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Anónimo

mayo 13, 2026

50 Vistas

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El agujero del parking

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Había entrado en el baño del parking porque necesitaba un sitio donde pajearme. Daba igual cuál. No me aguantaba el calentón hasta casa.

Todos los sábados por la noche mi novia y yo acabábamos igual, enrollándonos en un banco frente a su portal. Yo siempre intentaba que me la chupase, pero ella siempre decía que no. Luego, a la misma hora, me daba un beso rápido y se subía a su casa, dejándome allí empalmado, con los bóxers mojados y un fuerte dolor de huevos.

Ella decía que quería perder la virginidad con el adecuado.

Yo empezaba a pensar que me daba igual con quién perderla.

El baño del parking era peor de lo que me esperaba. Daba asco y olía fatal. Frente a la puerta había dos lavamanos con manchas de óxido y los huecos donde alguna vez debieron estar los espejos. A la derecha, una fila de urinarios viejos y otra de retretes separados por paneles de madera. Todos estaban abiertos menos uno. Supuse que estaría averiado o algo parecido, porque quién coño iba a estar cagando en esa mierda baño a las dos de la mañana. No había ni papel ni tapas para los inodoros.

Entré en el penúltimo, porque era el único que parecía mínimamente menos usado y al cerrar la puerta de madera, lo vi.

«Mete tu polla aquí», había escrito alguien con rotulador negro en la pared. Debajo, una flecha apuntaba hacia un agujero del tamaño de una lata de Pringles que comunicaba con el último cubículo.

Me quedé mirándolo varios segundos y agudicé el oído.

Al principio pensé que no había nadie, pero entonces escuché una respiración lenta al otro lado. «¿Será un tío o una tía?», pensé mientras me bajaba los pantalones y los bóxers.

Comencé a acariciarme la polla mirando hacia el agujero. La tenía húmeda y durísima. Podría haberme agachado y mirado a través, pero no quise saber qué había al otro lado.

Llevaba semanas con ese dolor de huevos. Siempre cachondo y frustrado, y yo quería mi mamada. Quería saber qué se sentía. Y ese agujero me daba la posibilidad de descubrirlo. Si metía mi polla en el agujero nadie lo sabría jamás. Ni mis amigos, ni mi novia, ni nadie. Sólo yo.

«¿Y si es un hombre?», me pregunté.

Dudé un segundo, sí. Pero también existía una posibilidad mínima de que la persona al otro lado fuese una mujer, ¿no?

Eso bastó.

Me armé de valor, levanté el el culo y metí mi polla dura por el agujero. Sólo hasta dejar de verme el capullo desde mi lado. Entonces me aclaré la garganta por si quien estaba al otro lado estuviese mirando para otro lado.

En menos de un segundo, noté cómo algo caliente envolvió todo mi glande y comenzó a deslizarse arriba y abajo.

—¡Uf! —Cerré los ojos. Yo estaba tan sorprendido por esa nueva sensación y mi polla, tan empanada del magreo con mi novia, que al principio no supe si estaba dentro de una una boca, un puño o qué.

Cuando me aseguré de que era una boca, doblé un poco las rodillas, apoyé mis manos en la pared y de un vaivén la metí hasta que mis huevos golpearon contra la pared.

Escuché una arcada y un escalofrío recorrió mi espalda. Nunca me había imaginado hacer algo así y, precisamente por eso, no quería parar. Comencé a mover las caderas. Se sentía mucho más suave que el Tenga que me habían regalado mis amigos en mi cumpleaños. Y pensándolo bien, los Tengas no son tías y todos los tíos los usan sin problema.

De pronto, me agarró la polla con fuerza desde la base y se la sacó de la boca. Sin descansar, comenzó a lamer y besuquear mi capullo mientras me pajeaba a un ritmo insoportablemente lento.

Resoplé mientras intentaba entender porqué aquello me estaba poniendo tanto.

No le veía la cara.

No sabía quién era.

No sabía ni si quiera si era una tía.

No me dejaba controlar absolutamente nada.

Y aún así lo estaba disfrutando tanto. Un hormigueo me recorría los huevos mientras intentaba no mover demasiado las caderas. Cada vez que aquella mano frenaba el ritmo, mi ano se tensaba y el placer me subía hasta los pezones, que ardían. Luego volvía a bajar, pasando por el ombligo, otra vez hasta mi polla, como si tuviera un cable conectado.

Pensé en todo el porno que había visto durante años, en todas esas chicas disfrutando mientras chupaban una polla como si les encantara de verdad, pero esto no se parecía en nada, es más, pensé que lo sentía no tenía ningún sentido. Mi cuerpo como que ardía de placer.

Como mi novia —o nadie— me la había chupado nunca, no sabía que uno se corría tan pronto. No llevábamos ni tres minutos, cuando noté los labios de aquella persona en la base de mi polla. Se la había tragado entera y su garganta abrazaba mi capullo.

Fue demasiado.

El hormigón se intensificó y me recorrió el cuerpo entero. Desde los huevos, pasando por mi polla y cuelo, hasta llegar a mis pezones.

Me corrí en su garganta.

Chorro tras chorro fui llenándole la boca. Mientras yo gemía de placer escuchaba cómo ella tragaba de vez en cuando. A diferencia del porno, a penas tuvo arcadas, aguantó como una campeona.

Las últimas gotas debieron caerle en la lengua, porque me eché hacia atrás.

—Gracias —dije en alto. Me había quitado el dolor de huevos.

No hubo respuesta.

Tampoco escuché nada.

Me quedé un segundo quieto, sin saber muy bien si aquello había terminado.

Pareció que sí, así que me limpié la polla con la camiseta, me subí los pantalones y salí del baño con una sonrisa bien grande. Por fin pertenecía a ese grupo de personas que han tenido alguna experiencia sexual.

Semana tras semana, volví. Después de magrearme con mi novia en el banco de enfrente de su portal, yo bajaba al parking, me metía en el penúltimo retrete y esa persona anónima conseguía quitarme el dolor de huevos.

Hasta que me enteré de que se llamaba Manolo.

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