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octubre 24, 2025

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El Almuerzo Caliente con la Madurita de la Oficina

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Judith siempre me volvía loco en la oficina. Esa mujer tiene cuarenta y dos años bien llevados, con unas caderas que no mienten y unas tetas que piden a gritos que las saquen del sostén. Es la mamá de unas gemelas y está casada con un policía, un tipo grandote del que todos nos cuidamos en la oficina. Pero yo veía cómo me miraba, con esa sonrisa pícara cuando pasaba por su cubículo, y sabía que había algo ahí.

Un día, harto de las indirectas, la encaré junto a la máquina de café. «Judith, tienes una boca que me trae loco», le solté así de frente. Ella se rio, se mordió el labio y me dijo: «Llévame al cine y a lo mejor te la presto». Esa fue su condición. La muy puta me estaba poniendo condiciones. Pero a mí me calentó más.

No aguanté ni dos días. La seguí hasta el estacionamiento subterráneo después de la jornada. Estaba sola, buscando las llaves en su bolso. Me acerqué por detrás, la agarré de la cintura y la giré. «¿Y si probamos un poquito antes del cine?», le susurré en el oído. No dijo nada, solo cerró los ojos y acercó sus labios a los míos. El primer beso fue una chispa que me recorrió todo el cuerpo. Sabía a cereza, a su labial, y a pura lujuria escondida. La apreté contra un pilar, sintiendo sus tetas aplastarse contra mi pecho. Mi mano bajó sin pedir permiso y le agarró una nalga por encima del vestido. Estaba firme, redonda, perfecta. Gemió en mi boca y su lengua se volvió más urgente.

Me separé, jadeando. «Quiero que veas algo», le dije, y saqué mi teléfono. Tenía una foto que me había tomado esa mañana en el baño, con la verga totalmente parada, gruesa y con las venas marcadas. Se la enseñé. Sus ojos se abrieron como platos. «Mmm… qué rico», murmuró, y se mordió el labio inferior con fuerza, como si ya la tuviera dentro de la boca. Esa imagen, a ella mordiéndose el labio mientras miraba mi verga en la pantalla, casi me hace correr en el acto.

Al día siguiente, me mandó un mensaje por el chat interno de la oficina. «Ya no es necesario el cine. Pero quiero esos cuarenta minutos que tenemos de refrigerio bien usados.» Mi corazón empezó a latir como un tambor. Sabía exactamente a lo que se refería. A unas cuadras de la oficina hay un hotelito de esos por horas, discreto, que más de uno hemos usado para emergencias.

Quedamos en que cada uno saldría por su lado. Yo llegué primero, con una erección que me estaba matando. Pagué por dos horas, aunque solo teníamos cuarenta minutos. La habitación era lo que esperabas: una cama grande, un olor a cloro y a sexo viejo, pero a nosotros qué carajo nos importaba.

Ella tocó la puerta. Cuando entró, traía un vestido ajustado que ya le había desabrochado mentalmente mil veces. Cerré la puerta con llave y no hubo palabras. Fue un torbellino. Nuestras bocas se encontraron otra vez, pero esta vez con hambre. Le bajé el cierre del vestido y se le cayó al suelo. Llevaba un conjunto de encaje negro, un sostén que apenas contenía sus tetas y una tanga que desaparecía entre sus nalgas. «Te ves de puta madre», le gruñí al oído mientras le mordía el lóbulo.

La tiré sobre la cama y me quité la ropa en dos segundos. Ella se quitó el sostén y sus tetas cayeron, grandes, pesadas, con unos pezones oscuros y erectos que parecían hechos para mi boca. Me lancé sobre uno, chupándolo y mordisqueándolo sin piedad. Ella gritó y enterró sus uñas en mi espalda. «Sí, papi, así, no te detengas.» Mi otra mano le arrancó la tanga y se metió de lleno entre sus piernas. Estaba empapada, caliente, su coño era un desastre de lubricación y calor. Metí dos dedos de inmediato y ella arqueó la espalda, gimiendo mi nombre.

«¿Quieres verga, Judith?», le pregunté, sabiendo la respuesta. «Sí, por favor, te lo suplico», gemía, ya perdida. Me puse de rodillas entre sus piernas y le abrí bien los muslos. Su coño estaba ahí, hinchado, rosado y brillando bajo la luz amarillenta de la lámpara. Le pasé la punta de mi verga por todos lados, mojándola con sus propios jugos, rozando su clítoris hasta que temblaba. «Deja de jugar y métemela ya, cabrón», me rogó, con los ojos vidriosos.

El primer empujón fue celestial. Su interior era un horno, húmedo y apretado, que se ajustó a mi verga como un guante. Soltó un grito ahogado y sus piernas se engancharon a mi cintura. Empecé a moverme, lento al principio, saboreando cada centímetro que se hundía en ella. Pero no duró mucho la lentitud. Pronto estaba follándola con todas mis fuerzas, con mis manos agarrando sus nalgas para clavarme más profundo. El sonido de nuestras pieles chocando llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos agudos y mis gruñidos. «¿Así le gusta, señora casada?», le pregunté, viendo cómo su cara se contorsionaba de placer. «Sí, así, más duro, olvídate de que tengo marido.»

La cambié de posición, poniéndola a cuatro patas. La vista era espectacular. Sus nalgas blancas y redondas, con su coño rojo y abierto, goteando. Desde atrás, la penetré de nuevo, agarrándola de las caderas para darme mejor impulso. Cada embestida era un golpe seco y húmedo a la vez. Le azoté el culo y ella gritó de placer. «¡Sí, pégame, soy tu puta!» No podía creer que esta madre de familia, esta mujer que en la oficina era tan profesional, estuviera debajo de mí, pidiéndome que la tratara como a una perra en celo.

Bajé el ritmo y la acosté de espaldas otra vez. «Ahora quiero que me la chupes», le ordené. Ella, obediente, se deslizó entre mis piernas y se tragó mi verga entera de un solo movimiento. ¡Carajo! La boca de esa mujer era una obra maística. La sentía en la garganta, caliente y húmeda, con su lengua jugando con el frenillo. Me mamaba como si su vida dependiera de ello, con unas ganas que me volvían loco. Mis manos se enterraron en su pelo, guiándola, mientras yo miraba cómo sus tetas se balanceaban con el movimiento. «Te voy a correr en la boca», avisé, y ella solo asintió, acelerando el ritmo.

No pude aguantar más. Con un gemido ronco, exploté en su boca, sacudiéndome entero. Ella tomó todo, sin derramar una gota, y cuando me soltó, me miró con una sonrisa de satisfacción de zorra bien comida. «Estás más bueno que el pan recién hecho, Juan.»

Nos dimos una ducha rápida, juntos, enjabonándonos y tocándonos como si no hubiera un mañana. En la regadera, todavía me la chupó un poco más, reviviéndome, pero el tiempo apremiaba. Nos vestimos en silencio, las prisas volvían. Salimos del hotel con cinco minutos de margen y caminamos separados hacia la oficina.

Llegamos a nuestros escritorios casi al mismo tiempo. Nuestros compañeros comían sus tortas y sus ensaladas. Judith y yo nos miramos desde nuestras computadoras. Ella se pasó la lengua por los labios, limpiándose un resto de mi semen que tal vez se le había escapado. Yo me ajusté el pantalón, todavía sintiendo el calor de su coño. Ese día, ninguno almorzó comida. Nuestro almuerzo fueron cuarenta minutos de pura pasión y lujuria en un hotel de paso. Y esa madurita, la esposa del policía, mama de puta madre. Y yo sé que esto no va a quedar aquí.

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