Por
Anónimo
El favor que le hice a mi prima
Una tarde nublada y sombría. Mi prima me dijo que quería culear y yo, como todo buen hombre, le hice el favor. Así nomás, sin rodeos. Llegó a mi cuarto con esa carita de puta que se le pone cuando anda caliente, los ojos medio bizcos por las ganas, mordiéndose el labio.
—¿Segura? —le pregunté, nomás por cumplir.
—Ponte bien duro y deja de preguntar pendejadas —me respondió, y con eso me bastó.
La aventé contra la cama sin miramientos. De una vez le bajé los shorts que traía puestos. No traía nada abajo, la muy zorra. Su culo ya estaba todo sudado, bien caliente. Me arrodillé detrás de ella, le abrí las nalgas con las dos manos y le metí la cara directamente en su vagina. Olía a ella, a su propia puta humedad. Le lamí todo el coño como si fuera un helado, metiéndole la lengua profundo, sintiendo cómo se retorcía y gemía.
—No juegues, métemela ya —suplicaba.
Yo no tenía prisa. La puse en cuatro, bien arqueada, con la cara pegada a la almohada. Agarré mi verga —23 centímetros de puro músculo, bien gruesa, como una lata de cerveza— y empecé a rozar la cabeza por su coño empapado. Ella empujaba el culo hacia atrás como una perra en celo.
Cuando por fin se la metí, pegó un grito que se oyó hasta la calle. Pero no paré. Le di como cajón que no cierra. Sin piedad. Una, dos, diez, treinta embestidas. Cada una más honda que la anterior. Sus jugos empezaron a chorrear por mis huevos, calientitos, escurriéndose por mis piernas.
La tenía bien abierta, bien sumisa. Cambié el ritmo: ahora le daba duro y luego lento, para que sintiera cada centímetro entrando y saliendo. Le escupí en el culo y luego le metí el dedo mientras la cogía. Ella se vino dos veces seguidas, temblando toda.
—Te voy a hacer un squirt —le dije al oído, y apreté el ritmo.
Cuando menos lo esperó, soltó todo un chorro como una manguera. El squirt fue tan intenso que mojó toda la cama y parte de la pared. Gritaba como loca, retorciéndose, mientras yo seguía dándole sin aflojar.
Después la puse boca arriba, le abrí las piernas y se la volví a meter. Ahora quería su culo. Escupí bien en su ano, metí la punta despacio y luego de golpe. El boquete que le dejé en su rico y apretado culo fue monumental. Ella lloraba del placer y del dolor, mezclado, bien rico. Apretaba las sábanas mientras yo se la metía entera, sintiendo cómo su culo me succionaba.
Terminé viniéndome dentro de su culo, bien adentro. Sentí cómo se llenaba, cómo chorreaba después cuando saqué la verga. Quedó temblando, con el ano bien abierto, respirando fuerte.
La hice pagar por todos sus pecados.
Y al otro día, volvió a pedirme otro «favor».


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