale. Lo contuve. Me bajé una mano al pantalón de pijama. Me metà los dedos por la cintura. No llevaba bragas. Me toqué. Estaba empapada. De verdad.
«¿Y luego qué?», escribÃ, con los dedos temblando un poco sobre el teclado.
«Luego usted se levanta. Se sube a la mesa del profesor. Se abre de piernas. Y me dice que se la meta. Que se la meta toda. Y yo lo hago. Le doy fuerte, porque usted me lo pide. Grita, pero nadie la oye porque el instituto está vacÃo. Hasta que me corro dentro de usted. Llenándola.»
No pude más. Con la mano libre, le contesté.
«Yo también me estoy tocando. AquÃ, en mi casa, mientras mi novio ve el fútbol. Y estoy pensando en eso. En que eres tú quien me la está metiendo. En tu verga dura. En lo que debe de medir.»
«¿Quiere saberlo?», llegó la respuesta, inmediata.
«SÃ.»
«Diecisiete centÃmetros. Y gruesa. Ahora mismo está goteando. Por usted.»
Un escalofrÃo me recorrió la espalda. Diecisiete. Era mucho. Me imaginé esa medida dentro de mÃ. Y me gustó.
«Quiero verla», escribÃ. Y ni yo me creà que lo hubiera puesto.
«No puedo. Aquà no.»
«¿Entonces donde?»
«Mañana. Llego antes a clase. A las siete y media. La sala de audiovisuales del ala vieja. Allà no hay nadies a esa hora. La espero.»
Leà el mensaje tres veces. La sala de audiovisuales. A las siete y media de la mañana. Antes de que empezaran las clases. EstarÃa sola. Él estarÃa allÃ.
Era una locura. Una absoluta locura. Yo, una profesora, quedar con un alumno para… para eso.
Mi dedo, entre mis piernas, se movió más rápido. Me estaba acercando. La pantalla del ordenador estaba borrosa. Solo veÃa sus palabras.
«¿Va a ir?», preguntó él.
«Sû, escribÃ. Y lo envié.
«Entonces voy a imaginarme eso toda la noche. Hasta mañana. No me voy a correr ahora. Me voy a guardar toda la leche para usted. Para su cara, o para su boca, o para donde usted me diga.»
Eso me terminó de llevar al borde. Me corrà en silencio, mordiéndome el labio para no gemir, con los ojos cerrados, pensando en esa palabra. «Leche». En su leche. En mi cara.
Cuando abrà los ojos, su última lÃnea estaba ahÃ.
«Hasta mañana, profesora.»
Cerré la sesión de la plataforma rápido. Como si me pudieran pillar. Me limpié los dedos en el pijama. Me quedé sentada, jadeando, mirando la pantalla en negro.
Al rato, mi novio entró en la habitación. «¿Qué haces? ¿Trabajando?»
«Algo asû, dije, y sonreÃ. Una sonrisa que él no entendió.
Hoy es lunes. Son las seis de la mañana. Estoy escribiendo esto porque no he podido dormir. En una hora y media, tengo que estar en el instituto. En la sala de audiovisuales del ala vieja.
Me he vestido con cuidado. Una falda negra, que se sube fácil. Una blusa blanca, de botones. Sin sujetador, otra vez. Y sin bragas. Nada.
Me miro en el espejo. Tengo la cara un poco pálida, pero los ojos me brillan. Estoy nerviosa. Pero más que nerviosa, excitada. Como no lo estaba desde hace años.
Sé que esto puede salir mal. Muy mal. PodrÃan pillarnos. PodrÃa perder mi trabajo. Mi vida se irÃa al garete.
Pero la idea de que él esté ahà esperando, con esa verga de diecisiete centÃmetros que no se corrió anoche, que la guardó para mÃ… esa idea me tiene más mojada que nunca.
Voy a ir. Claro que voy a ir. Y lo que pase, pasará. Después les cuento. Si es que puedo.


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