febrero 2, 2026

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El mensaje de mi alumno

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Bueno, aquí va otra. Me está gustando esto de escribirlo, la verdad. Aunque algunos en los DM ya me están diciendo de todo, jeje. Pero bueno, esto es mío.

La cosa es que empecé hace unas semanas como profesora en una prepa. Ya les conté lo del sujetador. O mejor dicho, lo de no llevarlo. Pero eso fue solo el principio.

Ayer estaba en casa, un domingo por la tarde, aburrida como una ostra. Mi novio estaba viendo el fútbol y yo ya estaba harta. Entonces me acordé de la plataforma educativa que usa la prepa. Es una página donde los alumnos mandan dudas, preguntas sobre las tareas, esas cosas. Los profesores tenemos que entrar a responder.

Pensé: «Voy a ver si hay algo pendiente, así adelanto trabajo para mañana».

Entré. Mi usuario, mi contraseña. Ahí estaba el panel. Unos cuantos mensajes. La mayoría preguntas tontas sobre la fecha del examen o si podían entregar tarde.

Pero uno me llamó la atención. No por el nombre, que era un código de alumno, sino por la pregunta. Decía así, literal:

«Le molestaría que si me la jalo pensando en usted?»

Me quedé mirando la pantalla. Parpadeé. Lo leí otra vez. Sí, decía eso.

No era la primera vez que me pasaba algo así. En la universidad, cuando era ayudante, también. Pero aquí, en la prepa, con chicos de diecisiete, dieciocho años… sentí un pinchazo en el estómago. Pero no de enfado. De otra cosa.

Sonreí para mí sola. Miré hacia el salón. Mi novio gritaba por un gol. No me iba a oír.

Pensé: «¿Y por qué no?».

Escribí una respuesta. Fue rápido, casi sin pensarlo.

«Depende. ¿En qué piensas exactamente?»

Le di a enviar. Cerré la pestaña. Me levanté, fui a la cocina a por un vaso de agua. Mi corazón latía un poco más rápido de lo normal. «Ya no va a contestar», pensé. «O verá el mensaje mañana, en clase, y se morirá de vergüenza».

Pero a los diez minutos, más o menos, el teléfono me vibró. Era una notificación de la plataforma. «Nueva respuesta a su mensaje».

Me senté otra vez delante del ordenador. Abrí la pestaña.

Su respuesta era más larga.

«En su boca. En sus tetas. En lo que se le veía el otro día cuando se le marcaban los pezones a través de la blusa. Usted sabe.»

Me quedé sin aire. No era un piropo tonto. Era directo. Brutal. Y lo peor… lo peor es que era verdad. Él lo había visto. Lo había notado. Y no solo eso, lo había guardado para esto.

Mis manos estaban sudando un poco. Miré hacia el salón otra vez. El fútbol seguía. Respiré hondo.

Escribí.

«¿Y eso te pone mucho?»

La respuesta llegó en menos de un minuto. Parecía que estaba esperando, pegado a la pantalla.

«Mucho. Ahora mismo estoy duro. Y la tengo en la mano.»

Un calor me subió desde los pies a la cara. Me ajusté en la silla. La entrepierna del pantalón de pijama me quedó apretada. Yo también me estaba mojando. Lo sentí.

«Demuéstramelo», escribí.

«¿Cómo?»

«Dime qué estás haciendo. Paso a paso.»

Hubo una pausa. Largo, como un minuto. Yo no movía los ojos de la pantalla. Mi boca estaba seca. Me pasé la lengua por los labios.

La respuesta llegó.

«Me la estoy jalando. No muy rápido. Me gusta imaginarme que es su mano. Que usted está arrodillada delante de mí, en clase, cuando todos se han ido. Y me la está chupando. La tiene toda en la boca. Y me mira con esos ojos mientras lo hace.»

Un gemido casi me sale. Lo contuve. Me bajé una mano al pantalón de pijama. Me metí los dedos por la cintura. No llevaba bragas. Me toqué. Estaba empapada. De verdad.

«¿Y luego qué?», escribí, con los dedos temblando un poco sobre el teclado.

«Luego usted se levanta. Se sube a la mesa del profesor. Se abre de piernas. Y me dice que se la meta. Que se la meta toda. Y yo lo hago. Le doy fuerte, porque usted me lo pide. Grita, pero nadie la oye porque el instituto está vacío. Hasta que me corro dentro de usted. Llenándola.»

No pude más. Con la mano libre, le contesté.

«Yo también me estoy tocando. Aquí, en mi casa, mientras mi novio ve el fútbol. Y estoy pensando en eso. En que eres tú quien me la está metiendo. En tu verga dura. En lo que debe de medir.»

«¿Quiere saberlo?», llegó la respuesta, inmediata.

«Sí.»

«Diecisiete centímetros. Y gruesa. Ahora mismo está goteando. Por usted.»

Un escalofrío me recorrió la espalda. Diecisiete. Era mucho. Me imaginé esa medida dentro de mí. Y me gustó.

«Quiero verla», escribí. Y ni yo me creí que lo hubiera puesto.

«No puedo. Aquí no.»

«¿Entonces donde?»

«Mañana. Llego antes a clase. A las siete y media. La sala de audiovisuales del ala vieja. Allí no hay nadies a esa hora. La espero.»

Leí el mensaje tres veces. La sala de audiovisuales. A las siete y media de la mañana. Antes de que empezaran las clases. Estaría sola. Él estaría allí.

Era una locura. Una absoluta locura. Yo, una profesora, quedar con un alumno para… para eso.

Mi dedo, entre mis piernas, se movió más rápido. Me estaba acercando. La pantalla del ordenador estaba borrosa. Solo veía sus palabras.

«¿Va a ir?», preguntó él.

«Sí», escribí. Y lo envié.

«Entonces voy a imaginarme eso toda la noche. Hasta mañana. No me voy a correr ahora. Me voy a guardar toda la leche para usted. Para su cara, o para su boca, o para donde usted me diga.»

Eso me terminó de llevar al borde. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio para no gemir, con los ojos cerrados, pensando en esa palabra. «Leche». En su leche. En mi cara.

Cuando abrí los ojos, su última línea estaba ahí.

«Hasta mañana, profesora.»

Cerré la sesión de la plataforma rápido. Como si me pudieran pillar. Me limpié los dedos en el pijama. Me quedé sentada, jadeando, mirando la pantalla en negro.

Al rato, mi novio entró en la habitación. «¿Qué haces? ¿Trabajando?»

«Algo así», dije, y sonreí. Una sonrisa que él no entendió.

Hoy es lunes. Son las seis de la mañana. Estoy escribiendo esto porque no he podido dormir. En una hora y media, tengo que estar en el instituto. En la sala de audiovisuales del ala vieja.

Me he vestido con cuidado. Una falda negra, que se sube fácil. Una blusa blanca, de botones. Sin sujetador, otra vez. Y sin bragas. Nada.

Me miro en el espejo. Tengo la cara un poco pálida, pero los ojos me brillan. Estoy nerviosa. Pero más que nerviosa, excitada. Como no lo estaba desde hace años.

Sé que esto puede salir mal. Muy mal. Podrían pillarnos. Podría perder mi trabajo. Mi vida se iría al garete.

Pero la idea de que él esté ahí esperando, con esa verga de diecisiete centímetros que no se corrió anoche, que la guardó para mí… esa idea me tiene más mojada que nunca.

Voy a ir. Claro que voy a ir. Y lo que pase, pasará. Después les cuento. Si es que puedo.

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